Hay actitudes que identifican y singularizan a algunas de las personas de este mundo. No, en muchos casos, porque reluzcan singulares y únicos, como Bach por su absoluto conocimiento musical y el ingenio o el medido celo y extremo juicio de Johan Cruyff sobre el fútbol; no, lo contrario. Partamos de un caso que alarma: el prepotente, ególatra, presuntuoso o arrogante Donald Trump. Concilia para sí una medida en la existencia: aprovechar cualquiera oportunidad para atesorar dinero y aumentar su patrimonio. Lo extraordinario del caso es que no se resiste en ninguna de las posiciones en las que se encuentra. Por ejemplo, en siendo en Presidente del país más importante del mundo lo aprovecha, ya digo, para lo dicho. Sin que, por ahora, ningún juez levante acta de ciertos sucesos: informaciones privilegiadas, criptomonedas, etc., etc. Es decir, cuando el susodicho Trump se encuentra de frente con el presidente de la FIFA, el tal Infantino, y atina a comprender que ha de disfrutar de la oportunidad porque la ideología los une desliza el muestrario hacia ese factor y el pusilánime se mueve con regocijo: donar el 20% del negocio a la familia Trump. Que esa respuesta haya abierto un agujero inmenso en el seno del planeta no es importante; lo importante es considerar por qué esos amedrentados actúan de semejante modo. Así, atinó la sensatez alguna vez poner lumbre a lo que en esta tierra ocurre. Eso hizo el escritor que consagró (incluso como inicio manifiesto de la modernidad) la novela más esplendorosa de cuantas se han escrito en este mundo. Y el asunto no descubre el nivel intelectual del autor como lo extremo en importancia, que es ser un progresista (frente al oscuro tradicionalismo de España) y que detrás de su escritura (aparte del mundo clásico y lo que en verdad son los libros de caballería) unirá a lo que ocurre en su “Quijote” la enjundia del Elogio de la locura (1509-1511) de Erasmo de Roterdam o la Utopía (1516) de Thomas Moro; eso no, sino lo que significa ese grandioso libro que se llama el Quijote. Y se prueba en un punto fantástico y extraordinario, eso que saca Cervantes de la suprema actitud de los grandes caballeros andantes (Amadís, Tirante el Blanco) o las sublimes actitudes de Homero o Virgilio con sus héroes (del grande, aunque vencido, Héctor al magistral Odiseo o la divina Penélope), eso: alzar hasta la cumbre la verdadera, radical e incondicional posición ética de los nacidos. Eso es el “Quijote”, frente a la ruina de su tiempo y del tiempo; eso propone Cervantes, un paso atrás, el paso que reconoce la dignidad, la decencia, la responsabilidad y el honor de las personas. Héroes que son así por defender a los perseguidos, sojuzgados, condicionados, ofendidos; héroes que son así por asegurar como eximio el principio de la justicia. Lo que ratifica Cervantes es lo que debe ser el mundo, no lo que transmiten sátrapas, embusteros, tramposos, arteros e indignos como Trump o Infantino.
