Si me pusiera a hacer un diario, se caerían las páginas del puro aburrimiento. He notado hasta el día de pausa del fútbol y por dos veces se me ha estropeado el ordenador. Así que el puto calor -debe ser el calor- me ha descontrolado por completo. Cuando un aparato se estropea, o se te avería el coche, llegan inexorablemente dos o tres estropicios más: la lavadora, el aire acondicionado o la plancha, pero una avería nunca viene sola y a las estadísticas me remito. Tampoco puedo decir que disfruto de un periodo de paz o de un día tranquilo porque, inexorablemente, luego viene la guerra o un día de perros. Lo mejor es estarse callado. Como en el cuartel, que te preguntaban si sabías leer y si respondías que sí te daba el sargento una escoba para que barrieras. Yo de sorchi tenía un sargento chiquitito, de los de la guerra, y con muy mala leche. Conmigo se metió poco porque nada más entrar en la mili él entendió que yo era un señorito y los señoritos, con Franco, teníamos patente de corso. Un amigo mío se sonó en la bandera, durante la jura, por una apuesta. La cosa llegó a oídos del capitán general, que era un tío muy bruto, me parece que se llamaba Héctor Vázquez, y el general dijo: “¿Y todavía no lo han fusilado?”. Lo cierto es que se salvó del pelotón gracias un tío suyo, que creo que era coronel, o algo así. No me gusta contar cosas de la mili, que son siempre las mismas, pero mi amigo escapó en tablas. Ahora quieren volver a poner la mili casi obligatoria, como en Alemania. Todo vuelve a los comienzos. La verdad, alguna ventaja tenía ese servicio para la juventud. Pero no soy yo muy partidario de volver a mandar a los jóvenes al cuartel.

