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La cartilla

Ordenando un baúl, en estos días de calor insoportable, me encontré con la cartilla médica de la consulta del doctor Isidoro Hernández, con el número 21.987 de su protocolo. El doctor Hernández fue mi pediatra y para pasar consulta mi padre y mi madre, hace 79 años, se tenían que trasladar desde el Puerto a Santa Cruz. Por la cartilla me entero de que pesé al nacer 2,900 kilos y de que en un mes había subido a 3,250. Yo era una tirijala, muy alto, según la cartilla de la mili 1,84, pero nunca fui gastador en el Ejército, más bien un vago de cojones que hacía muy bien la revista militar, que en aquellos tiempos se llamaba Atlántida y dirigía el entonces capitán, periodista y amigo mío Carlos Ramos Aspiroz, tristemente fallecido. Carlos era un ligón de campeonato, un tipo guapo y buena gente, que acabó su vida militar en el Cesid, hoy, CNI. Investigó al traficante Kashogui, al que trincó en Marbella y lo puso a disposición de la policía, si no recuerdo mal. Tuvo otras misiones interesantes, que me contó en secreto. Se retiró de coronel. Eso de ordenar los baúles tiene su lado bueno. Te cansas, al menos yo me canso, pero empiezan a aparecer cosas que creías perdidas, fotos de pasajes de tu vida que no recordabas y documentos que ya no sirven para nada. Entre los documentos, el sumario contra el cruel y despiadado comisario Matute; y una querella que interpuso contra mí un bancario que luego fue consejero del Gobierno –y que perdió-; y algunas reclamaciones de deudas, que siempre son gratificantes sobre todo si logras no pagarlas, en ocasiones por agotamiento del contrario, pero en mi caso por falta de posibles. Es bueno, en estos días de calor, revolver en los baúles. Te entretienes. Incluso estaba la foto de cuando la turba –y la policía- me obligaron a abandonar el estadio por decir en la radio que aquello no era penalti. Ay.

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