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Los gazapos

No existen los duendes de la imprenta, quienes sí sobreviven son los analfabetos funcionales y los descuidados. Ayer se me escapó una coma en mi artículo diario y me cogí un rebote de campeonato. Fue culpa mía, pero me destrozó el puto artículo. Normalmente los corrijo de manera exhaustiva, pero uno tampoco es infalible. Además, no hay nada peor que corregirse uno a sí mismo. Por eso existen en las editoriales los correctores externos, que te cazan los gazapos como si fueran conejos, a tiro limpio. María Rosa Alonso, que en paz descanse, se cogía tremendas calenturas con los linotipistas –que por lo general eran muy cultos y cuidadosos- cuando le destrozaban sus artículos, ya fuera en El Día o en La Tarde. María Rosa, con la que yo mantenía una gran relación, tuvo la gentileza de alabarme públicamente por mis escritos, cosa que no solía hacer con nadie porque era mujer de muy mala leche y muy exigente con los demás. Yo la apreciaba mucho. Una vez, estando peleados por cosas del periodismo ella y don Víctor Zurita (que normalmente no se enfadaba con nadie), se celebró un almuerzo en el restaurante del Aero Club y don Víctor debía contestar a una intervención de María Rosa, con la que ya dije que se encontraba algo distanciado. El caballeroso director de La Tarde y grandísimo periodista comenzó su discurso con las siguientes palabras: “Señoras, señores, mi dulce enemiga…”, mirando a María Rosa. A partir de entonces volvieron a ser tan amigos como siempre. Era cosa de la elegancia de antes, que las jóvenes generaciones de plumillas desconocen y más ahora que estamos rodeados de analfabetos funcionales que utilizan para escribir medianamente bien la IA, principio y fin de todos los males. Bueno, este rollo empezó con una coma que sobraba o que faltaba en mi artículo de ayer, fíjense ustedes qué tragedia.

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