La borrasca Therese golpeó con fuerza la playa de Los Tarajales, en Los Cristianos, arrancando tramos del paseo marítimo y recordando, una vez más, que ese litoral le pertenece al mar. Lo que muy pocos saben es que exactamente en ese entorno, al resguardo de la Montaña de Guaza, se alzó durante décadas una de las instalaciones industriales más singulares de Canarias.
Corría el año 1900 cuando la recién constituida sociedad F.E.C. Jacks & C.ª eligió Los Cristianos para levantar una gran torre y una fábrica de destilería de alcohol. El lugar era entonces un pueblo pesquero en el que existían apenas 39 edificios de una planta, y uno de dos, con una población de apenas 77 personas, en un municipio que contaba con 1.971 habitantes en total. Sea como fuere, la fábrica comenzó a levantarse en fechas próximas a octubre de aquel año.
En 1902 llegaron a Tenerife los grandes depósitos de hierro destinados a la instalación. El equipo principal era un aparato de destilación y rectificación de alcohol conocido como sistema Multiplex, de quince metros de altura, ubicado en el salón central del edificio.
Su capacidad de producción alcanzaba los treinta hectolitros de alcohol rectificado, de entre 96 y 98 grados, en veinticuatro horas.
La planta se completaba con depósitos subterráneos y una veintena de depósitos destinados a la elaboración de ginebra, ron o whisky.
La inauguración tuvo lugar el 4 de abril de ese mismo año.
En marzo de 1904, la fábrica ardió. En un primer momento se temió que el fuego destruyese el lugar al completo, pero el esfuerzo de los trabajadores logró que solo quedaran destruidos la sala de aparatos y las existencias de alcohol almacenadas en envases de madera y acero.
La instalación, sin embargo, no volvió a dedicarse a la producción de alcohol. Fue adquirida por el ingeniero de montes Calixto Rodríguez, diputado republicano, quien desde 1907 emprendió obras de acondicionamiento para un uso radicalmente distinto: la explotación de la resina de los pinos.
Los troncos resinados en los montes canarios encontraban en Los Cristianos el puerto de salida y el laboratorio de transformación. El producto viajaba desde las cumbres, se procesaba en la fábrica y partía por mar hacia mercados exteriores.
Según recogen las crónicas de la época, “en 1912 la fábrica llegó a emplear a más de trescientos obreros, y los jornales y conducciones generados ese año superaron las 150.000 pesetas”. Fue, sin exageración, uno de los mayores empleadores del Sur en su tiempo. La actividad resinera se prolongó hasta, al menos, 1918.
Tras ello, el edificio quedó en desuso. Durante la Segunda Guerra Mundial, sus muros pasaron a albergar un acuartelamiento militar.
La última vida industrial llegó en 1953. En sus dependencias se instaló una planta de cementos puzolánicos, un material volcánico cuyo valor en la construcción reside en su capacidad para mejorar el rendimiento de la cal y el cemento, especialmente en obras marítimas.
El primer gran envío se realizó en agosto de aquel año, cuando el velero Cazón transportó doscientas toneladas a Casablanca.
La empresa operó hasta comienzos de los años sesenta, cuando la actividad se apagó, como había hecho antes el alcohol y la resina.
Durante décadas, la voluminosa silueta de La Fábrica presidió la entrada a Los Cristianos desde el mar. Ya en los años setenta, las paredes abandonadas cedieron su lugar a apartamentos, y en sus proximidades se edificaría un hotel.
“Arona en el recuerdo”, de Marcos Brito, rescata la historia
Toda la historia de La Fábrica de Los Cristianos, así como sus distintos usos antes de desaparecer de la bahía, está recogida en Arona en el recuerdo, el libro del historiador Marcos Brito publicado en el año 2001, que repasa con rigor y afecto algunos de los lugares e infraestructuras más emblemáticas del municipio.






