tribuna

Más sobre los negros

Debió ser 1959 o 1960. Era una orquesta llamada Los Universitarios donde estábamos Juan Oliva, Falo Perera, Domingo Luis Martín, Leoncio Bacallado, Paco Ucelay y un servidor. También estuvieron Domingo Días Castro y José Luis Palacios Pelletier. Nos fuimos en los meses de navidad a Alemania y nos acompañó Kike Martín. Se puede decir sin temor a equivocarse que esto fue el origen de Los Sabandeños y antes del grupo de Coros y Danzas del SEU de La Laguna que quedó campeón en Pamplona, en 1963. Lo que voy a contar nada tiene que ver con esto. Cuando empezamos a actuar en los hoteles del Puerto de la Cruz necesitábamos un carnet profesional y el encargado de darlo era un sindicato que estaba en manos de un miembro de una conocida familia de músicos de la isla. El comentario fue que hacíamos música de negros, porque llevábamos en el repertorio algo de rock. Aún no habían salido los Beatles. Después nadie se hubiera atrevido a llamar música de negros a algo que terminó imponiéndose como parte significante de nuestra cultura. El tiempo se ha encargado de calificar como cavernícolas a estas opiniones. Pero lo de los negros sigue estando ahí, incluyendo a los abucheos a Vinicius en el fútbol y a las opiniones de un expresidente del Gobierno sobre los integrantes de la selección francesa, que, según él, no son franceses porque no son blancos como Juana de Arco. A algunos habría que recordarles que la palabra nación viene del verbo nacer, y, por extensión, de habitar y compartir algo más importante que una coincidencia, como es la vida. Algunos hombres piensan que es eterna y disponen de dos alternativas: un cielo y un infierno a donde van a disfrutar las almas o a cumplir con un castigo a todas luces injusto. Nadie supone que en ambos estamentos exista una sección para blancos y otra para negros. Ya lo dejó claro Antonio Machín. Platón no hace distingo para la eternidad aunque establece dos vías para lograrla: una es la descendencia y otra son las obras. La descendencia tiene que ver con la genética y hasta cierto punto conecta con lo racial; pero la otra, la que se refiere a la inmortalidad por las obras, por la llamada herencia intelectual, se corresponde con capacidades que nada tienen que ver con la raza ni con el nacimiento ni con el color de la piel. Andar ahora con estas diferencias es una majadería, las diga Rajoy o quien sea. Cada uno se retrata con sus palabras, y más aún aplaudiendo las que pronuncian otros a los que les unen vínculos que, en el mayor de los casos, no saben identificar: solo les mueve un mimetismo estúpido. En medio de estas mareas turbulentas nos movemos. El racismo no es solo intolerancia por el color de la piel, también entran en juego la cerrazón por las ideas y hasta la fe religiosa. Es muy difícil mantenerse al margen de estas influencias. Nadie se libra. En el fondo todos somos víctimas de este mal endémico y acabamos por convertirlo en una expresión del fanatismo.

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