
Michelle no para de dar brazadas. Sabe que se lo juega todo en los 20 metros finales, los que le separan de una nueva medalla de oro. Por el rabillo del ojo ha visto a la británica Bethany Firth, su principal rival, que ha hecho una mejor salida que ella, pero a la que ha igualado tras los primeros 50 metros de piscina. La tinerfeña toca primero la pared, el oro es suyo y lo celebra dando gritos, golpeando el agua y subiéndose a las corcheras mientras alza los brazos. Desde la grada, José Luis Guadalupe, su entrenador, respira aliviado. Trabajo hecho, cerrando un círculo que comenzó en 1995.
“Sin Guada, que es como mi familia, nada de esto sería posible”. Es una de las frases que Michelle Alonso tiene más en boca. Guada, como lo conocen todos, era socorrista y monitor de la piscina Municipal de Santa Cruz de Tenerife cuando Rosendo Alonso, entonces presidente del ADEMI, lo llamó para ofrecerle un puesto en el club. A pesar de que jamás había trabajado con discapacitados, no lo dudó un instante.
“Cuando llegué al club, Dácil Cabrera tenía cuatro añitos”, rememora Guada citando a otro de los nombres propios de la natación adaptada, para él la experiencia fue “sencilla” y no necesitó de una adaptación importante, a pesar de encontrarse con uno de los principales problemas de este tipo de atletas en su infancia: la sobreprotección familiar.
“Las familias no quieren que salgan de casa por si les pasa algo. Por ejemplo, es muy complicado que un niño en silla de ruedas practique deporte. En muchas ocasiones, los padres quieren que sus hijos con discapacidad intelectual solo se ‘den un bañito”, asegura el técnico, que, tras años de experiencia, está convencido de que con los niños hay que “trabajar mucho la autoestima” y con los padres “la tendencia a la sobreprotección”.
Lástima y admiración
Por eso los modelos como Michelle Alonso o Judit Rolo son tan importantes. A Michelle, que nadaba desde los seis años con un club de natación convencional, la miraban con “lástima” y ahora todo eso ha cambiado: “Cuando llegó con nosotros vio que no estaba arrinconada, que podía hablar sin vergüenza, porque antes era algo que no hacía al tener dificultades para expresarse. Ha pasado de provocar pena a ser la mejor nadadora de Canarias absoluta, tanto adaptada como convencional, participando, solo este año, en 25 competiciones”.
La importancia de su entrenador va más allá de las horas de piscina y gimnasio cronómetro en mano, tratando de motivar día tras día de la mañana a la noche, que es cuando comienzan las jornadas de entrenamiento de las nadadoras de alta competición: “El estado anímico de estos deportistas es vital. Tienen que estar concentrados, pero tratando de que no se aburran ni sientan demasiada presión. En los Juegos Paralímpicos no querían quedarse a ver las finales ninguna de ellas, porque se ponían nerviosas al ver que algunos nadadores fallaban. Les puede pasar más factura”.
La implicación personal también es mayor, convirtiéndose el entrenador en casi un familiar más y una de sus personas de más confianza cuando llega uno de los grandes tabúes del deporte de competición, más si cabe del adaptado: las relaciones íntimas. “Pasa también en el convencional. Por ejemplo, el técnico de Mireia Belmonte, que hasta que no encontró un novio que le cayera bien, fue rechazando a otros”.
Llega un punto delicado, el momento en el que Michelle Alonso debe “tener esa experiencia” en un cuatrienio “fundamental” porque a los Juegos Paralímpicos de Tokio tiene que ir en un estado de forma aún mejor al ser referencia mundial, la gran rival a batir: “Les afecta más cualquier discusión, les bloquea para otras cosas, pero, a nivel de crecimiento personal, es importante, es necesario. Muchos clubes optan por tener a las parejas juntas, compitiendo con ellos, pero también eso puede mermar su rendimiento”.
Son muchos los deportistas que han cambiado de prioridades tras tener pareja, abandonando prometedoras carreras: “He tenido chicos que podían tener mucho éxito, del nivel de Michelle, pero con menos control de los padres y lo han dejado todo por la pareja. También alguna nadadora, que por el mismo motivo no logró la marca mínima para unos Paralímpicos por una centésima. A los niveles que compiten ellos deben tener eso muy controlado”.
También en este punto la familia del deportista adaptado es clave. Guada ha tenido “suerte” con la de Michelle, encontrando la mejor forma de tener buena relación con ella: contarles todo. “Hay técnicos que son solo entrenadores; hacen su trabajo y listo. Yo les cuento lo bueno y lo malo. Así sé que los padres saben lo que estoy haciendo con ella. Eso ayuda a marcar bien los límites de cada uno”.




