
“Cuando me levanto cada mañana agradezco a Dios que estoy vivo, practico la gratitud diaria; la vida me molió”, asegura Gustavo Zerbino (63 años), que le dobló el brazo a la muerte por dos veces en un pulso sin tregua: sobrevivió a un accidente aéreo y superó 73 días en la cordillera de Los Andes a temperaturas de casi 40 grados bajo cero y sin víveres. 29 vidas se quedaron en la montaña y, milagrosamente, 16 se salvaron. El 13 de octubre se cumplirán 45 años de una tragedia que conmocionó al mundo y que ha sido llevada al cine. Zerbino, de mirada noble y trato afable, era uno de los integrantes del equipo uruguayo de rugby Old Christians que viajaba en el Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya desde este país a Chile. Estos días ha visitado Tenerife de la mano del Hispanic-American College para participar como conferenciante en unas jornadas sobre liderazgo y superación. “Venimos a la vida sin ser invitados y nos vamos sin darnos cuenta”, asegura en una entrevista a DIARIO DE AVISOS.
-Usted vivió una historia sobrenatural que puso a prueba la capacidad límite del ser humano…
“Mucha gente dice que nuestra historia fue una tragedia y que tuvo mucho de milagro. Fue una historia de amor, de solidaridad y de vocación de servicio. Demostramos al mundo que, a pesar de la diversidad, un grupo de muchachos de 19 y 20 años pudieron lograr la unidad”.
-¿Qué le salvó en aquella experiencia extrema que vivió con el resto de sus compañeros?
“Hay cosas que dependen de nosotros y otras que no. Yo estaba en un asiento, me levanté para hablar con los pilotos y la persona que estaba al lado mío ocupó mi lugar. Al regresar me cambié de sitio. Cuando chocó el avión, el asiento de la persona que ocupó mi lugar voló y se lo llevó. Yo me agarré del techo y decía: “Jesusito, Jesusito, quiero vivir”. El avión paró y pensé que estaba muerto, porque no podía creer que alguien, después de caer un avión, quedara vivo. Hay muchas cosas que dependen del azar y del destino”.
-¿Fueron conscientes de que el avión se iba a estrellar irremediablemente? ¿Cómo fueron los segundos previos a la colisión?
“Fue todo muy rápido. Íbamos cantando, gritábamos con olés cada vez que el avión caía en un pozo de aire. Yo estaba sentado y tenía el presentimiento de que el avión se iba a estrellar. Era martes 13. Fui a hablar con los pilotos. Estaban de costado tomando mate con los dos mandos sueltos. Les pregunté si el avión no lo manejaba nadie y me dijeron que tenían el piloto automático y que era un avión muy moderno. Cuando el piloto miró para adelante vio que había montañas grandes y que pasaba algo raro; entonces me mandó para atrás. Estábamos en medio de las montañas gigantescas que habían avistado, porque no calcularon el viento en contra. Me senté y el avión empezó a subir, a subir, a subir… sacó la punta y explotó a 5.800 metros de altura, no lo pudieron sacar. Todo quedó esparcido por seis kilómetros cuadrados”.
-Quedaron atrapados en uno de los lugares inhabitables del planeta, con temperaturas extremas y cercados por kilómetros de montañas.
“Allá, en la cordillera, no había ni rastro de vida, estábamos en un glaciar llamado el Valle de las Lágrimas, a 4.800 metros de altura, que el hombre nunca había pisado. No había ni líquenes. Nosotros vivíamos por debajo y cuando nevaba y hacía viento se llegaba a los 40 grados bajo cero. De día, cuando hacía sol y ni una sola nube teníamos hasta 40 grados de calor. Vivíamos por encima y por debajo de las temperaturas”.
-¿De dónde sacaban la fuerza para seguir viviendo en esas condiciones y en medio de la nada?
“Cuando estas solo, en la desolación más absoluta, te conectas con la naturaleza en un estado en que la mente se apaga porque no tiene respuestas, porque no sabe nada de eso. Pero dentro de nosotros tenemos el conocimiento universal acumulado. En nuestro ADN está toda la información. Hoy, en cambio, estamos rodeados de todas las cosas que nos parecen fundamentales y, en verdad, no las precisamos para nada. En la montaña tuvimos que recurrir a la esencia vital del hombre”.
-¿Esa esencia vital era el instinto?
“No. Cuando dicen que nosotros volvimos a la etapa de las cavernas yo digo que no. Volvimos a una civilización más avanzada. Construimos una sociedad solidaria, los bienes pertenecían a la comunidad, las normas aparecían y desaparecían por sí solas. El único objetivo era sobrevivir. En 73 días y 73 noches no se nos murió una sola persona de frío. Los que fallecieron fue por el accidente, desangrados la primera noche, asfixiados por la avalancha que nos tuvo sepultados tres días, o por infecciones a causa de las heridas”.
-Cuando conocieron, a través de la radio, que se había suspendido la búsqueda definitivamente, decidieron, tras el mazazo inicial, que la salvación estaba en sus manos. Ya no cabía esperar
más, había que salir de allí como fuera…
“No quedaba otra. Era nuestra única opción. En mis conferencias suelo decir que la gente vive quejándose las 24 horas del día. Tiene un patrón de conducta que les boicotea, les hace ser parte del problema permanentemente. No son felices, sufren y padecen la vida. La mente es como la Luna, es el reflejo del Sol, no tiene vida propia. Y nos deformamos con ella. Tiene que ser un instrumento que utilicemos positivamente pidiéndole información. Quien tiene que saber lo que quiere hacer es el ser interior y le pide información a la mente sobre cómo lo hace. Hoy no pensamos, le preguntamos todo a Google. Hemos perdido la capacidad de discernir, de discrepar, de dialogar, de crear juntos un punto de acuerdo entre diferencias. Está todo al revés, y el ser humano debe volver a la esencia del ser interior: tenemos que ser felices. Pero la mente no es feliz, la mente solo ve lo que falta, la diferencia, lo que no tengo”.
-¿Cómo desobedecieron a la mente? ¿Cómo combatieron el miedo y gestionaron el horror durante 73 días?
“El miedo es otra cosa creada por el hombre. El animal frente al miedo hace dos cosas: ataca o huye. El hombre eligió quedarse quieto. En la parálisis, el análisis. Razona y razona para no tomar acción. Eso es a lo que te lleva la mente cuando le preguntas. A la mente le tienes que dar órdenes, porque el que manda es el ser interior. Él es el que decide. Tenemos que volver a asumir la esencia de estar vivos y tomar decisiones. El miedo es al fracaso, a equivocarte, y no existe fracaso ni error, solo el aprendizaje. La gente tiene miedo a equivocarse y busca la perfección, que no existe. Hay 12 horas de oscuridad y 12 horas de luz. Tenemos aciertos y errores. En la cultura hipócrita que vivimos, los errores los escondemos debajo de la alfombra. Todos nos equivocamos. Hay tres palabras mágicas que abren todas las puertas: aceptar que nos pueden pedir ayuda; pedir perdón cuando te equivocas, olvidándonos del orgullo, y ser agradecidos”.

-¿Miraron de frente al miedo para poder derrotarlo todos los días?
“No teníamos miedo porque no había nada que no fuera miedo. Todo era desconocido y producía miedo. Cuando todo lo que tienes alrededor es miedo, ¿dónde está el miedo? Cuando todo te produce miedo se acaba el miedo. Estás dentro de él. Entonces aprendes a moverte y eres libre. No hay nada que perder, por mucho que la mente te diga que no puedes, que no sirves, que no sabes… porque nos educaron así, con la culpa y el miedo”.
-A medida que pasaban los días en la cordillera las esperanzas, lógicamente, iban menguando. ¿Llegó a pensar que la muerte era la única salida, casi una solución para acabar con aquel infierno?
“La diferencia entre tú aquí y yo allá es que tú para morirte tienes que hacer algo: meterte debajo de un auto, pegarte un tiro, lanzarte por un puente… Allá para morirse no había que hacer nada. Te quedabas quieto y te morías. Se llama muerte dulce, porque te vas apagando. O sea, lo natural era morir. Vivir era luchar, pelear, golpearte la cara y el cuerpo para producir edemas, vasos de dilatación, calor… Para vivir había que luchar y para luchar había que tener fe y confianza en que valía la pena. La transformación interior es hacer las cosas distintas para lograr un resultado distinto. Pero lo primero es querer, lo segundo es creer y lo tercero es hacer lo que se requiera, lo que haga falta, sin excusas”.
-¿Qué imagen jamás olvidará del accidente y de los 73 días que estuvieron aislados?
“No me acuerdo en ningún instante de mi vida que me caí en aquel avión y que soy un sobreviviente hasta que alguien me pregunta. Jamás me desperté con una pesadilla. Todo lo que quieras recordar lo vas a olvidar. Te conectas con la vivencia. Un electroencefalograma tiene una energía, pero el amor y la emoción tiene mil veces más energía. ¿Qué va a mover más, el pensamiento o la energía del corazón? Lo que transforma todo es el amor, el respeto, la paz y ser congruente”.
-¿Cómo recuerda el momento en que se produjo el rescate que les arrebató de las garras de la muerte?
“A nosotros nadie nos rescató. El mundo entero nos abandonó y nos dio por muertos. Nosotros salimos caminando solos. Cruzamos la cordillera, nos encontramos con un arriero, el arriero avisó y después vinieron los helicópteros a sacarnos físicamente. Nosotros éramos cristianos, pero en la montaña conocimos un dios bondadoso, no un dios castigador. Dios era el que me acariciaba las piernas cuando se me congelaban y quien me mascaba aquella carne cuando se me aflojaban los dientes porque estaban muy débiles. La noche antes de que llegaran los helicópteros agradecimos a dios porque sentimos que los dos compañeros que salieron en busca de ayuda (la marcha duró 10 días) habían llegado. Todas las madres de los que estaban vivos decían que sus hijos estaban vivos, porque nosotros nos encargábamos de enviarles señales para comunicarles que estábamos vivos. Es increíble cómo funcionó esa conexión. Las madres que tenían sus hijos muertos no buscaban más. Al día siguiente escuchamos en la radio que habían llegado. Las 73 noches rezábamos el rosario para soportar lo imposible, para no dormirnos, porque si te dormías morías congelado, y para que en la mente no entrara ningún pensamiento negativo. Nos preparamos para lo peor esperando siempre lo mejor. No le pedimos a dios que nos mandara los helicópteros, los fuimos a buscar. De todo aquello aprendí que lo imposible no existe. Las cosas posibles se demoran un rato y las imposibles solo un ratito más”.
-¿De verdad cree que sobrevivir a aquello no fue un milagro?
“Para mí el milagro es el hombre. Lo que nos diferencia de los animales es que nosotros tenemos lenguaje y podemos decidir. El milagro es el hombre; somos mente, cuerpo, espíritu y emoción.
Cuando todo eso está alineado el ser humano es prácticamente indestructible. El milagro es cómo estamos hechos y concebidos y lograr esa alineación. Creo que en esas condiciones el ser humano está capacitado para lograr lo que se proponga”.
-¿Cuándo regresó por primera vez al lugar del accidente y cuáles fueron sus sensaciones?
“La primera fue 24 años después. 14 sobrevivientes quisimos volver a ese lugar para conectarnos con ese estado de presencia. Estábamos en un lugar que si bien era el infierno, al mismo tiempo era el paraíso, por lo que te decía. La mente miraba y decía que era un infierno, pero el ser que estaba vivo se conectaba con la gratitud de estar vivo. Yo tenía al lado mío a un amigo mío congelado y eso lo relativizaba todo. Te das cuenta de que no somos dueños de lo que nos pasa, pero sí de lo que hacemos con las cosas que nos pasan. Ahí es donde puedes agregar valor. Eso es crear, transformar un problema en oportunidad. Cuando me quejo, el problema se agranda; cuando me concentro en el objetivo los problemas se achican”.




