Todo el mundo sabe en Venezuela que los etarras huidos de España, por miedo a ser juzgados por sus crímenes, se refugiaron en el Valle del Galipán, en la cordillera del Ávila. La policía, sobre todo la de la dictadura chavista, ha hecho siempre la vista gorda ante su presencia y los etarras fugados explotaban restaurantes de carne -como no podía ser menos-, muy frecuentados, sobre todo los fines de semana. Al Ávila puede subirse en funicular y existe un hotel/picadero en la cumbre, construido en la época de Pérez Jiménez, que fue cuando Venezuela explotó económicamente. El general Pérez Jiménez robaba, pero dejaba robar y el país era tan rico que daba igual. Durante su mandato (1952-58) se trazaron vías férreas, se construyó la fantástica autopista Caracas-La Guaira (antes había que transitar por el monte y te asaltaban, sobre todo de noche y más si eras extranjero), se hizo realidad una joya hotelera como el Tamanaco y se construyeron grandes centros comerciales, locales dedicados a la cultura y los mejores edificios de Caracas, indestructibles por cierto, que han sobrevivido a muchas catástrofes. Era una Venezuela llena de automóviles de lujo, de restaurantes espectaculares y de joyas de la arquitectura y la ingeniería. Apuntaban maneras artistas como Soto y Cruz-Díez y el país se situó más tarde a la vanguardia de la incipiente era digital, en sus orígenes latinoamericanos. La influencia norteamericana fue siempre notable y los mejores jugadores de béisbol eran venezolanos. En muchos aspectos, un país de corte europeo y el mayor consumidor de whisky del mundo. Sus riquezas naturales (petróleo, minería) eran explotados adecuadamente, la gente vivía mucho mejor que hoy y residir allí era una gozada. Incluso eran bajos los índices de delincuencia hasta que se poblaron los cerros y aquello acabó en una carnicería entre bandas. Les contaría más cosas, pero no me caben hoy.


