tribuna

Que te quiero verde: un color para Benjamín Prado

Qué estoy haciendo aquí*, el último libro de Benjamín Prado, está escrito con tinta verde de la suerte, con esa que se utiliza para guardar todo aquello que permanece vivo y que no puede borrarse porque pertenece al territorio de la memoria. Verde es también el color de los recuerdos y de cómo, tras el paso de los años, continúan habitando en cada uno de nosotros hasta que, un buen día, regresan a nuestro presente y cobran vida a través de un gesto, de un aroma o del sabor que sugiere una palabra. Verde es también el color de los silencios, o incluso, de esos olvidos que desataron la escritura de este libro de memorias en el que Benjamín Prado nos regala, generoso, sus recuerdos.

Qué estoy haciendo aquí es pregunta y también respuesta de aquel que ya no se cuestiona de quién es esta vida, porque lo importante es haberla vivido y continuar viviéndola disfrutando de “aquellas pequeñas cosas”, de la felicidad que ofrece “recorrer el mundo hablando solo con los camareros”. Lo importante es el viaje y los viajeros, aquellos que abrazan tan fuerte y con tanta verdad como lo hace este libro que continúa leyéndose a pesar de haberlo terminado, como si le faltaran páginas, como si no hubiera final para este diálogo abierto, para esta conversación de sobremesa de la que una nunca quiere marcharse porque siempre se une alguien al café.

Un helado y unos versos encendidos del poeta gaditano Rafael Alberti son el origen de este libro en el que su autor relata cómo ha sido transitar la vida con la compañía de Almudena Grandes, Juan Marsé, Ángel González, Octavio Paz, Vargas Llosa, Javier Marías, Gil de Biedma, por citar solo algunos nombres de los muchos que ocupan esta biblioteca inmensa que es la vida de Benjamín Prado. Un festín literario que degustamos con placer, como si estuviéramos sentados en la misma mesa y compartiéramos el mismo vino, pues todo lo sagrado que envuelve la literatura se deshace en cada capítulo, como si formara parte de nuestra realidad, de manera que los autores se desprenden de sus obras y nos susurran al oído para reírse con nosotros o para hablarnos de su cita con el médico. Esos “seres caídos de una nube” descienden del Parnaso y nos cogen de la mano y, entonces, la literatura se hace más real y los personajes dejan de serlo y sienten y padecen. Hablarnos desde esa cotidianidad, de la manera en la que lo hace Benjamín Prado, es crear nuevos recuerdos al lector, es tener la generosidad de regalarnos esa otra vida que existe más allá del libro y de su creador. Este regalo no es banal porque el arte nunca lo es y porque, si algo justifica su existencia, es su capacidad para sacudirnos, para salpicar nuestra vida, para tirarnos del brazo hasta desviarnos de la ruta marcada y así posibilitar que llegue hasta nosotros el eco de Lamartine que dice que “la casualidad nos da lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir”. Y es que el azar es la brújula que ha guiado el camino vital de quien ha sido poeta, narrador, letrista, dramaturgo y periodista, entre otras muchas cosas. No es esta una simple enumeración de términos. En cada uno de ellos hay una palabra mágica que siempre está y que actúa como hilo conductor que enlaza todos los episodios de una misma vida, hablo del Benjamín amigo, que hace de esta obra un delicioso Tratado de la amistad: “si me dejo caer hacia atrás, -afirma- habrá pelea por cogerme; no llegaré al suelo nunca”. Saboreamos esta frase como si fuéramos un veraneante de un paraíso perdido que, sin embargo, existe y que ocupa también un espacio en este libro, o tal vez, incluso más allá de él: “si quieres conocerme de verdad, ven a Rota”, dice Benjamín Prado, con la certeza de quien sabe que hay espacios que nos habitan de la misma manera que lo hacen las palabras.

Y también la música. La música se oye entre sus páginas, como si el poeta que es, no pudiera desligarse de la melodía de los versos. Porque para que las palabras suenen es necesario convertirlas en música, bailarlas hasta que cojan el ritmo adecuado y la cadencia precisa para que no desafinen. De eso habla también Qué estoy haciendo aquí de Benjamín Prado, del oficio que es construir canciones, musicar palabras para que se conviertan en eco de la memoria. Por eso es imposible leer el título sin que suene la música y, con ella, todas las sensaciones que la lectura despierta. Y también los recuerdos. Porque recordar es hacer magia, destruir el tiempo, revivir lo vivido con la felicidad de un presente que se siente afortunado. Recordar es desechar los olvidos para llenarlos de una vida en dirección prohibida, y volver a ella para seguir escribiendo con tinta verde que te quiero verde, verde color de la suerte y del azar y de todas esas casualidades que nacen los años nuevos.

Qué estoy haciendo aquí se tararea despacio, como quien se esfuerza por recordar la letra de una canción que, aunque olvidada, pervive en la memoria y persiste e insiste porque “todo está bien, Ma / Es la vida y nada más que la vida”.

*Qué estoy haciendo aquí se presentó en Tenerife el jueves 25 de junio en la Librería El barco de papel de El Sauzal.

1 “It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding)”, Bob Dylan

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