Quevedo llamaba relatos excrementales a sus escritos más o menos cochinos. Dudo que haya un clásico más atrevido. Ahora (vaya mundo despistado) pones el nombre del genio en Google y aparece un músico de Las Palmas que gusta a la gente y que tiene el mismo apellido que el grandísimo escritor y poeta del Siglo de Oro. Hoy no tenemos respeto por los genios. Yo dudo de que haya existido un tío más original que don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas y Santibáñez. El cantante de Las Palmas está bien para un rato. Los relatos excrementales me gustan porque me ofrecen patente de corso para decir que, convertido yo en viejo cagalitroso, he elaborado un mapa de váteres limpios en mi ruta hacia cualquier parte de la isla. Así tengo la seguridad de que, en caso de apretón, pueda deponer higiénicamente, aliviarme, en las rutas que habitualmente transito. Inevitablemente, con la provecta edad, te conviertes en un viejo cagalitroso, aunque supongo que eso a ustedes les importará un carajo. A mí no, yo ahora debo tomar mis precauciones porque el día 16 de agosto cumpliré 79 años y a esa edad uno ya es un anciano cagalitroso de libro, como diría muy acertadamente el cómico cubano Álvarez Guedes, que en paz descanse. Por cierto, me han dicho que Trump huele mal. Es normal: lleva pañales y algo se escapará del tapón. Se ha publicado por ahí. Yo sugiero que le acompañe un lacayo con un depósito de succión y transite con el gigantón al mismo paso del edecán que le sigue a todos lados con las claves nucleares. Porque si aquello explota, pongamos que por un pedo mal regulado, los efectos serían similares a la bomba de Oppenheimer. En fin, que me acordé de los relatos excrementales de Quevedo y espero haber estado a la altura.
