Hacer un envío a la Península desde Canarias en ocasiones se convierte en una odisea. Lo que se presupone como algo fácil, cómodo y sencillo según Correos, se convierte en toda una aventura cuando, tras haber preparado el paquete y haber pagado el coste del servicio en la oficina, sucede que pasan los días y no llega a su destino.
No es nada extraño, es más, no suele haber extravíos. La pérdida más bien es monetaria. Aduanas se ha cruzado en su camino. No sucedería nada si simplemente revisaran los paquetes para comprobar que no se está comercializando desde las islas y que, en muchas ocasiones, son solo unas papas y otros productos de la huerta destinados al consumo de algún canario lejos de su tierra. Quienes tengan familiares trabajando o estudiando fuera – lo cual en La Palma se vuelve prácticamente indispensable – lo comprenderán.
Si son papas, éstas terminan saliendo un poco caras, pues al coste del envío – cada vez más elevado – hay que sumarle el cargo de aduanero, que muchas veces supera el importe del contenido y del propio servicio de envío.
Aduanas funciona a su manera y en Correos, que sigue siendo la empresa más habitual – y la única que hay en muchos municipios canarios –, no saben explicar a los usuarios el por qué algunos paquetes son interceptados y otros no. Al final, para que el destinatario pueda recibir su paquete, debe abonar la cuantía reclamada. De no ser así, se perderá el contenido y, por supuesto, el envío.
¿Se han eliminado los trámites aduaneros? Parece que la respuesta es negativa, aunque más de una vez los medios de comunicación se hayan hecho eco de lo contrario. No es de extrañar que muchos se sientan estafados. Una vez más vivir en Canarias marca la diferencia. ¿Hasta cuándo?

