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Castilla pasa el Rubicón con la caída de Lanzarote

Mientras su socio, Gadifer de La Salle, luchaba contra los majos y los motines, el pirata normando Jean de Bethencourt lo traicionó en la Península
Restos de una fortificación en el emplazamiento donde se erigió la fortaleza de San Marcial del Rubicón. Revista Binter

El Rubicón es un pequeño río fronterizo situado entre el territorio italiano y la Galia transalpina que los senadores romanos, para evitar que un general tomase el poder por la fuerza de sus legiones, declaró como paso prohibido para dichos ejércitos, so pena de ser declarado parricida y sacrílego.

No parece que impresionara mucho tal admonición a ese genial estratega militar llamado Julio César, a quien adoraban sus legionarios en canciones donde se resaltaba tanto su falta de cabello como su insaciable querencia por las mujeres. Alea jacta est (la suerte está echada), dicen que dijo César, y pasado el Rubicón no paró con sus cohortes hasta Roma y luego siguió camino hacia la Península Ibérica, persiguiendo al huidizo Pompeyo.

Rubicón. Así se llamó la fortaleza que construyeron Jean de Bethencourt y su socio, el gentilhombre Gadifer de La Salle, en la costa lanzaroteña.

Efectivamente, la suerte estaba echada, esta vez para los pobladores de Canarias en aquellos umbrales del siglo XV. Porque por esa puerta entró el Reino de Castilla en las Islas para nunca abandonarlas.

Arribó en La Graciosa Jean de Bethencourt, pirata de noble cuna normanda, allá por 1402, siendo bien recibido por Guadarfia, rey de los majos, que controlaban Lanzarote (Tyterogaka para los nativos) y su notable apéndice norteño.

El pacto entre los aborígenes y los recién llegados tenía sentido, porque los 63 miembros de la expedición protegían a los majos de las incursiones esclavistas. Qué mejor para ello que construir una fortaleza, llamada San Marcial de Rubicón, en clara alusión al futuro que esperaba a los ingenuos majos.

Convencidos de la pacificación de Lanzarote, a cuyo mando quedó Bertyn de Berneval, los socios miraron hacia Fuerteventura, pero sus planes se vieron frustrados por dos motivos.

En esa isla desembarcó La Salle, pero, para su sorpresa, no encontraron a nadie tras una semana de exploración.

El pirata de noble cuna normanda Jean de Bethencourt. / DA

Los majos de Erbane (nombre nativo de Fuerteventura) ya habían aprendido que, si llegaban extranjeros, lo mejor era ocultarse tierra adentro.

En pleno desconcierto, se produjo el enésimo motín de la azarosa expedición, que ya había sufrido incidentes similares en Galicia y Sevilla, antes incluso de haber pisado tierra canaria. Ganaron los amotinados, y La Salle volvió como rehén al castillo de Rubicón.

Ya en Lanzarote, Bethencourt evidenció que sus habilidades como pirata se extendían a lo político. Acuerda acompañar a los amotinados en su regreso a Cádiz, un movimiento maestro que le permitirá burlar a todos los que en él confiaron.

A su llegada a la Península, y pese a que el barco se hunde remontando camino de Sevilla, denuncia a los rebeldes, que son encarcelados, y rescata lo suficiente del naufragio como para obtener una imprescindible inyección económica, a la que sumó lo pagado por los aborígenes embarcados, a quienes vende como esclavos.

Mientras La Salle pasaba penurias en defensa de lo ganado, Bethencourt se entrevista con Enrique III de Castilla y culmina la traición a su socio, desconocedor de que el normando ha sido investido como señor de las Islas a cambio de su incorporación a los dominios castellano.

De todo de ello se enteró el burlado La Salle el 1 de junio de 1403, día en que llegaron a Lanzarote refuerzos enviados por el maquiavélico Bethencourt.

Entre medias, el gobernador Berneval se la jugó a La Salle, a quien dejó aislado en Lobos durante una jornada de pesca, para luego traicionar a los majos y saquear el Rubicón.

Durante la ausencia de Bethencourt también hubo tiempo para que un tío de Guadarfia lo traicionase con un interesado pacto con La Salle, quien tuvo que hacer frente así a las escaramuzas bélicas contra los otrora acogedores majos. Guadarfia acabó recuperando el trono.

Cuando al fin regresa el 19 de abril de 1404, casi dos años después, el pirata Bethencourt (ahora señor de las Islas), Guadarfia ya se ha rendido al esforzado Gadifer de La Salle, a quien todavía le quedaban ilusiones suficientes como para acompañar a Bethencourt en su asalto a Fuerteventura.

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