Lo que más se parece al estado emocional de este país es un incendio. Y no deja de ser llamativo que los incendios de Madrid, donde la política arde al rojo vivo, hayan reunido a Sánchez y a Ayuso para apagar juntos el fuego. El fuego ajeno esta vez.
Que Sánchez y Ayuso estén lidiando en el mismo bando es noticia. Hasta presumo que a Feijóo no le hace ninguna gracia este alto el fuego entre los dos, por más que ella se haya puesto en manos de su némesis para no pagar los platos rotos si hay consecuencias. Pero la emergencia nacional decretada por Sánchez los reconcilia a la fuerza frente a un enemigo común: el fuego forestal.
Lo que convierte al tándem Sánchez/Ayuso en una especie de cortafuego. Ambos estaban en su pim, pam, pum particular, a llama viva, a quemarropa. Y el destino los une porque un titán griego, Prometeo, el amigo de la humanidad, le entregó, en una cañaheja, el fuego que robó a los dioses para que pudiera calentarse. Pero ya en el origen del mito estaban las claves del encuentro y desencuentro de Ayuso y Sánchez. Zeus castigó a Prometeo, pero también a la humanidad, creando a una mujer seductora, Pandora, que da nombre a la caja de todos los truenos. Ella se encargaría de abrirla y armar la de San Quintín. Ayuso en estado puro.
En verano, la naturaleza es un dragón que suelta por la boca llamaradas. En Canarias tenemos historias de incendios para parar un tren. El guanchero Federico Grillo, ingeniero forestal, que se hizo célebre en las islas en 2019 a raíz del incendio de sexta generación de Gran Canaria, sostiene que, cuando se hace ingobernable, hay que dejar que el fuego se explaye, a la espera de que un cambio de viento o una barrera topográfica le pare los pies.
En los Madriles están en esas. La tríada, sumando Ávila y Toledo, conforma un incendio de quinta generación. El de Ávila (50.000 hectáreas) es el coloso por ahora en la historia del país. Desde la masacre de La Gomera en Roque de Agando, hace cuatro décadas, adquirimos plena conciencia de cómo se las gasta este Hannibal Lecter que en los veranos deja su huella. Cada año batimos récords de temperatura y superficie arrasada. Junio fue el mes más caluroso de Europa occidental. Hubo olas de calor prematuras y más muertes que nunca. Mañana viene otra. Y el PP ignora el pacto de Estado de Sánchez sobre esta emergencia.
No nos estamos desayunando con el cambio climático. Es una verdad incómoda que estos días cumple veinte años, desde el documental de Al Gore, que fue Nobel de la Paz. Pese a los rastreos del IPCC -el famoso panel de la ONU- y recientes informes científicos requeteconfirmando el calentamiento global, estamos lejos de un consenso. El clima se ha vuelto un choque de ideologías. La derecha y ultraderecha culpan a la izquierda woke -la etiqueta con que la aborrecen- de “fanatismo climático”, y cuando arde Madrid atizan al Gobierno. Ayuso se ablanda, se sanchifica, mientras Abascal señala a Sánchez y “su mafia” por la magnitud de las llamas con la magnitud de una barrabasada que lo equipara a Milei.
Este es el nivel. Mientras, las competencias contraincendios son, predominantemente, autonómicas. En ese tiovivo de la desinformación cabalga también Feijóo, que felicita a sus gobiernos regionales, ignorando con displicencia al Gobierno de España, que le saca las castañas del fuego con medios estatales y europeos. Bruselas socorre con aeronaves a España y Francia, ambos ven las barbas del vecino arder. Pero Feijóo no se aplica el refrán.
Es que está rota la comunicación entre oposición y Gobierno. Es que el fuego precede al fuego, y ya antes ardía Madrid y ardía el Congreso y las redes sociales arden desde 2023. No se dan la mano desde entonces. Por eso el saludo de Sánchez y Ayuso en el Puesto de Mando Avanzado de Cenicientos es una anomalía de esta dictadura y a Feijóo no le hace tilín.
Las catástrofes han sido el test de la barbarie política española. A Feijóo lo retrató la Dana de Valencia. Cuestionó a la UME y se cubrió de gloria escoltando a Carlos Mazón en su fuga y caída en desgracia. En estos incendios voraces, el PP ha recogido velas alabando a la Unidad Militar de Emergencia, que, al ser creada -con efectivos del Ejército de Tierra, Mar y Aire- hace dos décadas, dejó para la historia una bochornosa intervención de la portavoz de Defensa del PP en el Congreso, Beatriz Rodríguez-Salmones, que exigió a Zapatero que dejara de “utilizar a nuestros soldados como apagafuegos”. Para el partido de Rajoy era un “capricho faraónico” de ZP.
Ahora estamos en una emergencia nacional, aunque Ayuso se pasee en shorts por el Puente de Mando. Y estén rotos los puentes entre el Gobierno y la oposición, que no se hablan. Y solo lo hagan las lenguas de fuego.
