
Con la naturalidad y la discreción que los pueblos, celosos de su intimidad, acostumbran a ofrecer, Puntallana acogió durante años, como huésped ocasional, a uno de los genios de la literatura mundial del siglo XX: Günter Grass. En el bello rincón de la Fuente de San Juan, en una casa tradicional propiedad de su hijo Raúl Grass, el escritor alemán pasó temporadas antes de su fallecimiento en el año 2015.
En La Palma fue feliz . “A Günter le gustaba mucho la Isla y quería venir otra vez”, pero la muerte le sobrevino y no pudo cumplir ese deseo. Así lo comenta Raúl Grass en una conversación mantenida con este periódico en la terraza de su casa, desde la que se puede contemplar un hermoso paisaje rural de este municipio norteño, que a buen seguro sirvió de inspiración para alguno de sus dibujos. Contemplando la belleza del entorno, no es extraño que el autor de El tambor de hojalata “siempre quería venir aquí”, como comenta su hijo.
Tanto Raúl como Beatrice, su nuera, recuerdan que su principal ocupación en La Palma fue la pintura. “Aquí no escribía”. En las salidas que realizaban para recorre la Isla, siempre portaba lápiz y papel, y cuando encontraba un paraje que le gustaba, “nos decía: hay que parar, necesito 20 minutos para dibujar”.
La vocación artística de Günter Grass nació en su infancia. Con 13 años le confesó a su madre, la persona probablemente que más influyó en su vida, que quería ser artista y, con ella, compartió sueños de lo que harían juntos cuando alcanzara la fama. Lamentablemente no llegó a conocer el éxito literario que alcanzó su hijo al fallecer antes. Esa pulsión creativa le condujo a estudiar escultura y dibujo en la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf.
Otro de los rasgos de su personalidad era su carácter familiar. “Era un gran patriarca”, confiesa Beatrice. De hecho, en otro lugar de vacaciones predilecto del escritor, Portugal, solía reunir a la saga de los Grass. De alguna manera, era una forma de compensar también la extrema dedicación que le prestó a la labor pública mientras respaldó al presidente socialista Willy Brandt en sus campañas.
Además lo describen como un hombre cercano, que tenía facilidad de trato con todo el mundo y que adoraba el mar y su gente. Aunque apenas hablaba español, se las ingeniaba para dialogar con los pescadores. “Era un genio de la comunicación”. Amante del mar y sus frutos, no es extraño que “le encantaba ir a comer pescado en Puerto Espíndola”. Era, además, “un gran cocinero”.

Esta relación con el mar tiene un vínculo biográfico con su lugar de nacimiento, Dánzing, la actual Gdansk , de Polonia. “Una ciudad de mar”, como indican sus familiares. Mientras que la afición a habitar entre pucheros tiene también un nexo biográfico. En una entrevista en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, realizada al Premio Nobel de Literatura por el periodista canario Juan Cruz, recordó que, a los pocos meses de concluir la II Guerra Mundial, los alemanes organizaron cursos de todo tipo para la población, con el fin de despistar el hambre que sufría la población. “Miles de cursos, todos los imaginables, desde el esperanto, al latín, al griego, las matemáticas… Y por absurdo que parezca, entre ellos había también uno de cocina, que yo elegí rápidamente. Naturalmente era un curso abstracto porque no había absolutamente nada que se pudiera cocinar, pero el profesor, que era un chef excelente que había trabajado en hoteles y restaurantes, disponía de todos los utensilios, así que aprendimos todas las artes de preparar un cochinillo”.
De sus varias estancias en La Palma, solo en una ocasión participó en un acto público, con la inauguración de la Biblioteca Internacional de Lengua Alemana (BILA), ubicada en Puntallana, a escasos cien metros de la vivienda en la que residía. Este mes de diciembre se cumplirán diez años de aquella inauguración y del recital que ofreció al día siguiente en la Casa de la Cultura de Los Llanos de Aridane.
Un año antes, en 2006, a modo de anécdota, sus familiares recuerdan que estuvo bailando en la plaza de España de Santa Cruz de La Palma durante la fiesta de Fin de Año con una de sus nietas. “Había gente que lo reconocía y se quedaban admirados”. “Aquí, los españoles, lo conocen y lo quieren mucho. En Alemania es diferente, no le gusta mucho a la mayoría porque fue una persona muy crítica”, señala Beatrice. Caso contrario ocurre también en otros países como Portugal, Polonia o Dinamarca, “donde la gente lo quiere mucho porque hizo la ilustración de los cuentos de Hans Christian Andersen”.

Lo cierto es que la voz de Günter Grass fue siempre polémica. Su posición crítica ante determinados acontecimientos, como el papel de Occidente en la política internacional o la dureza con la que se refirió a Israel en el poema Lo que hay que decir, que le valió la declaración por parte del Gobierno de este país como persona non grata. Pero fue a raíz de la publicación de su autobiografía, Pelando la cebolla, en 2006, donde reconoció su adhesión al régimen nazi durante la juventud, lo que despertó una ola crítica sin precedentes contra el autor que se había distinguido siempre por su apasionada defensa de la democracia frente a cualquier totalitarismo.
El matrimonio Grass recuerda aquella etapa con tristeza. Los ataques fueron constantes desde la prensa alemana, llegando a pedir incluso que se le retirara el Nobel. “Entró con 16 años, todos los jóvenes lo hacían y estuvo 10 días entrenando. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros con 16 años?”, se pregunta Beatrice, “Gran polémica, nada detrás”, añade Raúl. Pero aquel debate, que todavía colea cuando aparece su nombre, le causó mella al escritor y mermó su salud, como reconoce su nuera.
Raúl Grass sentencia: “Günter era un hombre de los Derechos Humanos”. Su labor en favor de las minorías perseguidas lo pone de manifiesto, como en el caso de la defensa cerrada que hizo de la comunidad gitana en Europa. “Él hizo mucho por la comunidad gitana y todo el dinero del Premio Nobel se lo dio a los gitanos para cooperar con ellos en su educación, su integración”.
De hecho, en España, en 1992, recibió el Premio Hidalgo de la Asociación Nacional Presencia Gitana, por su lucha contra la xenofobia. Y cuando falleció, en Lübeck, “vinieron los gitanos a tocar por fuera de nuestra casa”. “Fue muy emocionante”, recuerda Raúl Grass.





