Una asociación de vecinos de La Laguna se ha opuesto con firmeza a que se instalen dos televisores gigantes en el baile de magos de San Benito. El Ayuntamiento quería que los asistentes pudieran ver el Mundial. Si a mí me preguntaran por la ocurrencia, yo diría que la asociación de vecinos tiene razón, porque -con sonido o sin sonido- dos aparatos de televisión en un baile de magos constituyen una magada. Pero, claro, aquí hay un dilema. Si es una magada, que se instalen, porque nada más oportuno que una magada en un baile de magos. Es como los que van con tenis a las romerías. Déjenlos, se trata de otra magada. En La Orotava los condenan a muerte y en San Benito se cuelan algunos. En la romería de Tegueste se han visto carritos de supermercado afanados en los comercios y convertidos en humeantes parrillas circulantes. Y se permite, o al menos se permitía, la aberración. Se trata, repito, de un dilema precioso. ¿Se deben permitir magadas en un baile de magos (algo natural) o quizá debería imponerse la pureza del folklore, pureza que realmente no existe? Yo comprendo también al alcalde de La Laguna: las teles en color son bienvenidas por el mago asistente y yo añado por mi cuenta los tenis y los trajes combinados: lanas calurosas de La Orotava mezcladas con calzoncillos palmeros y sombreros traídos de Madeira, en vez del canarión cachorro que usaba Pepe Monagas. La magada en el baile de magos (donde nadie baila, sino que se carga) debería ser inevitable, para dar realce a un comportamiento social áspero y exento de gusto que siempre ha ejercido el elemento rural, en su sentido más puro; es decir, en su falta de sentido común. Pero habrá que respetar las opiniones de unos y de otros, aunque a un acuerdo –como pasa con las lindes— nunca se llegará. Por eso el mago tiene una escopeta. ¿Creen ustedes que es para cazar?
