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Por fin, agosto

Por fin, agosto. No te pongas malo en agosto porque todos los hospitales están en manos de residentes (todos ellos muy buenos). Por fin, agosto. No tramites un papel porque se quedará en el cajón hasta que el funcionario regrese en septiembre y se aclimate. Por fin, agosto. Un alivio, ni una tertulia en televisión, ni una crispación, porque los políticos o bucean o se han ido a la sierra quemada. Por fin, agosto. No vayas a Nueva York, porque te arruinas. Por fin, agosto. No viene el cartero que trae las malas noticias, porque se ha ido de vacaciones, ni tampoco recibes la carta tan negra como tu propia suerte (de la Agencia Tributaria afanosa). Por fin, agosto. No se registran colas en las carreteras porque todo el mundo está en la playa y nadie va a clase a la universidad ni a los colegios. Por fin, agosto. Olas de calor, calima, calles más o menos desiertas. En agosto se paraliza el país, más todavía, se han ido de vacaciones los directivos de las televisiones y los directores de los periódicos y no hay guerra o sensación de ella. Agosto es la pausa, el sosiego, el mes de gracia que nos otorgan quienes controlan nuestras vidas. Agosto es el periodo del viaje incómodo, del solajero, que se paga en la vejez con los carcinomas basocelulares (que me lo digan a mí) y del asueto desenfrenado, que acaba por afectarte la espalda de estar inmóvil, viendo en la tele unas series que no se acaban nunca, aunque sean producidas por la BBC. Por fin, agosto, con el consiguiente e inevitable sofoco que uno intenta evitar en la piscina, masificada e incómoda. Por fin, agosto. Compras lotería en las gasolineras, pero resulta que la lotería no le toca nunca a nadie. Por fin, agosto.

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