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Las tres dictaduras del poeta venezolano Rafael Cadenas

El escritor latinoamericano se encuentra estos días en Tenerife, en el marco de una gira nacional para presentar su obra, protagonizar recitales y abrir debate sobre su país
Rafael Cadenas recitará hoy algunos de sus poemas junto a Antonio López y Ernesto Suárez. SERGIO MÉNDEZ

El venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930) se ha hecho poeta al calor de tres dictaduras.

De la primera solo recuerda las consecuencias. Cuando Cadenas cumplía tan solo cinco años, el dictador venezolano Juan Vicente Gómez Chacón fallecía. Y con él, morían también 27 años de reformas constitucionales para legalizar sus andanzas, de represión a la oposición, de restas constantes a las libertades de expresión, de prensa y las garantías judiciales.

La lectura le acobijaba desde esos tiempos ya remotos. A sus 13 años llegó a sus manos un libro de poesía romántica y, pensó: “yo puedo escribir así”. Con la amistad de otro escritor y vecino, Salvador Garmendia, recorrió los caminos de la poesía moderna, y con solo 16 años publicó su primer poemario en una imprenta local. Caintos iniciales, lo tituló. La vida era joven entonces y su espíritu tendía al comunismo. Combinaba la pasión por la literatura con la militancia en el Partido Comunista.

En ese tiempo, de poemas y compromiso social, vive su segunda dictadura: la de Marcos Pérez Jiménez (1953 a 1958). En aquella época también alzaba su voz y sus versos en apoyo a la revolución cubana. Encumbraba entonces la figura de Fidel Castro, la del Che Guevara. “Ahora, con 87 años, no me avengo con héroes, porque pueden convertirse en villanos”, sentencia el que forma parte de la Generación del 58. Fue detenido por Pérez Jiménez y expulsado a Trinidad y Tobago. “Era lo mejor que podía hacer”. Cadenas le vio la cara oculta al presidente venezolano que protagonizó la portada de la revista Time en 1955, bajo el título El capitán del barco del ensueño. Un barco que también sumaba represión, persecuciones a opositores, límites a la libertad de expresión.

De vuelta al país plasma lo vivido en Una isla (1958) y Los cuadernos del destierro (1960). Su poesía madura, como maduraban también sus experiencias, su manera de entender la vida. Y así nació, Derrota, en 1963, una declaración de intenciones. Se enamora en esa época de la literatura española y consigue una cátedra en la Universidad Central de Venezuela (UCV). “Los españoles se llevaron el oro durante la conquista, pero nos dejaron las palabras que, para mí, son un tesoro mayor”, agrega. “Me siento muy ligado a España por su literatura, sin ella no me consigo”, añade. Se suceden poemarios, como Amante (1983), que lo encumbran y que lo convierten en una de las voces de su tiempo. En los 70 comienza su carrera ensayista. Y así llegan los premios. En 1985, el Nacional de Literatura de Venezuela; en 2009, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances; el Internacional  de Poesía Federico García Lorca, en 2015; además ha sido finalista en varias ocasiones al Premio Cervantes, y son muchos más los reconocimientos que acumula.

Ahora se enfrenta a su tercera dictadura, sin las pasiones de otro tiempo, sin la inocencia del niño. “Esta última me desborda”. Se refiere al chavismo. “Mi compromiso siempre ha sido primero con la lengua y, en lo personal, con la democracia. Me sorprende que en 2017 sigan apareciendo totalitarismos”, argumenta el que se considera un “anciano mal avenido”, con la experiencia del poeta apasionado, del caballo viejo.

Cadenas se embarca en una gira nacional para presentar sus últimas obras y dar a conocer en España su prosa. Mientras, se dedica a escribir dichos y a redactar sus “contestaciones”. En las Islas estuvo ayer manteniendo una conversación con Cecilia Domínguez en Cajasiete, y hoy recitará algunos poemas en el Círculo de Bellas Artes, a las 19.30 horas. Trae bajo el brazo sus poemarios Sobre abierto y En torno a Bashõ y otros asuntos que en Venezuela no se consiguen por la insostenible inflación. “Soy profesor de literatura y llevo dos años sin poder comprar un libro en mi país”. Es el ejemplo más rotundo, más sangrante, de un régimen que “restringe las libertades, que frena el pensamiento, que persigue y reprime a la oposición”, concluye. La historia se repite en un ciclo que no parece tener fin.

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