Si por los hinchas argentinos fuera, Messi jugaría otro Mundial más; eso sí, ayudado de un bastón. Messi juega caminando, ya no corre, pero ha marcado, hasta el momento en que escribo, siete goles en el campeonato, los mismos que Mbappé y que Harry Kane. Argentina es un equipo vulgar y a Messi le regalaron tres balones de oro que no merecía y un trofeo de mejor jugador de un Mundial, que tampoco era para él. Pero esta es la ventaja de un gran futbolista: que todos quieren quedar bien con él. Cristiano Ronaldo, que tiene dos años más que Messi, tampoco está para tirar cohetes, aunque basta que yo diga esto para que nos haya metido un par de chicharros en el partido de ayer. Da igual. En la prensa escrita jugamos con el tiempo y yo no puedo ser adivino. Sí puedo decir que Messi no está para otro Mundial y que, cuando se incorpore a la vida normal, deberá contratar los servicios de un logopeda, porque entre tanta jugada igual a la otra y tanto gol de falta no se le entiende nada cuando habla. La crisis y la gloria del FC Barcelona vienen de Messi y de Negreira. Messi arruinó al club porque cobrada emolumentos que el Barsa no podía pagar; y Negreira puso el prestigio y la honradez de la entidad por los suelos. Así que la UEFA deberá ponerse las pilas y colocarlo en su sitio, tras pagar el Barsa indebidamente al jefe de los árbitros. El Mundial se está animando, no lo niego, tras la aburridísima fase de grupos. Me tiene despierto en las madrugadas y al menos me entretengo viendo partidos interesantes. Por cierto, ¿dónde están los árbitros españoles? Pitan hasta los uzbecos, pero del conejero Hernández Hernández, el único representante español, ni humo ni pelo. Dicen que el caso Negreira ha despertado todas las sospechas de la FIFA en lo que se refiere a los trencillas españoles. Ay.
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