Sufro una crisis de inspiración. Bueno, estoy pensando que me repito y que a los lectores les importa un carajo lo que cuento cada día. Estas crisis nos sobrevienen con frecuencia a los cronistas de todos los días, son consustanciales con nuestro trabajo. Soy capaz de escribir 325 palabras sobre Ceferino Canteiro, el domador de moscas que conocí en Sevilla y encontré haciendo una exhibición, vestido con un esmoquin, rojo en Times Square, pero no siempre surgen historias como aquella del músico callejero que tocaba un saxo a las puertas de El Corte Inglés de la plaza de El Salvador, en Sevilla, y al que le regalé unos zapatos porque sólo tenía uno, y luego lo vi por televisión como componente de una gran orquesta europea. Me han pasado cosas excepcionales en mi vida, pero casi todas, o quizá todas, las he contado ya. Las reservas de lo vivido corren el riesgo de acabarse porque también se acaba la vida y quizá hasta la cabeza para acertar con el teclado. Habrá que esperar a ver. Yo disfruto escudriñando el cerebro en busca de historias perdidas y también contándolas. ¿Para qué guardarlas? Son historias de todos los días, que a veces se repiten en versiones diferentes. En realidad, creo que fue García Márquez el que dijo que la historia no es cómo realmente ocurrió sino cómo nos la han contado. La frase no es literal. Ocurre que entre la realidad y la ficción hay sólo unos centímetros. Porque todo es ficción. A eso hay que añadir la maldita inteligencia artificial, que hace parecer ilustrados a los analfabetos. Se tendría que inventar un sistema para desenmascararlos, porque un algoritmo no puede –o no debería- sustituir a la creatividad y a la inteligencia. Los analfabetos deben seguir siendo asnos por los siglos de los siglos.
