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Europa

Dice un amigo mío que Europa, en su decadencia, se reduce a que a las botellas no se les caiga la tapa, por decreto. Tiene razón. La última líder europea fue la Merkel, aunque aquí ponderamos mucho a Javier Solana, del que Arturo Pérez-Reverte dice que fue un inútil, en su calidad de alto comisario de Exteriores, o como coño se llame eso. Hubo un Solana que era gafe, aunque ahora no recuerdo quién, ni voy a averiguarlo, por si las moscas se me vaya a ir la luz. Europa no tiene ejército, aunque quiere formar uno; y gasta mucho en defensa, gracias a Trump. Pero la decadencia del viejo continente es notoria. Antañazo, los americanos ricos y horteras no se morían sin venir por un mes a Europa, como un musulmán no debe irse con Alá sin pasar por La Meca, al menos una vez en la vida. Y allí, en La Meca, se forman tremendas peloteras y eso que las instalaciones han mejorado mucho. Ahora se puede viajar hasta allí en Ave, según me han contado. Pero a mí me duele mucho Europa, porque uno, aunque isleño y africano, se considera europeo y ya sé que parece una contradicción. Canarias es Europa, no es África, y aquí tampoco se caen los tapones de las botellas, cuya explicación científica (y práctica) nadie ha podido ofrecerme. En el Puerto de la Cruz, donde casi no hay pescadores, escuché el otro día a un tipo, gritando: “¡Vivan los pescadores!”, armado de una caña y un anzuelo de mosquito, cuando el pobre tenía pinta de no haber cogido en su puta vida ni un pejeverde. El mundo es una contradicción y por eso existe el mago, que siempre tira por la calle de en medio. El mago tampoco sabe por qué ahora no se caen las tapas de las botellas de plástico. Él sólo entiende de bidones.

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