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De tanto reunirse

Le contaba a mi amiga “Estefanida” Martín, que se pasa el día reunida, que yo tenía un conocido en Sevilla, Estanislao Otón Blanchard (madre belga), que salía de una reunión y se metía en otra y se murió en una de ellas. Quedó despatarrado en el sillón negro de ruedas que ocupaba. Cuando la gente preguntaba a sus deudos por el motivo del óbito, los familiares respondían: “Estanis murió de una indigestión de reuniones”. Las reuniones son muy peligrosas. Yo cuando telefoneo a alguien y su culichichi me cuenta que está reunido, siempre le digo: “Pues dígale usted que se desreúna”. Palabro que no existe, precisamente porque es poco frecuente deshacer una reunión, pero que yo empleo cada vez que llamo al reunido o a su culichichi, como ya he dicho más arriba. El canarión, que es persona muy particular, cuando se cabrea y cuenta a quien quiera escucharle (cada vez menos gente) que se ausentó de una reunión, por el motivo que sea, siempre dice: “Pues cogí la chaqueta y me fui”. Nunca se olvida de la chaqueta, el jodido. El canarión es alegantín por naturaleza y se ausenta de las reuniones pero jamás olvida esa prenda, a la que le tiene, por lo visto, mucho cariño. Una vez, un taxista alegantín me llevó de Las Palmas a Tejeda, cuando se murió la señora madre de Ambrosio Jiménez, y cuando llegué a Tejeda estaba tan agotado que fui incapaz de darles el pésame a Ambrosio y a los suyos, de cómo me dejó la cabeza el jodido taxista, que sabía de todo. Llegué a la casa familiar jadeando. Cuando ayer, entre reunión y reunión, conseguí hablar con “Estefanida” (así llama el mago a las Estefanías) le conté lo de Estanislao Otón y entró en pánico, prometiendo solemnemente reducir las reuniones al mínimo, de aquí en adelante. Pues que así sea.

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