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Supervivientes del doble terremoto en Venezuela: “La casa se movió de un lado a otro, lloramos y nos abrazamos; nunca olvidaré los gritos bajo los escombros”

El estado de La Guaira, de nuevo asolado por un desastre natural como ocurrió en 1999 con la peor catástrofe ocurrida en el país después del terremoto de 1812
Supervivientes del doble terremoto en Venezuela: “La casa se movió de un lado a otro, lloramos y nos abrazamos; nunca olvidaré los gritos bajo los escombros”
Edificio en ruinas en La Guaira , Venezuela, tras el doble terremoto. Europa Press

A Eliana le cuesta encontrar palabras ante las cámaras de televisión para definir el horror que sufrió con su familia cuando el reloj marcaba las 18.04 horas en Caracas: “La casa se movió de un lado a otro, lloramos y nos abrazamos”. La tierra tembló como no se recordaba en décadas en Venezuela: primero llegó la sacudida de 7.2 grados de magnitud bajo San Felipe, en Yaracuy, y 39 segundos después, en medio del pánico de la población, se produjo el temblor devastador, el de 7,5 grados, esta vez más próximo a La Guaira, que tumbó edificios y llevó el caos y la muerte al país.

En cuestión de segundos, las señales de destrucción emitidas a 13 kilómetros bajo tierra desplegaron su mortífero poder de demolición en la superficie. Comenzaron a escucharse grandes estruendos y el paisaje se llenó de nubes de tierra y polvo cuando la festiva tarde de San Juan comenzaba a apagarse. Lo siguiente fueron gritos, llantos, sirenas y la noche, que también cayó a plomo sobre un país inmerso en una profunda crisis económica y con un deficiente mantenimiento de sus infraestructuras públicas. 

Rogelio escapó vivo de milagro de su “día más difícil”. Huyó como pudo y al salir a la calle se encontró con una gran montaña de escombros. El bloque contiguo al suyo había colapsado. “Pudimos socorrer a una madre con dos niños y a un señor, y luego aparecieron los primeros rescatistas y sacaron algunas personas vivas, pero también varias muertas”, explicaba a una periodista como quien cuenta una película de terror nada más salir del cine.

Luis jamás olvidará los gritos que salían desde los trozos de cemento, hierros retorcidos y hormigón derrumbados en otro punto de Caracas. Eran las víctimas de un edificio de ocho plantas, gemelo del que él habita, que sucumbió al ‘doblete’, como definen los geólogos los dos temblores en menos de un minuto. “Nosotros procurábamos mantener silencio para tratar de localizar supervivientes; se escuchaban personas pedir auxilio, no olvidaré nunca aquellos gritos bajo los escombros”.

Elizabeth, con lágrimas en los ojos y voz entrecortada, solo atinaba a explicar a duras penas en televisión: “El edificio no paraba de moverse, todo se caía dentro de casa, han sido los segundos más largos de mi vida”. Mientras se escuchaba su testimonio, el canal ofrecía el rescate de tres menores con vida entre los cascotes. Minutos más tarde, en el mismo escenario, se escuchaba, entre sollozos, el grito desgarrador de una mujer frente a los restos apilados del bloque de viviendas: “¡Antonio!”.

En otra zona de la capital venezolana, las cámaras instaladas en un inmueble grabaron cómo una madre y su hijo de corta edad abandonaban despavoridos su casa mientras Caracas no dejaba de temblar y las piedras salían disparadas en todas las direcciones. Ambos esquivaron de milagro unos cascotes de grandes dimensiones que se desplomaron sobre una calle llena de ciudadanos aturdidos. La crudeza de la grabación hizo temer lo peor, hasta que madre e hijo salieron abrazados e ilesos tras el telón de polvo.    

El paisaje de destrucción recordaba las imágenes de Gaza y Líbano que repiten diariamente las televisiones de todo el mundo, solo que esta vez el ‘enemigo’ lanzó las bombas desde el subsuelo y nadie lo vio venir. El amanecer más temido por los venezolanos alumbró la devastación. Con las primeras luces del día, los supervivientes, sin palas, cuerdas, escaleras, linternas ni otros medios materiales para ayudar, recurrían a sus manos tratando de escarbar entre las moles de ruinas, la viva imagen de la impotencia tantas veces repetida en los grandes seísmos en el mundo.

El pánico a las réplicas, un riesgo con el que tendrá que convivir la población venezolana en las próximas semanas e incluso meses, tal como advierten los geólogos, se extendía ayer entre quienes lo pueden contar. Este factor, unido a la incertidumbre que rodea el estado de las casas que se mantuvieron en pie, muchas inhabitables con graves desperfectos, llevó a un gran número de venezolanos a refugiarse en sus ‘carros’ para pasar la noche.

La descomunal tragedia se ensañó con el estado de La Guaira (antes denominado Vargas), de nuevo asolado por un desastre natural como ocurrió el 15 de diciembre de 1999 cuando se desataron lluvias torrenciales y corrimientos de tierra que causaron “miles de muertos” – nunca hubo una cifra oficial, aunque algunas fuentes apuntaron entre 10.000 y 30.000 fallecidos – y un gran éxodo poblacional. Fue considerado el peor desastre natural ocurrido en el país después del terremoto de 1812.

Aunque este jueves los focos mediáticos apuntaban a Caracas, un periodista testigo del horror en La Guaira, advertía sobre la gravedad de la situación en esta zona costera. Molesto con la falta de respuesta de los equipos de emergencia, se desgañitaba en su medio de comunicación: “¡Lo peor está aquí!”.

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