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Lectura: «El océano es el nuevo tablero de poder global»: Alexis Roig, experto en diplomacia científica
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«El océano es el nuevo tablero de poder global»: Alexis Roig, experto en diplomacia científica

Redacción
Last updated: 8 julio, 2025 1:59 pm
By Redacción
Published: 8 julio, 2025
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24 minutos de lectura
— Alexis Roig, profesor de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) y experto en diplomacia científica
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El profesor de la Universidad de las Naciones Unidas analiza los avances de la cumbre de la ONU sobre los Océanos y defiende el papel de la ciencia como puente diplomático en un mundo fragmentado.

Durante la reciente Conferencia de la ONU sobre los Océanos (UNOC), celebrada en Niza con la participación de más de 15.000 delegados de 190 países, quedó claro que el mar ya no es solo un asunto ambiental, sino un espacio donde se cruzan intereses geopolíticos, científicos y climáticos. Entre jefes de Estado, ministros, investigadores y representantes de la sociedad civil, destacó la voz del profesor Alexis Roig, uno de los mayores referentes internacionales en diplomacia científica.

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Asesor de gobiernos, investigador en diversas universidades y autor de informes clave sobre gobernanza del conocimiento, Roig combina una sólida trayectoria académica con una intensa actividad en el terreno diplomático. Con un pie en Barcelona y el otro en los foros multilaterales, ha sido una figura clave en el impulso de nuevas formas de cooperación entre ciencia y política a escala global.

En esta conversación, analiza los logros y desafíos de la cumbre, el papel de España y de ciudades como Barcelona o territorios como Canarias, y la urgencia de repensar la gobernanza oceánica desde una perspectiva científica, diplomática y multiactor.

¿Por qué una cumbre centrada en los océanos ha adquirido tanto protagonismo geopolítico en los últimos años?

Porque el océano ha dejado de ser solo un asunto ambiental para convertirse en una cuestión geoestratégica de primer orden. Más del 90 % del comercio internacional viaja por vía marítima; los fondos oceánicos albergan minerales críticos como el cobalto o las tierras raras; la pesca sigue siendo fuente primaria de alimento para miles de millones de personas. Y, además, el océano regula el clima global: absorbe aproximadamente el 30 % del dióxido de carbono y el 90 % del exceso de calor generado por el cambio climático.

Hoy, los océanos concentran la intersección de los principales intereses económicos, medioambientales y políticos de nuestro siglo. Son tan disputados como el Ártico o el ciberespacio. Por eso, reunir a más de 190 países a debatir sobre su gobernanza, como hemos hecho en Niza, no es un ejercicio técnico: es un acto de equilibrio diplomático en un orden internacional cada vez más fragmentado. La participación de más de 60 jefes de Estado y 200 ministros confirma que el océano ya está en el centro de la agenda estratégica global. Dicho de otro modo: gobernar nuestros mares es gobernar el futuro.

¿Y cuál es el papel de la ciencia en todo esto? ¿Hasta qué punto puede influir en decisiones políticas o tratados internacionales?

La ciencia ya no es un mero insumo técnico: se ha convertido en una infraestructura de confianza en la gobernanza global. En procesos como el Tratado de Alta Mar (BBNJ), ha sido el consenso científico el que nos ha permitido avanzar en un terreno político lleno de fricciones. Hoy, la diplomacia científica es una herramienta clave para transformar datos en decisiones y evidencia en acción.

En un mundo polarizado, con tensiones crecientes entre bloques como Estados Unidos, Europa y China o el ascenso del Sur Global, la ciencia ofrece un terreno neutral, un lenguaje común. No se trata solo de transferir conocimiento, sino de codiseñar políticas desde el rigor y la cooperación.

En diplomacia científica, la confianza es el capital más valioso y también el más frágil. Cuando el conocimiento y las instituciones científicas quedan atrapados entre presiones políticas, agendas mediáticas o narrativas interesadas, como hemos visto tanto dentro como fuera de nuestro entorno, el coste no lo paga solo quien investiga: lo asume toda la sociedad. Se erosiona la credibilidad institucional, se debilita la confianza ciudadana y se dificulta la cooperación global. Ante los grandes desafíos como los que estamos tratando, eso es un riesgo que no podemos permitirnos. La ciencia hoy es también poder.

Por eso hablamos tanto de «One Ocean»: un único sistema interconectado cuya salud afecta a todo el planeta. No existe un Atlántico ‘nuestro’ y un Pacífico ‘de otros’. Es un único cuerpo vivo, dinámico, que respira, que regula el clima y que conecta los sistemas ecológicos del planeta. Y eso exige una gobernanza global basada en conocimiento compartido y responsabilidad colectiva. Lo que ocurre en alta mar no se queda en alta mar: repercute desde los polos hasta las ciudades costeras.

¿Cómo se forma un diplomático científico? ¿Qué cualidades o conocimientos necesita hoy alguien para mediar entre ciencia y política a nivel global?

Es una pregunta clave, porque define el tipo de liderazgo que necesitamos para afrontar los desafíos de nuestro tiempo. Durante años, la diplomacia científica se ejerció desde la intuición, por personas con sensibilidad hacia ambos mundos: la geopolítica y las ciencias. Hoy, eso ya no es suficiente. Se necesita una formación rigurosa, interdisciplinaria y orientada al bien común.

En la última década he tenido la ocasión de formar cientos de diplomáticos científicos en los distintos programas que he dirigido para universidades y gobiernos. Todos ellos ocupan hoy lugares de responsabilidad en ministerios, empresas y organismos internacionales. Un buen diplomático científico debe comprender el método científico, no solo sus resultados, navegar con solvencia por el derecho internacional y la negociación multilateral, y comunicar con claridad. Necesita visión estratégica, empatía cultural y una ética que combine el largo plazo con la acción inmediata.

La figura que emerge es híbrida: ni tecnócrata ni burócrata, ni académico puro ni político profesional. Es alguien capaz de crear espacios de confianza en entornos de alta complejidad. Porque los datos por sí solos no transforman la realidad, pero sin datos, las decisiones se vuelven arbitrarias. El diplomático científico no impone conocimiento: construye puentes y cultiva posibilidades.

En la práctica, ¿cuál ha sido el logro más importante de la cumbre de Niza? ¿Se avanzó realmente o hubo más retórica que compromiso, como suele suceder en otras cumbres sobre clima o desarrollo?

Se avanzó, con matices, pero creo firmemente que avanzó. El mayor logro fue el impulso definitivo al Tratado de Alta Mar (BBNJ), que regula el uso y la protección de la biodiversidad en aguas internacionales. Recordemos que eso abarca más del 60 % del océano. Con unos 50 países ratificando el tratado al cierre de la cumbre y varias más anunciadas, su entrada en vigor prevista para 2026 parece ya irreversible.

Esto nos permitirá declarar Áreas Marinas Protegidas en alta mar, regular el acceso y reparto de beneficios de los recursos genéticos marinos, y establecer mecanismos de evaluación basados en evidencia científica. Algo inédito hasta ahora.

Además, la Declaración de Niza reconoce explícitamente que el océano está en estado de emergencia, y fija 34 compromisos concretos, desde la restauración de hábitats hasta la lucha contra la contaminación. El BBNJ no es un texto más: es para el océano lo que el Acuerdo de París fue para el clima. Una arquitectura jurídica y científica para la cooperación global.

Sin embargo, el contexto político global no se encuentra en un periodo de estabilidad y grandes alianzas estables. ¿Qué balance hace del contexto político internacional de esta cumbre? ¿Qué lectura deja la participación de ciertos países clave?

Diría que el balance político fue revelador, demuestra un punto de inflexión. La presencia de más de medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno demuestra que la gobernanza oceánica ya no es un asunto técnico, sino una prioridad estratégica. El océano se ha convertido en un nuevo eje de poder blando, y la implicación política en esta cumbre así lo refleja.

En contraste, la ausencia de Estados Unidos a nivel presidencial fue muy significativa. En un contexto de redefinición del multilateralismo, su perfil bajo en un tema tan crucial genera incertidumbre. Sobre todo porque hablamos de un país con enorme peso en la ciencia marina y en las decisiones globales.

España, por el contrario, dio un paso adelante. El presidente Pedro Sánchez participó en la sesión inaugural y anunció medidas concretas. Esa acción diplomática refuerza su perfil internacional y posiciona al país como actor de referencia en el tablero oceánico global.

Bajo mi punto de vista, la cumbre ha puesto en evidencia una nueva geopolítica de los océanos, donde la ciencia es central. La presencia o ausencia en la mesa ya dice mucho del lugar que cada país quiere ocupar en esta nueva realidad.

 — Emmanuel Macron durante su intervención en la Conferencia de la ONU sobre los Océanos (UNOC)

 

A pesar de estos logros, temas como la minería submarina o la pesca de arrastre siguen generando conflictos importantes. ¿Qué ocurrió en estos frentes durante la cumbre?

Aquí es donde aflora la complejidad real de la gobernanza oceánica. En el caso de la minería en aguas profundas, más de 30 países, incluidos España y Francia, se han alineado con una pausa precautoria, exigiendo más investigación antes de permitir su explotación. Pero otros, como Estados Unidos, Rusia o Japón, han defendido un enfoque más permisivo, viendo en esos minerales estratégicos una vía para su autonomía económica.

Es el dilema clásico entre el principio de precaución y la lógica extractivista. ¿Protegemos antes de conocer o explotamos antes de entender? Lo preocupante es que aún carecemos de estudios concluyentes sobre los impactos a gran escala de estas actividades. Explorar sin comprender puede llevarnos a pérdidas irreversibles.

Con la pesca de arrastre de fondo ocurre algo similar. Francia anunció restricciones dentro de áreas protegidas, lo cual es muy positivo, pero seguramente insuficiente. Esta técnica destruye hábitats esenciales, libera carbono almacenado en los sedimentos y compromete la resiliencia de los ecosistemas.

Estos debates reflejan las tensiones entre desarrollo y sostenibilidad, entre ciencia y urgencia económica. Y muestran por qué la diplomacia científica es clave para arbitrar entre posiciones enfrentadas con base en evidencia y no en presión política o mediática.

Ya que menciona el papel de España en la conferencia, ¿qué lectura hace del rol que ha jugado nuestro país en la diplomacia científica marina?

España ha sabido activar su potencial en el momento adecuado. Tiene dos fachadas marítimas estratégicas, la atlántica y la mediterránea, una comunidad científica sólida y un creciente, aunque no siempre constante ni bien implementado, compromiso político con la diplomacia científica y tecnológica.

Durante la cumbre, lo demostró con medidas concretas: la creación de nuevas áreas marinas protegidas, la moratoria precautoria a la minería submarina, la propuesta del Parque Nacional del Mar de las Calmas en El Hierro, la protección del área de cría del cachalote en Menorca, y una hoja de ruta para aprobar más de 40 planes de gestión en los próximos doce meses. Todo esto está alineado con los compromisos del Tratado de Alta Mar y con el objetivo internacional de proteger al menos el 30 % del océano antes de 2030, conocido como 30×30.

Pero lo más relevante fue el anuncio de la aportación de 8,5 millones al Fondo Azul Mediterráneo, que convierte a España en su principal donante, y el respaldo al nuevo Pacto Europeo de los Océanos, que busca armonizar las políticas marítimas de la UE. España también lidera el proceso de ratificación del Tratado de Alta Mar, sumándose a una nueva diplomacia científica más proactiva que hasta el momento.

El reto, ahora, es consolidar una política exterior que traduzca el liderazgo científico en influencia normativa. Es decir, pasar del discurso técnico a la diplomacia transformadora. Esa debe ser la esencia de una buena diplomacia científica.

Usted es reconocido por haber promovido activamente el papel de Barcelona como hub global de diplomacia científica, en estrecha colaboración con todas las universidades, centros científicos y otras instituciones del ecosistema catalán del conocimiento. ¿Qué impacto tiene esto en la posición global de la ciencia en geopolítica?

Para mí es un motivo de enorme satisfacción, pero también un compromiso. Barcelona ha sabido situarse en el mapa internacional no desde la espectacularidad, sino desde la coherencia. Ha tejido una red de instituciones, universidades, investigadores, responsables públicos y actores sociales que comparten una visión del conocimiento como bien común. Este es hoy nuestro mayor activo geopolítico.

Porque cuando una ciudad demuestra que puede vincular la excelencia científica con la justicia ambiental, la innovación con la inclusión, y la cultura con la cooperación internacional, se convierte en referente. En Niza, muchos colegas de Asia, África o América Latina nos pedían colaboración para replicar nuestro modelo en sus ciudades, como ya llevan unos años haciendo Ciudad de México, Boston o Ginebra, entre otros. Barcelona es un modelo mundialmente reconocido de diplomacia urbana basada en evidencia.

Ese reconocimiento no se improvisa. Es el resultado de años de trabajo silencioso y constante. Desde la fundación de SciTech DiploHub en 2018, que hizo de Barcelona la primera ciudad del mundo con una estrategia de diplomacia científica, hemos conseguido los grandes logros que podemos celebrar hoy.

Y eso nos obliga también a seguir apostando por una ciencia, por un desarrollo tecnológico, por una innovación, que no se encierre, sino que dialogue. Que no solo mida, sino que inspire. Que no solo observe el mar desde la orilla, sino que se atreva a navegarlo.

Además de estos logros, Barcelona fue sede de la cumbre de la ONU sobre los Océanos precisamente el año pasado. ¿Qué continuidad ha tenido ese trabajo en la cumbre de Niza?

Barcelona supo convertir una oportunidad logística en una estrategia diplomática de largo recorrido. Durante la cumbre de 2024, se hizo patente una vez más su reconocimiento internacional como uno de los principales nodos de diplomacia científica en el mundo, destacando el papel global de las ciudades y regiones, articulando redes entre ciencia, gobierno local y actores internacionales.

Ese impulso se ha mantenido. En Niza hemos estado en el townhall “From Barcelona to Nice and beyond”, donde se presentaron avances en políticas urbanas basadas en ciencia y economía azul. También hubo participación activa de universidades, startups y centros de investigación del ecosistema catalán. La diplomacia científica y este compromiso por el municipalismo global es ya parte del ADN de Barcelona.

Además, la ciudad es sede del World Ocean Council, acogerá de nuevo este año el Sustainable Ocean Summit y el Global Blue Finance Summit, demostrando su vocación de plataforma permanente para la diplomacia científica. Y la apertura inminente en Barcelona del Centro de la UNESCO para la Economía Azul Sostenible nos convierte en un ecosistema científico completamente comprometido con los valores del Decenio de los Océanos de las Naciones Unidas. Un instrumento institucional que canalizará ciencia hacia políticas públicas, conectará con regiones costeras vulnerables y movilizará financiación azul. Eso es diplomacia científica aplicada.

Ha mencionado el papel de las ciudades, pero ¿qué hay de los territorios insulares como Canarias? ¿Qué potencial tienen en la diplomacia científica oceánica para nuestro archipiélago?

Canarias representa un activo singular dentro del sistema internacional oceánico. No solo por su ubicación estratégica entre tres continentes, sino porque ha sabido consolidar un ecosistema científico y tecnológico de primer nivel: desde la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN) hasta el Gran Telescopio Canarias (GTC) o los Observatorios de Canarias (OOCC).

Pero más allá de su capacidad técnica, lo relevante es su vocación de puente. Canarias está en posición de activar una diplomacia científica que dialogue entre África Occidental, América Latina y Europa desde una lógica horizontal y de cooperación. Esta diplomacia científica cobra aún más sentido si consideramos los efectos agravados del cambio climático en territorios costeros y su potencial como pilotos de políticas de resiliencia.

Durante la cumbre de Niza, esta vocación ha quedado plasmada en los anuncios para las Islas Canarias por parte del Gobierno español: la declaración de nuevas Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA), la integración de millones de hectáreas en la Red Natura 2000 y el impulso a la protección de hábitats clave como el Mar de las Calmas. Estas medidas no solo fortalecen la conservación, sino que proyectan a Canarias como un laboratorio avanzado de economía azul y gobernanza marina.

¿Y se ha traducido ese potencial en avances diplomáticos recientes?

Sí, y de forma muy concreta. Un ejemplo clave es la iniciativa del Parlamento de Canarias para ser reconocida jurídicamente como archipiélago en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Esa iniciativa no es solo simbólica: puede habilitar nuevas competencias en materia de protección marina, investigación y representación internacional.

Canarias también estuvo presente en el foro de gobiernos regionales celebrado durante la cumbre de Niza, en redes multilaterales como nrg4SD. Allí compartió espacio con regiones mediterráneas y atlánticas que están tejiendo redes de cooperación científica y diplomática. Ese tipo de diplomacia descentralizada es cada vez más influyente en los grandes debates globales.

Además, desde Bruselas se ha reforzado esta línea con nuevos fondos específicos para las regiones ultraperiféricas, posicionando a Canarias como campo de pruebas para modelos de transición energética, innovación marina y adaptación climática. Lo que está en juego no es solo la protección del medio marino, sino la construcción de nuevas formas de liderazgo territorial en la era de la sostenibilidad.

Este impulso se ha traducido también en una renovada agenda de proyección exterior. En su reciente visita a la Universidad Mohamed VI Politécnico de Marrakech, el presidente canario, Fernando Clavijo, fue muy explícito al afirmar que la diplomacia científica será la hoja de ruta de Canarias en África occidental.

Canarias ya no se define por su lejanía geográfica, sino por su cercanía estratégica al futuro: es un nodo emergente de diplomacia científica que conecta continentes a través del conocimiento.

Sigamos con el papel de las ciudades en general. Parece que cada vez más se involucran en asuntos que antes eran exclusivos de los Estados. ¿Qué está cambiando?

Está cambiando la propia estructura de la diplomacia internacional. En un contexto marcado por crisis múltiples, de la climática hasta la energética, tecnológica, sanitaria o migratoria, los Estados ya no pueden operar solos. Necesitan alianzas con actores no estatales: empresas, fundaciones filantrópicas, organismos multilaterales, entre otros. Y aquí las ciudades tienen un protagonismo creciente.

Las urbes costeras, en particular, se ven directamente afectadas por el aumento del nivel del mar, la erosión del litoral o los fenómenos extremos. Lo hemos vivido de cerca estos últimos meses en España. Pero al mismo tiempo concentran conocimiento, talento, innovación, ciudadanía activa y liderazgo institucional. Por eso, hablamos ya no solo de diplomacia urbana, sino de una diplomacia científica liderada por las ciudades.

Barcelona, Nueva York, Lisboa, Niza o Valparaíso no solo son sedes de cumbres: son plataformas de acción diplomática. Y están desarrollando estructuras propias de relaciones exteriores, oficinas internacionales, alianzas con organismos multilaterales… La década que viene será, también, la de la diplomacia de las ciudades. Tenemos que equipar a nuestros gobiernos locales para ello. Ya no es una opción o un lujo.

Como decimos en el ámbito académico, las ciudades del presente no se limitan a gestionar semáforos: también negocian tratados y codiseñan normas globales. No les basta con ser solo atractivas, tienen que ser también influyentes.

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