Igual que Ayuso la cagó comprando para la Comunidad de Madrid (y destino poco claro) un ático en la calle General Martínez Campos, una zona de lujo de la capital, el viceconsejero de la Consejería de Hacienda, o como se llame, el tal Megías, debería aclarar, ipso facto, lo del chocolate del loro. Es decir, por qué se aplica el AIEM al chocolate que viene de fuera, pero él es consejero de una fábrica de chocolate en Canarias, libre del impuesto. ¿Conflicto de intereses? Y también porque, presuntamente, ocultó sus pertenencias directivas a dos sociedades en su declaración obligatoria. Nos pasamos la vida criticando a los sinvergüenzas del PSOE, que los hay, pero no hurgamos en los comportamientos de los otros. Y este tío es canterano del PP, así que Manolo Domínguez que se ponga las pilas y lo investigue, en vez de estar hablando pollabobadas en la prensa goda sobre Marruecos, asunto del que no tiene pajolera idea. Guárdenme un cachorro de unos y de otros. Acabaré votando a Gundisalvo. Lo que tendría que hacer el tal Megías es aclararlo y, si no puede, mandarse a mudar. Porque la cosa puede ir a más y gravar bombones fabricados fuera parecerá una gilipollada, pero si el gravamen beneficia (presuntamente) a una empresa del firmante del impuesto aplicado, la cosa sube de tono. A mí los caraduras me ponen en estado de alerta. Y no me conviene, dados mis achaques, aunque los ingleses digan que es de mala educación hablar de las enfermedades propias. Mejor hablar del chocolate del loro, que es un recurso alimentario y político, sobre todo cuando se trinca a alguien en un renuncio. En fin, para no repetir los hechos, léanlos en este periódico y en Libertad Digital, que me parece que fue Federico el primero que dio el aviso de la cosa. Por cierto, una vez mastiqué una jícara del chocolate de Megía y acabé en el dentista. 500 pavos.
