Después de comprobar que la envidia -¿por qué?- mata al común y oculta méritos ajenos, he decidido crear un premio y concedérmelo a mí mismo. Y entregármelo en un acto público, una vez que sea restaurado el Teatro Guimerá. Yo mismo avisaré a los bomberos, como es preceptivo, y emitiré invitaciones y las enviaré a mis amigos y a las dignísimas autoridades. La idea la he compartido con un amigo y a él le parece oportuna esta convocatoria, que yo llamaría Nabo de Oro al Mejor Periodista y haría que el acto lo presentara una guapa locutora de la Televisión Canaria, en ausencia de Antonio el Secretario, que en paz descanse, que hubiera sido el introductor ideal, junto a la cantante Ainhoa Arteta, tan admirada por el difunto. Este reconocimiento me haría feliz y el trofeo rellenaría el hueco disponible en una vieja librería atestada de cosas inútiles. Yo siempre he guardado este espacio físico para el día en que me dieran un premio, reconociéndome los cincuenta y seis años de profesión equivocada, en los que -para mi propia desgracia- he conseguido ser el más escuchado y el más leído. Así callaría la boca a los que consideraban, por ejemplo, que El Burgado, un periódico digital que yo fundé, lo sufragaba la extrema derecha, que me da tanto asco como la extrema izquierda, y que me costó mucho tiempo de trabajo gratuito para nada, porque me largué a las primeras de cambio en el momento en que los huevos se me inflaron como un globo cuando comprobé el poco respeto que se siente por el trabajo de los demás. O sea, que voy a crear mi propio premio, cuyo nombre no repito para no insistir en escatologías y en símiles obscenos, y me lo voy a conceder, con un par. Sería el único galardón español que se concede uno a sí mismo. Creo que me lo merezco.
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