En 2024, Canarias supo lo que es ser frontera sur de Europa. El éxodo migratorio de África Occidental se cebó con El Hierro (11.000 habitantes), como hoy le pasa a Ceuta (83.000) con Marruecos. A la isla del Meridiano llegaron 3.700 menores. En Ceuta permanecen poco más de la mitad.
Ese año, que fue el más crítico del registro histórico de tres décadas de inmigración, destacó por obstinada la larga negativa de PP y Vox al traslado de menores a la Península. Menores de piel oscura.
Los dos partidos acabaron perdiendo el pulso, y el Congreso aprobó la reforma del artículo 35 de la Ley de Extranjería, que promovía el ministro Ángel Víctor Torres de común acuerdo con el presidente canario, Fernando Clavijo. Fue un pacto humanitario histórico, que resulta inimaginable ahora en Ceuta.
Torres asume el mando único de la ciudad autónoma, donde 1.500 menores africanos protagonizan un conflicto que tiene enfrente, de nuevo, a las dos mismas fuerzas reacias a admitirlos en la Península, aunque la ley les obligue. Feijóo rechaza el traslado de 500 niñas vulnerables, con la misma obcecación de entonces. Y asistimos al plantón intransigente a la conferencia sectorial de tres comunidades del PP donde Vox gestiona el área de Infancia (Extremadura, Aragón y Castilla y León), haciendo ostentación de que impugnarán judicialmente las reubicaciones.
Canarias sabe la tira sobre el problema que paraliza al país, y puede ponerse en la piel de Ceuta. Con buen criterio, un canario es quien dirige el mando único ceutí. Fruto de la experiencia, los canarios sabemos, por ejemplo, que, si se empeñan unos cuantos (como aquel rompe farolas que apodaban Cojo Manteca en la España de los 80), se desata la violencia. ¿Por qué lo sabemos? En Canarias, en los primeros años 20, aunque casi se haya olvidado, se organizaban batidas contra migrantes, se les apedreaba y disparaba con escopetas de balines. Se fletaban guaguas con africanos del muelle de Arguineguín a la Delegación del Gobierno y quedaban a la intemperie, y se protestaba contra los hoteles humanitarios. Aquí hubo un brote de ese odio ceutí actual, y fue abortado a tiempo. Vimos cómo cuatro agitadores podían fomentar un paroxismo racista “contra el moro”.
En Ceuta conviven cristianos, musulmanes, hindúes y hebreos, y, en los escarceos iniciales, echaron de la ciudad al ultra Alvise Pérez, pero, de buenas a primeras, grupos de vecinos radicalizados queman tiendas de campaña en la playa o impiden a la Cruz Roja repartir bocadillos. Y ha habido dos emboscadas de migrantes a militares, con daños físicos. ¿Quién mueve los hilos? La seguridad y la humanidad libran una batalla en menos de 20 km2., como si fuera una ciudad sin ley ni ojos previsores. Un día sabremos quién tiene la razón, si Margarita Robles o Marlaska.
Las arengas políticas no ayudan. Este es un problema de suma cero, si no se pueden consensuar ni los polideportivos para sacar a los migrantes de la calle. Ayer, Sánchez zanjó la discusión: los centros de acogida son los que van a ser. Arteramente, hay quien pone palos en las ruedas del mando único. Por fin se nombró, pero no todos en Ceuta quieren un final feliz a la crisis. En Madrid, comparecen los ministros en el Congreso, y Rafael Hernando y Cuca Gamarra, del PP, parecen divertidos cotilleando sobre los titulares de prensa en el móvil. Que dure la fiesta. En redes, alguien del partido lanza el bulo de Sánchez disfrutando en Andorra. Es falso, pero no lo borra. Vox tampoco corrige a Pepa Millán, que habla de “un ejército de varones armados” en Ceuta.
Hay una máxima ilícita: “Ni menores ni mayores, deben regresar todos, pero todos, y cuando digo todos, son todos”. No es de Baltasar Gracián. La pronunció Feijóo, y Vivas la repite por la ciudad, incitando a cometer un delito. En 2021, esa máxima llevó a prevaricar con los menores y hubo condenas. Ceuta en llamas, en un ‘Vivas’ la violencia, recibió a Torres, que ha logrado pactar con el presidente ceutí un llamamiento pacificador. El ministro canario ha llegado a una zona caliente (con una policrisis poliédrica) y tiene práctica en crisis migratorias.
Ante las andanadas PP-Vox contra la sola mención de África, resuenan los siete minutos de ovación de sus líderes al papa. Ver a Aznar, que no pisó Ceuta mientras gobernó, haciéndolo ahora, lleva a preguntarnos: ¿Para qué? El odio está al fuego en Ceuta, que teme una tragedia. Feijóo tuvo un acto fallido, dijo: “¿A qué espera el Gobierno, a que haya una desgracia, o peor, a aprovecharla políticamente?”. ¿En qué estaba pensando?
Entre 2023 y 2024, la invasión de Canarias, como dirían PP y Vox, superó las 80.000 personas, que fueron acogidas en su totalidad. Una cifra casi como la de Ceuta, donde a las 24 horas, Rabat y Madrid conseguían el retorno del 90%, y quince días después, Marruecos evitaba un segundo asalto.
Hay quien juega con fuego, tentando un choque vecinal serio, con el inicio del curso político. Hace falta ser imprudente, con Putin maquinando usar armas nucleares tácticas en Ucrania (y acaso en Europa). Y siendo Trump el mejor amigo de Marruecos. ¿Pero nadie en esas filas mira más allá de los Pirineos y ve cómo está el patio?

