Quizá en alguna ocasión se hayan percatado del afán de nuestros políticos por figurar. No es nada nuevo y resulta bastante sencillo: está más de moda que nunca. Debe ser que nos ha tocado vivir en una época en la que impera lo instantáneo, la rapidez del mensaje, la última tendencia. Donde lo viejo y lo obsoleto se tira, salvo en política, donde en vez de tirar aquello que ya no resulta útil, se vota. Sí, ha leído bien. Se vota lo que debería ser tirado o reemplazado.
Seamos sinceros, ver al político de turno posando aquí y allá roza verdaderamente la parodia. Cuando navegando por internet aparece una estampa así, lo primero que se me ocurre es que ha de ser un intento por acercarse al votante potencial, porque eso de estirar el cuello y mirar por encima del hombro – no hace tanto todo un símbolo de arrogancia y superioridad habitual – ya no es tendencia. Más vale una gran sonrisa, una mayor promesa y una fotografía que inmortalice cada acción llevada a cabo con mayor o menor éxito.
Ya sea entre tuneras recogiendo cochinilla, frente a la televisión en paños menores o junto a cualquier trabajador del sector primario, la fotografía hace una afirmación: “yo estuve allí”. Se trata además de una reafirmación del “político superstar” frente al mundo, una fórmula infalible para vender una imagen de buena voluntad totalmente enmarcable.
Pero no se engañe estimado señor político. Artesanos, agricultores, ganaderos, hosteleros y artistas – por citar algunos – no necesitan simplemente una fotografía en los medios de comunicación. Necesitan verdadera implicación y soluciones. Aquí y en cualquier lugar. Suficientes chistes malos, se acabó el show.

