Los hechos son históricos, pero mi amigo Juan del Castillo, paz descanse, me prohibió que los contara. Los protagonistas fueron un perro cooley, propiedad del fallecido funcionario y escritor orotavense, y un capitán general, creo que también fallecido, aunque por consideración a la milicia no escribiré su nombre. Juan organizaba unos saraos, con generosa comida y sabrosos postres, cada tarde de la romería de San Isidro Labrador y de Santa María de la Cabeza, en el veranito de la Villa. Aquella mansión se llenaba de gente, que quería sobre todo saborear los postres elaborados por Lala, el ama de llaves de Juan, en la preciosa casa orotavense, frente a la Plaza del Llano, residencia hoy conservada primorosamente por su heredero. Entre los invitados a una de aquellas reuniones se encontraba casi siempre el capitán general de turno, que llegaba acompañado de su señora esposa o, en su defecto, de un ayudante, también militar por supuesto. Al cooley le debió resultar sospechoso el distinguido miembro del Ejército, porque nada más aparecer por la puerta se le tiró a sus partes y le mordió un huevo. El militar le restó importancia al incidente, en medio de la consternación de Juan y de los demás invitados. Y a mí el anfitrión me prohibió terminantemente, en aras de nuestra vieja amistad, que publicara noticia del lance. Ahora que Juan ha desaparecido, tristemente, y que a mí me da todo igual, porque además hoy cumplo 79 años, traiciono mi palabra y doy fe de aquel suceso, que casi le cuesta un huevo al capitán general, si no hubiera sido porque el dueño de la casa retiró a tiempo al perro, un can totalmente contrario a la milicia, a tenor de su comportamiento agresivo. No sé, quería escribir una ruindad, en el día de mi cumple, contando un hecho realmente cierto. No me invento nada y se lo juro a ustedes, desocupados lectores, por Tito Wissa.
