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La eticidad en Canarias a través de la obra de José Agustín Álvarez Rixo (I)

El historiador Javier Lima Estévez parte en este artículo del análisis de un manuscrito del cronista portuense José Agustín Álvarez Rixo publicado bajo el título Apuntes acerca de los efectos de la eticidad en estas Islas Canarias
Estampa de Puerto de la Cruz a finales del s. XIX. Archivo FEDAC
Estampa de Puerto de la Cruz a finales del s. XIX. Archivo FEDAC
Estampa de Puerto de la Cruz a finales del s. XIX. Archivo FEDAC

Por Javier Lima Estévez

El siguiente artículo parte del análisis de un manuscrito del cronista portuense José Agustín Álvarez Rixo (1796-1883) publicado bajo el título Apuntes acerca de los efectos de la eticidad en estas Islas Canarias, depositado por su familia en la Universidad de La Laguna en el año 2014.

En primer lugar, en torno al concepto de eticidad establece el concepto que recogían muchos médicos en atención a que “la eticidad no es dolencia que se pega, ni comunica a otra persona, y dan sus razones para acreditar su acierto. Pero, aunque les concedemos que en otros países sea así como ellos dicen, lo que es en las Islas Canarias no podemos darles entero crédito, a causa de los ejemplares que tenemos en contrario”. Anota datos sobre la salubridad en ciudades como Londres y Viena, sin dudar en afirmar que una de las causas que ha influido en torno al desarrollo y expansión de la tisis ha sido la actitud de los sepultureros, “quienes quedándose solos, exhumaban los cadáveres para despojarles de sus ropas, las cuales ocultamente vendían por segundas manos en pueblos distantes”. Con la finalidad de evitar esa situación y, al mismo tiempo, evitar el desagrado de observar a un ser querido despojado de su ropa, las casas mortuorias “tomaron el arbitrio de derramar una botija de aceite de pescado, ricino u de oliva, sobre la vestimenta de los difuntos en el acto de colocarles en las fosas”, logrando de esa forma, además, actuar contra el desagradable y peligroso negocio que habían establecido algunos sepultureros.

Álvarez Rixo enumera diversos casos en Canarias que no reunían o no cumplían con aquello que establecían los médicos. En primer lugar, se relata el caso de tres monjas que fallecieron en la misma celda por mismas circunstancias. En ese sentido, al parecer, tras el fallecimiento de la primera monja la habitación fue ventilada.

Sin embargo, tras pasar un cierto tiempo, otra monja fallece en el mismo espacio. Una nueva muerte que derivó en el establecimiento de toda una serie de medidas más exigentes con la finalidad de evitar de nuevo el mal. De esa forma, se picaron las paredes para encalar de nuevo tal espacio, se tuvo en atención el tablado y se eliminaron todas las piezas relacionadas con pestilleras, goznes y pestillos, siendo pasados por la fragua o eliminándose de forma total. La madera se pintó de nuevo con especial cuidado de tratar todos y cada uno de los detalles que pudieron haber entrado en contacto con las enfermas. La celda quedó prácticamente como nueva y una nueva monja entró en su interior. Desgraciadamente, enfermó y falleció. De nuevo, se examinó detenidamente el lugar con la finalidad de encontrar la causa. De esa forma, tras un examen se detectó la presencia de un pequeño gancho de metal que se unía a la campanilla utilizada de forma diaria por la monja para llamar. Nadie había reparado en tal aspecto presente durante las tres muertes en el mismo espacio. Se renovó otra vez la celda y se eliminó tal gancho, desapareciendo la eticidad en el lugar.

Otro de los casos que narra Álvarez Rixo nos sitúa ante la presencia de Guillermo Smith, una persona de origen angloamericano.
Se alojó en el lugar conocido como Sarmiento, situada entre las calles Cupido y con frente hacia la calle del Peñón. En tal espacio falleció víctima de tisis. El alcalde, Bernardo Cólogan Fallón, ordenó quemar la ropa, capa y menaje usado por el enfermo. Sin embargo, los medianeros, observando la presencia de algunas piezas de ropa prácticamente sin uso, decidieron tomarlas para sí, falleciendo con posterioridad como consecuencia de esa atrevida acción.

Carlos Huguenain, vecino de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y de oficio relojero, es el protagonista de un nuevo hecho. Tras el desarrollo de una serie de fiestas con representación cómica entre los años 1821 a 1823, le invitaron para que desempeñara un papel. Al efecto, obtuvo cierta ropa de seda prestada que se encontraba en casa de un hombre y que éste conservaba de una de sus tías u abuelas, fallecida como consecuencia de tal enfermedad. Huguenain utilizó sin escrúpulos tales vestimentas y falleció a los pocos meses víctima de tisis.

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