
Cuando Dominique Mirambeau entró en el estudio de Salvador Dalí este solo pudo decir: “Al fin me mandan a un verdadero ángel”. La modelo y artista plástica fue su musa en la década de los 70, hasta que le pidió que se metiera en una bañera con Miguel Bosé.
Esta es tan solo una de las curiosas anécdotas que guarda en la memoria la francesa, que estuvo la semana pasada en Tenerife para presentar, en el Círculo de Bellas Artes, su libro Cristal Saga 22, que lleva las ilustraciones de su amigo, el reconocido historietista Jean Giraud, Moebius, autor de El teniente Blueberry, en el marco de la exposición Cómic sin fronteras. Su historia con el dibujante surgió en la década de los 90 producto de la casualidad. Así lo relata para DIARIO DE AVISOS.
No es la primera vez que Mirambeau visita la Isla, ya estuvo aquí en la década de los 90. “De Tenerife me gusta, sobre todo, el volcán, he visitado el Teide en varias ocasiones. De la última vez, recuerdo el atardecer por encima de las rocas, esa gama de colores me fascinó”, apunta. Le encantaría quedarse por más tiempo en la Isla que, para ella, es “un auténtico paraíso”. Tenerife le recuerda a Costa Rica, donde tiene un bosque, pero más cerca de su casa: Barcelona, donde lleva residiendo desde los años 70. Se considera, por eso, una pionera. “Me viene a vivir a España cuando la gente no quería vivir aquí. En Francia me preguntaban qué venía a hacer a este país en ruinas”, rememora entre risas. Teniendo en cuenta la situación durante la dictadura franquista, no era para menos la advertencia de sus amigos y familiares. La primera vez que vino a España fue gracias a la insistencia de sus suegros, que tenían un piso en la Costa Brava. “Entonces un vecino catalán nos invitó a Barcelona”, y cayó rendida a los encantos de la Ciudad Condal. Ahora se alegra de haber sido testigo de lo que califica como “el despertar de España”.
A Dalí lo conoció en París, poco después de su idilio español, en 1972. La agencia en la que trabajaba anunciaba un casting para elegir a modelos para el surrealista. Como también ella dibujaba, prometió que valdría la pena. Y es en este punto cuando llega la frase del pintor: “Por fin me mandan a un ángel de verdad”. Dice que su fascinación por ella radicaba en su físico andrógino. “Hacía de San Sebastián acribillado de flechas. Él solo me pedía que mirara al techo y pusiera cara de mucho dolor”. Al final de unas cuantas sesiones logró escapar de él. “Había comprado la bañera de un rey inglés. Estaba loco por su bañera, y pretendía meterme allí con Miguel Bosé. Si yo tenía 21 o 22 años, Bosé tendría tan solo 18. Pero éramos como sus ángeles favoritos en aquel invierno. Cuando me pidió eso, no fui a la cita ni le avisé, y desde entonces, no volvió a llamarme”, relata.

Ser modelo en los 70 era “bastante folclórico”, argumenta. Dominique Mirambeau llegó a ir a Milán, donde hizo una campaña para una empresa de café. En España hizo el primer anuncio de un televisor a color, de la marca Philips. “Solo tenía que decir: ‘Color”, agrega.
Vivía de la moda, pero su verdadera pasión estaba ligada con el arte plástico y, especialmente, con el mundo de las historietas. Seguía muy de cerca las novedades en el mundo del cómic, de hecho, aprendió el castellano leyendo tebeos como Mortadelo y Filemón o Zipi Zape. Su marido era un gran apasionado a las aventuras del teniente Blueberry, personaje icónico de la historieta francesa y obra de Moebius. Tras su muerte, a finales de los 80, Dominique quiso brindarle un homenaje, con una colección de ropa inspirada en Moebius. Después de eso, le pidieron diseñar el vestuario para el musical El niño Moebius. “A Jean Giraud nunca le avisaron de esta representación, pero mi hermana pudo conseguir su dirección. Unos meses después tuve un sueño premonitorio, con muchos detalles. Soñé que él y su mujer venían a visitarme a Barcelona para ir a una librería y que le buscara el paquete número 70. Este sueño lo tuve un día del mes de junio”, apostilla. En septiembre comenzó a trabajar en el homenaje a su marido y acabó dentro de una librería en el centro de París, que reconoció gracias al sueño. “Cuando fui a pagar la chica me dijo: son 270 francos. Esa cifra me hizo salir de la librería directamente al metro, hacia la dirección que me había dado mi hermana. Algunos pensarán que estaba loca. Fue un impulso”. Llegó a la casa de Moebius y entablaron su primera conversación. “Le dije: soy una oscura desconocida española, pero tengo un problema, tengo que verlo ya y es urgente”. Dos horas después estaban tomando un café. Una amistad producto de la casualidad. “Una relación que todavía sigue siendo mágica”, a pesar de la muerte del artista en 2012.
Moebius aceptó ilustrar las fotografías de su marido y convertirla en la guardiana de su obra y su compañera de experimentos. “A los dos nos gustaban mucho los cristales, así que comenzamos a trabajar sobre ellos”. Un día decidieron ponerle nombre a 22 cristales con el azar de un péndulo. “Él dibujaba los cristales y así nació la primera exposición que hizo en España, en 1992”, cuenta. Ella experimentaba con sesiones más espirituales y relajantes utilizando las piedras. Entre los dibujos y las sesiones de Mirambeau, nació el libro Cristal Saga 22. Desde entonces se dieron forma a varias exposiciones, programaron algunos salones del cómic en Barcelona. La lista de lo que vino después es infinita.
Hoy se cuelgan varias obras de Moebius en el Círculo, abrazadas con las ilustraciones de artistas canarios. “Aquí hay mucho talento, eso me alegra y me ilusiona”, culmina Mirambeau, con una sonrisa de par en par.

Un cuadro premonitorio de una amistad muy creativa
Entre las obras de Moebius que hoy se cuelgan en el Círculo de Bellas Artes, hasta el 8 de octubre, destaca la de una mujer sosteniendo un cristal. La dibujó en 1986, varios años antes de conocer a Dominique Mirambeau. Se podría tratar de un cuadro premonitorio, que anunciaba la llegada de su gran amiga.




