El otro día se consumó la costumbre estúpida portuense de bañar las cabras donde se baña la gente. Y, además, en contra de la voluntad de los animales, a los que naturalmente produce terror que los metan, a la fuerza, en el mar. Pero el mago es bruto hasta los extremos más indeseados y, además, tiene el pretexto de que los guanches hacían lo mismo, cuando a los guanches, según varios autores, lo que menos les gustaba era el mar. Nada más bañar al cabrerío, que se caga de miedo en un recinto como el muelle portuense, los extranjeros y los naturales se sumergen en aquellas aguas contaminadas y hasta puede que se traguen alguna moñiga. Hombre, seguro que ningún representante municipal se atrevería a darse un chapuzón en aguas tan procelosas -por la mierda, digo-, como yo tampoco me lo daría. Porque sería como chapotear en la boca de un aliviadero. Yo dije hace tiempo que iba a denunciar en el juzgado la costumbre bárbara de meter animales tan cochinos como las cabras en una playita donde se solazan a continuación personas tan lerdas como las que se remojan allí, pero me olvidé de ir al juzgado -al de guardia- a ver si un juez tuviese a bien detener el esperpento. Lo haré el año que viene, si Dios me da vida y salud para librar a la población de tal marranada. Hay gente que se inventa costumbres tan bárbaras como tirar una cabra desde un campanario o soltar un pobre toro al que todo el pueblo sigue y arponea, cuando lo gracioso sería que el toro arponeara al pueblo, bastante más bruto que el astado. Lo del baño de las cabras es terrible para los animalitos y para la sanidad pública, pero no hay manera. Y es que los barbarismos siempre han podido más que la civilización. Y más en este pueblo ribereño y maledicente, como lo calificaba Marcos Brito, un crack.
