por qué no me callo

¿Y qué hará España ahora?

En un minuto centenario, España se impuso a Argentina para gobernar la siguiente década del fútbol mundial. El abrazo de Messi a Lamine Yamal, al final de la final, fue la ceremonia de investidura, allí mismo le ceñía la espada, era una entrega y bendición en la cima del deporte rey al nuevo monarca.

España se ha cubierto de gloria. Apenas ha tenido tiempo de ser consciente de esta Copa del Mundo. En qué momento y en qué condiciones como país le ha caído este trofeo de los dioses, con qué nuevos mitos emprende el camino. Es la Odisea de España, la que el cine contará algún día como la épica que ahora se estrena en la gran pantalla. En Nueva Jersey, en el MetLife Stadium, hubo esa otra guerra de Troya futbolera, y España se cuidó de no desatar la cólera del héroe Aquiles en el rival, hasta consumar una victoria homérica. Lo que queda es historia y leyenda, en un tiempo que mezcla las dos.

¿Qué nos enseña la proeza de esta generación ya mítica de jóvenes futbolistas españoles que llevan la contraria a mitos viejos y a viejas creencias de una España antigua? La generación que lidera el país 90 años después de iniciarse la guerra civil -y así estas líneas van de guerra en guerra-. Nos recuerda que es la España inclusiva de Lamine Yamal frente a esa otra España excluyente de repudios migratorios. Y que la suya es una victoria mundial forjada en una ciudad ahora mismo integradora como Nueva York, donde triunfan las mismas certezas fraternales, que el papa vino a predicarnos hace apenas un mes. Todo concuerda. Y nos despeja la mente, la realidad nos sacude. Nos previene, nos avisa, nos reprende.

Vi llorar a unos jugadores, y a otros, los nuestros, saltar de felicidad. El respeto a la leyenda, al irreemplazable Aquiles hispanoargentino Lionel Messi, hacía de esta final un cambio no indoloro de era y de héroes. Las lágrimas de Messi y Scaloni -que no pudo acabar la rueda de prensa entre sollozos-, nos sitúan en un cambio de jerarquía en las alturas. Aunque no esté dicha todavía la última palabra, la retirada de Messi, con 39 años, cuyo rostro lucía como vigente frente al de Lamine en las pantallas gigantes de Times Square.

¿Está el mundo a pedir de boca como este partido nos ha hecho creer? No. El mundo está en guerra, hay muertes y hambre, y Messi añadía que hay gente sin trabajo y que no llega a fin de mes. Así está el mundo de divide y vencerás. Pero España ha ganado con la receta contraria, más unida que nunca. El fútbol es lo único que nos une.

El gol de Ferran Torres fue en el minuto 106. Fue lo mejor que le pudo pasar a España, marcar tarde. Porque este Mundial descubrió en Argentina un don infinito para la remontada. Y tanto fue así que en tan solo una porción de prórroga creó más oportunidades cuando iban 0-1 que en todo el partido mientras iban cero a cero. En la estrategia de la final existía esa extraña admonición: que a España no se le ocurriera despertar la cólera de Aquiles. Por suerte, el gol cayó en un minuto centenario, casi póstumo.

Me alegro por dos canarios, por Pedri y Yeremi Pino, y por sus familias, sus padres, sus parientes, todos nosotros, sus paisanos. Me alegro por esos 26 chicos y sus ramificaciones sociales, sus amigos, sus seres queridos. Encarnan el espíritu de nuestro tiempo. Y ojalá que España tome nota y se inspire en ellos, y en el director de esta orquesta, Luis de la Fuente, no en los faros esquinados que nos ciegan. Si la emoción es el mensaje -con respeto a McLuhan-, esta Copa del Mundo lo va a decir todo.

España ha cosechado una gran imagen internacional. Algunos éxitos de esa índole han venido rodados. España lleva unos años creciendo por encima de la media europea, que era algo nunca visto para un vagón de cola. Y el halago de los jueces europeos de Luxemburgo avalando la ley de amnistía del procés como un acto de “reconciliación” transmitía buenas vibraciones. Este Mundial confirma que esta España le cae bien al mundo, pese a tanto autoestigma interior. Ferran Torres sostiene que su gol lo marcaron 47 millones de españoles y “el destino estaba escrito.”

En el palco principal coincidieron los reyes, Pedro Sánchez y Trump, y estaban Infantino, la mexicana Claudia Sheinbaum y el canadiense Mark Carney. Dos mundos, el fútbol y la política, y alguna que otra cabezada de Trump, enemigo de España, de los latinos y del mestizaje cultural, que recibía un gol por la escuadra soportando la final de sus peores pesadillas como anfitrión.

El presidente español y él se dieron la mano, en una pausa de hidratación de su proverbial desencuentro. Fue como otro gol y España los vio saludándose allí arriba, como campeona del mundo con toda justicia. La justicia que emana de un balón.

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