La historia del periodismo canario no se ha portado bien con Óscar Zurita Molina, el último director del vespertino La Tarde. Óscar, que era capaz de vivir en la redacción y en un bar, tenía un corazón muy grande y era un periodista de los que yo llamo “seguros”. Fue dueño de una pluma excelente, vivió un tanto eclipsado por la figura de su padre, el gran don Víctor Zurita Soler, y fue también uno de los tres directores del periódico, tras el propio don Víctor y de Alfonso García-Ramos. Le tocó, por pura mala suerte, vivir el cierre de La Tarde, pero yo recuerdo a Óscar, y lo digo de verdad, como un buen amigo, un periodista de la vieja escuela y un incondicional de bares y de cafés, como lo fueron los mejores periodistas españoles de la época, César González-Ruano entre ellos, que no podía escribir en su casa. Ni siquiera en la redacción. Óscar escribía deprisa, muy concentrado en su trabajo, y no firmó más que lo suficiente, pero lo suficiente era muy bueno. Lo recuerdo en su mesa de la vieja redacción de la fábrica de tabacos El Águila y, antes del año 70, en la antigua sede del Callejón del Combate. No se le ha hecho justicia y eso significa para mi una negligencia profesional, incluso me siento culpable de ello. Pienso en él muchas veces: incomprendido, traicionado en cierta parte y sin el reconocimiento que merece. Nadie lo ha llamado jamás maestro, y lo era. Perteneció a la generación de José Alberto Santana, Ángel Acosta, Pérez y Borges, Perdomo Alfonso, Olga Darias, el ya citado Alfonso García-Ramos, Enrique García Ramos, Eliseo Izquierdo y algunos más, si me refiero a La Tarde. De todos aprendí, porque La Tarde fue la primera facultad de periodismo, sin serlo realmente. Ahí di mis primeros pasos en esta profesión. Años realmente inolvidables. Y Óscar no debería pasar desapercibido. Lamento haberme dado cuenta demasiado tarde.
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