Los Tarajales, o la tercera playa de Los Cristianos, no siempre fue una franja lejana, corta y repleta de rocas. Hasta la década de los setenta, este tramo de la bahía tenía arena propia, de extensión kilométrica. Los Cristianos y la playa más allá, a los pies de la montaña de Guaza, se encontraban separados únicamente por el antiguo puerto playero y por la playa de El Callao. Eran una sola. Esa misma arena es la que hoy se acumula en el muelle y hay que extraer mecánicamente para que no interfiera en la actividad portuaria. Cuatro décadas después, con el puerto multiplicado en tamaño y en tráfico, la playa que vecinos y turistas compartían como una sola sigue sin recuperar ni su extensión ni su acceso al mar.
Jorge Bello, presidente de la plataforma vecinal en contra de la ampliación del puerto, lo repite desde hace años, en cada asamblea: “si no tenemos playas, no hay turismo”. Como presidente, Bello encarna una reclamación que atraviesa generaciones de playeros y playeras; la de una playa, Los Tarajales, que dejó de ser arena para convertirse en un espacio de rocas poco accesible al mar, y que —según sostiene junto a empresarios y técnicos consultados para este reportaje— no tiene ninguna posibilidad real de regenerarse mientras la actividad portuaria siga creciendo.
Antes de que existiera siquiera el nombre Los Tarajales, vecinos y turistas conocían un único arenal. “Actualmente parece que una es la playa histórica y lo de más allá es una playa, alejada y sin contexto, pero toda la bahía antes era una sola”, recuerda Bello.
En los veranos, describe, “había una playa tremenda, muy plana”, y aroneros y aroneras no distinguían entre un tramo y otro. Fue la construcción del edificio Cristian Mar que obligó a dividir administrativamente la playa en dos frente al Ministerio, dando origen al topónimo actual.
Aquel tramo tenía, además, un uso social muy concreto: “las familias la usaban más; los jóvenes acudían, sobre todo para jugar a fútbol, y molestaban menos”, relata. Era, en sus palabras, arena “propia, que es nuestra”, y sobre ella se sostenía buena parte del atractivo turístico incipiente de Los Cristianos.
La transformación tiene una causa que técnicos y empresarios señalan. Juan Francisco Reverón, una de las figuras con más recorrido en el desarrollo turístico de la zona, lo resume con una frase: “mientras el puerto siga consolidándose, esa playa no va a regenerarse”.
Según los estudios encomendados a biólogos, especialistas en dinámica costera y mareas, la arena que antes cubría Los Tarajales se ha ido desplazando progresivamente hacia el centro de muelle, donde queda encallada. Alli, se enfanga, y debe extraerse mecánicamente para no interferir en la actividad portuaria ni poner en riesgo la playa principal del núcleo aronero cuando sube la marea.
El curso de las mareas
Un biólogo marino consultado por este periódico sitúa el origen de ese proceso en la construcción del muelle viejo de Los Cristianos, que alteró de forma sustancial el curso natural de las mareas. “El temporal del sur de 1979 destruye el muelle nuevo recién construido y desde 1985 arranca una fase de crecimiento portuario sostenido”.
La primera evaluación, de 2005, registraba sebadales que en aquel momento llegaban hasta la propia orilla de la playa. Dos décadas después, tras las últimas actuaciones en la infraestructura portuaria, la actividad y la nula labor regenerativa sobra la bahía, ya en 2025, esos sebadales han desaparecido. “Las turbinas de las embarcaciones desplazan arena hacia el interior de la bahía, y en su lugar han proliferado algas cianofíceas propias de aguas recalentadas. La bahía ha perdido salud”, resume el biólogo.
Para Bello, la ecuación económica es directa: “Arona vive de las playas; si nos permitimos el error de perderla y no regenerarla, la economía en pocos años del pueblo se irá al traste”.
Un plazo que expira
La reivindicación entró en la agenda institucional en 2018, cuando el entonces alcalde José Julián Mena (PSOE) trasladó el problema al Gobierno central durante una visita de la ministra de Turismo, Reyes Maroto. En 2020 se completó la primera fase de renovación del paseo marítimo, con 2,5 millones de euros aportados entre Ayuntamiento y Cabildo. En los Presupuestos Generales del Estado de 2022 llegaron siete millones más para la zona; cinco para movilidad y accesos al puerto, y dos específicos para regenerar la playa.
Esos dos millones exigían un convenio de subvención con el Ministerio para la Transición Ecológica, que el Ayuntamiento aprobó en un pleno extraordinario y urgente el 21 de noviembre de 2022. La sesión sirvió también para corregir un error de bulto en el borrador. El texto fijaba como plazo de ejecución el 31 de diciembre de 2022, cuando debía decir 2026, con opción a dos prórrogas anuales más. Ese plazo corregido, el de 2026, es el que expira dentro de unos meses sin que el Ayuntamiento haya explicado, pese a las preguntas trasladadas por este periódico, sin respuesta hasta el cierre de esta edición, en qué fase se encuentra el proyecto ni cuánto dinero se ha ejecutado hasta la fecha.
Las dudas, de hecho, ya estaban sobre la mesa en aquel pleno de 2022. Cerafina Chinea (Coalición Canaria) preguntó si el Ayuntamiento “tenía capacidad técnica para asumir un proyecto y un estudio de impacto ambiental en dominio público marítimo-terrestre”, competencia de Costas, y recordó que el proyecto anterior para la misma actuación había costado más de diez millones de euros, frente a los dos ahora disponibles. Águeda Fumero (PP) fue más concreta, y preguntó qué había ocurrido con las expropiaciones de 14.859 metros cuadrados —entre el Monumento Natural de Guaza y el barranco de Aquilino— previstas en el proyecto anterior. El concejal de Medio Ambiente, Leopoldo Díaz, admitió que esa parte del expediente “quedó paralizada” sin precisar su estado, y apuntó al remanente municipal como posible refuerzo si los dos millones estatales resultan insuficientes.






