Hace más de dos décadas para la ciencia, un descubrimiento realizado por los ingenieros marinos canadienses Paulina Zelitsky y Paul Weinzweig ha vuelto a captar la atención de la comunidad internacional. En 2001, mientras cartografiaban el lecho oceánico cerca de Cuba, detectaron lo que podrían ser los restos de una ciudad perdida sumergida a más de 600 metros bajo el mar. Los escaneos de sonar revelaron estructuras con forma de pirámides, carreteras y edificios que, según algunos científicos, podrían pertenecer a un sofisticado centro urbano con más de 6.000 años de antigüedad, anterior incluso a las pirámides egipcias para la ciencia.
Esta ciencia que apoyan la hipótesis de una ciudad sumergida argumentan que este hallazgo podría cambiar por completo la historia de la humanidad. Sin embargo, la falta de investigaciones posteriores ha dejado un vacío de pruebas que permita confirmar o descartar su origen. El sitio ha sido en gran medida ignorado durante más de 20 años, algo que desconcierta a muchos científicos y arqueólogos.
Cuando Zelitsky y Weinzweig informaron del hallazgo, describieron las estructuras como indicios claros de un centro urbano avanzado. “Es una estructura realmente maravillosa que parece haber sido un gran núcleo urbano”, declaró Zelitsky. Pero otros científicos pronto adoptaron una postura escéptica. La ubicación a tanta profundidad plantea un desafío: según los críticos, el hundimiento de una ciudad a 600 metros podría requerir decenas de miles de años, no apenas unos milenios.
La ciencia se deba si las estructuras submarinas de Cuba son obra humana o formaciones naturales
Uno de los principales opositores a la hipótesis de ciudad sumergida es el geólogo cubano Manuel Iturralde-Vinent, quien ha advertido que los científicos deben ser cautos. “Es extraño, pero no tenemos explicación”, afirmó, reconociendo lo inusual del hallazgo, pero señalando que las formaciones podrían ser el resultado de procesos geológicos. Otros científicos añaden que las corrientes marinas y la actividad tectónica podrían haber moldeado las piedras de forma aparentemente artificial.
La comunidad de científicos está dividida para la ciencia. Algunos creen que estas estructuras son evidencia de civilizaciones antiguas que desaparecieron, mientras que otros opinan que se trata simplemente de formaciones naturales. Los defensores de la primera postura comparan el hallazgo con otros sitios que cambiaron la visión sobre los orígenes de la civilización, como Göbekli Tepe, que sorprendió a los científicos por su antigüedad y complejidad arquitectónica.

A pesar del tiempo transcurrido para la ciencia desde el descubrimiento, varios científicos insisten en que sería vital retomar la investigación con tecnologías modernas de escaneo 3D y submarinos de exploración. Esto podría resolver la incógnita y confirmar si estas estructuras fueron diseñadas por manos humanas o por la naturaleza. Sin embargo, otros científicos señalan que la financiación de este tipo de expediciones es costosa y que, sin pruebas previas más sólidas, es difícil conseguir apoyo.
El arqueólogo subacuático Michael Faught, de la Universidad Estatal de Florida, se mostró escéptico:
“Sería fantástico que Zelitsky y Weinzweig tuvieran razón, pero sería algo extremadamente avanzado para cualquier cultura conocida en el Nuevo Mundo de esa época”. Este tipo de cautela refleja la prudencia con la que muchos científicos abordan hallazgos tan extraordinarios.
Mientras tanto para la ciencia, el misterio persiste y continúa atrayendo a científicos, historiadores y exploradores. Algunos mantienen la esperanza de que las ruinas sean prueba de una civilización olvidada, mientras que otros creen que, incluso si son naturales, su estudio podría aportar datos valiosos sobre la geología submarina. Lo cierto es que, hasta que se realicen nuevas expediciones, el debate seguirá abierto en la comunidad de científicos.