Ha empezado la “cuenta atrás”, según Feijóo, para el “cambio” en España, que está en llamas. El cambio es un latiguillo de mercadotecnia que acuñó Felipe González en el 82, y le pasa como a la libertad, dos palabras que han perdido su significado original manoseadas por los menos demócratas.
Feijóo tiene un problema con las palabras y con la oratoria. Dios no lo llamó por ese camino. Dice en un discurso grabado en un plató de Génova, 13 ante una docena de figurantes de su comité de dirección, que piensa cambiar España y acometer una “reconstrucción nacional”, siguiendo al pie de la letra a Aznar, que lo había desautorizado por el rendibú a Junts, para imponerle “un propósito reconstructor de dimensión histórica” contra los “pactos fáusticos” de Sánchez. Feijóo, subido a esa nube, está que levita y se compara con Suárez, llamado a hacer una segunda transición de la dictadura a la democracia, sin cortarse un pelo. Ayuso celebra que le plagie el mensaje catastrofista, mientras le pasa la pelota de los incendios a Sánchez, porque ella no apaga fuegos, los alimenta.
Canarias tiene motivos para ponerse a temblar con una “reconstrucción nacional” que pasa por Vox, lo cual arruina cualquier paralelismo entre 2027 y 1977, cuando Suárez convocó las primeras elecciones democráticas, tras el franquismo, con vocación centrista, sin un átomo de ultraderecha. En Génova, 13, la claque de maniquíes no se inmutó ante el transformismo suarista de su líder.
¿Por qué las Islas deben preocuparse? Es el andar de la perrita. El diktat de Vox para el cogobierno, la línea roja sobre los menores migrantes de Canarias y su sentencia: “Ni uno más”. Feijóo no defrauda a Abascal y ordenó al PP autonómico dar plantón esta semana a la conferencia sectorial sobre migración. En julio de 2024, aceptó, en otra conferencia similar, el reparto solidario de 347 menores de Canarias. En mala hora. Abascal retiró a sus muchachos de los pactos autonómicos. Primera y última.
Mientras el país vive abrasado por los incendios forestales y los autos judiciales, al ritmo del tercer poder (Montesquieu), 90 años después del inicio de una guerra civil, estremece oír a un gallego en la oposición decir que empieza la cuenta atrás para una “reconstrucción nacional”. Promete planes de inmigración y seguridad. Miedo da. Ya no son las bajas laborales y los nietos del exilio. Es su confesión volitiva andando hacia el cadalso: “Me tengo que entender con Abascal, porque la única solución que tengo es llegar a un acuerdo con él”. Los canarios conocemos una cláusula de ese pacto de sangre.
España, por suerte, es un país exitoso y saneado, que acaba de ganar un Mundial, que bate récords de empleo y crece por encima de la media de Europa. Pronto, Puigdemont pondrá un pie en Cataluña y dirá: “Ja sóc aquí”, tres palabras con medio siglo de alegoría desde el regreso de Tarradellas. ¿Corre riesgo la nueva normalidad territorial con la susodicha reconstrucción nacional?
La pesadumbre que genera el ‘cambio’ en boca de Feijóo no se limita a las nacionalidades históricas, a la recentralización frente a vascos y catalanes y la fobia autonómica de Vox. Es que implica la resaca de la maldición de las Islas al ser frontera sur. Hay ganas de desquite en PP y Vox por aquella votación en el Congreso del partido del Gobierno, los socios y los ásperos escaños de Junts, que tumbó un año de vetos de Feijóo y Abascal a los menores migrantes africanos no acompañados de Canarias y Ceuta.
No nos han perdonado el real decreto de reforma de la Ley de Extranjería que fue convalidado (179 votos a favor y 170 en contra) y era obra del ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, de acuerdo con el presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo. “Quiero pedir que no se queden fuera. Se lo digo a ustedes, los de Vox. Y se lo pido también al PP”, exhortaba en el vacío el ministro en aquel pleno del 10 de abril de 2025, citando al expresidente Adán Martín, que, dos décadas antes, defendía lo mismo ante el Parlamento Europeo.
Se trata del rol de caravasar de Canarias, lugar de paso y acogida de la migración africana, adulta e infantil, hacia Europa. Esta ruta atlántica tan letal que acaba de reactivarse con víctimas. ¿Por qué los niños negros de África no eran ni son bien vistos en la Península y los niños blancos de Ucrania, sí? Ah, la negritud (Léopold Sédar Senghor), del color del chocolate.
En Nueva Jersey, Nico Williams corrió hacia la grada con la medalla de campeón del mundo para que su madre, María Comfort, la luciera al cuello. Treinta años atrás, ella, embarazada, y su marido huían del hambre y emigraban desde Ghana. Los traficantes los abandonaron en el desierto y siguieron a pie hasta Melilla. En Bilbao nació su primer hijo, Iñaki, y después el segundo, Nico. Los dos han triunfado como futbolistas españoles sin mudar la piel. Pero otra cosa es la piel de las ideas.

