
Por ADRIÁN MESA
“Algo tan simple como aprender a tallar me hizo pasar por la universidad de la vida”, cuenta Pedro Galindo, un artesano venezolano, aunque él prefiere describirse como persona universal, que muestra sus creaciones en la Feria de Flores, Plantas y Artesanía de las Fiestas de Mayo de la capital tinerfeña, en el Parque García Sanabria, que hoy se clausura. Entre los 85 puestos en total, el de Pedro está dedicado a la talla de la madera, una expresión artística que requiere de unas herramientas llamadas gubias para dar forma a un tronco de cedro de unos diez centímetros. Este hombre, que dirige una escuela en el Centro Ciudadano de San Jerónimo, en Taco, ha vivido a lo largo de su existencia un viaje, tanto externo como interno, que ha cambiado notablemente su forma de ver la vida.
Descubrió este arte en Caracas, cuando trabajaba para el Ministerio de Energía y Minas como analista petrolero, tal y como dictaba la cultura venezolana del éxito, la que decía que debías estudiar en la universidad una profesión de renombre, como la abogacía o la medicina, para no ser un fracasado. Cuando descubrió la talla, decidió apuntarse en una escuela de oficios para aprender sus entresijos. Cursaba cuatro horas diarias tras cada jornada de trabajo. Según cuenta a DIARIO DE AVISOS, eliminó prejuicios para acudir a las lecciones porque ese tipo de escuelas se consideraban propias de las clases bajas, así que “difícilmente una persona del estrato medio iría a una de ellas por aquel entonces”, explica. Tras dos años de estudio y con una hija, Pedro y su mujer, quien nació en Tenerife, decidieron dejar sus respectivos puestos de trabajo y se mudaron a una comunidad, a 800 kilómetros de los grandes núcleos de población, en Los Andes. Ambos estaban cansados del ambiente de la ciudad y de la infelicidad que les producía seguir las normas del sistema. “Llevaba siete años en la misma oficina sufriendo la somatización de una persona insatisfecha con su trabajo, lo que algunos llaman estrés, pero a mí no me pasaba eso, simplemente no estaba haciendo lo que de verdad quería”, subraya Galindo. Por ello, declara que aprender el oficio de tallista le hizo un hombre libre de la esclavitud de la cultura, porque le descubrió su verdadera vocación. “Nos alejamos de todo, sin teléfono, pero con la gran fortaleza de descubrir un oficio; yo lo que quería era tallar madera y estar junto a mi familia”, señala.
Libre de las ataduras culturales, Pedro siguió mejorando su manejo de las herramientas de forma autodidacta, y educando, junto a su mujer, a sus hijos durante 15 años en la gran cordillera. Como cuenta, sus cercanos trataron de quitarle la idea de la cabeza, quienes seguían la lógica de que cuando hay hijos de por medio “no te puedes mover de donde estás”. Aun así siguieron adelante con su idea, pero de forma responsable, por tanto, “nos dedicamos a atender a todas las causas sociales de la comunidad”, apunta el artesano. Trataban de ayudar a las personas que vivían allí en todo lo que podían, les benefició la formación que traían de la ciudad, que era mayor que la de sus vecinos. “Aquel lugar me hizo darme cuenta de que la educación formal que te dice que eres prescindible, en realidad es una fortuna”, añade Galindo.
Cuando su etapa en Los Andes venezolanos terminó, el siguiente paso de su viaje fue Tenerife, la isla natal de su esposa, donde han pasado también 15 años. Galindo afirma que a su llegada “sentí más seguridad con mis herramientas que con mis títulos académicos”, por lo que tramitó el carné de artesano en el Cabildo y formó una escuela de talla en la que ha divulgado sus conocimientos durante nueve años. Con el paso del tiempo y la observación de sus alumnos, muchos de ellos jubilados, Galindo asegura que la talla es también un proceso sanador, no en el sentido de curar una enfermedad concreta, sino que mantiene activa la mente y a la persona la hace más segura y alegre, lo que la aleja de ciertos trastornos que vienen con la edad.
ARTESANO Y MAESTRO
“¿Crees que una persona con esta sonrisa va sufrir algún problema con el alzhéimer o la depresión?”, pregunta mientras muestra los trabajos de sus alumnos. Por cada obra recuerda el nombre y apellidos del autor, y para cada uno tiene una historia diferente. No solo desborda pasión cuando habla de su propia formación, también lo hace al contar cómo conoció a cada aprendiz.
Para Galindo, lo de que a cierta edad las personas ya no aprenden es solo un tabú y sostiene que cualquier persona, sin importar la edad, pueda dominar este oficio. El maestro tallista defiende que, aunque tengas 80 años, si encuentras tu vocación interna, vas a querer vivir porque has encontrado un sentido a tu vida. “Encontrarse con un oficio artístico, a cualquier edad, transforma a la persona y te hace independiente y libre, entonces no habrá jefe que te someta”, remarca.
Galindo destaca por su voluntad de dar siempre, por ayudar de forma altruista a quién acude a su taller, no solo a tallar la madera, también con sus circunstancias personales. Como si de un ángel protector se tratara, indica “si ayudas a salvar una sola vida, estás ayudando a salvar el mundo”.
Para su propia defensa en el sector, y con el paso de los años, Pedro Galindo decidió constituir la Asociación Cultural Mazo y Gubia, con el fin de obtener también voz y voto en el Consejo del Centro Ciudadano, lo que considera “un avance democrático muy hermoso”.
TALENTO MANUAL
En su taller acoge a grupos pequeños de tres o cuatro personas por la cantidad de horas necesarias para formar a un tallista y, como aclara, es difícil encontrar 30 personas que quieran desarrollar el talento manual. Ello se debe, cuenta el artesano, a que la gente se ha olvidado de él. De hecho, bromea, “la talla es un oficio en peligro de extinción porque la sociedad ha tomado una velocidad distinta, lo que deriva en que hayamos dejado de utilizar nuestras manos”. Por eso, es tan importante para él, debido a que retrae al humano desde el mundo digital hasta el mundo real, el de la naturaleza; la talla permite meditar, algo que en opinión del artesano es más que necesario actualmente. “Es fundamental porque en la meditación tu buscas tu interior; en una pantalla es el exterior el que te busca a ti”, resalta.
En su opinión, la civilización vive una época en la que conviven la manipulación y el ruido con la información. Sin embargo, no hay nada que proteja a las personas y, sobre todo, a los niños de creer que el mundo es solo lo que les muestra la pantalla. Debido a ello, destaca la importancia de los oficios manuales que te devuelven al origen. “¿Qué harías si se va la electricidad? Esos muchachos que van siempre con el móvil se mueren”, argumenta con humor. Galindo aprovecha para ironizar sobre la visión del mundo a través de las redes sociales, donde aquella persona, dispuesta a salvar el planeta mediante sus publicaciones, hace todo lo contrario en su hogar. “Las redes sociales son el ejemplo máximo del protagonismo, pero este tiene una particularidad: cuanto más te haces brillar, mas olvidas lo importante”, alega.
En un sistema que te hace buscar el éxito, sobre todo el económico, como forma de encontrar la felicidad, Pedro Galindo ofrece una alternativa: “La regla que te va a dar la certeza de tener una vida feliz es trabajar en lo que te gusta y ser agradecido con lo que tienes”.
SU EXPERIENCIA MÁS MÁGICA: UN RODAJE CINEMATOGRÁFICO
En su estancia en Canarias, el viaje de la vida llevó a Pedro al rodaje de la película Exodus: Dioses y Reyes, del director Ridley Scott, cuyo rodaje se realizó en los parajes de Fuerteventura. Lo vivió como una experiencia mágica, según sus palabras, que cuenta en su blog Las Cosas de Pedro. Pasó tres meses en el desierto de la Isla, junto al resto de la figuración, compuesta por cientos de personas, a quienes tuvo que liderar a través de las escenas, junto a otros compañeros. Incluso, el director le eligió para una escena con el actor protagonista, Christian Bale. “Todas las experiencias que viví ahí fueron fruto de dejar la oficina en su día”, cuenta.





