
Por Javier Lima Estévez *
La obra de Juan Bethencourt Alfonso (1847-1913) permaneció durante muchos años inadvertida, a pesar de que el mismo fue precursor de los estudios folklóricos, etnográficos y antropológicos en Canarias, representando su obra una fuente importante para el conocimiento de la historia de la etnografía española, tal y como advierten diversos investigadores y conocedores de su vida y obra. La recuperación de su figura es el resultado de la incansable labor desarrollada por el profesor de Historia de América de la Universidad de La Laguna Manuel A. Fariña González, quien se ha encargado de estudiar y difundir su importante legado documental, siendo notable muestra de ello sus publicaciones bajo el título La Historia del Pueblo Guanche o Costumbres populares canarias de nacimiento, matrimonio y muerte, junto a otras aportaciones. En ese sentido, desarrollaremos en el siguiente artículo cuestiones relacionadas con el nacimiento, matrimonio y muerte que elaboró Bethencourt Alfonso gracias a una larga lista de contactos en diversos municipios canarios. El proyecto del doctor Bethencourt Alfonso, creado a finales del siglo XIX, llegaría a obtener diversas respuestas que nos permiten atender y observar las creencias, costumbres, rituales, etc. Sin embargo, centraremos nuestra atención en el Valle de La Orotava. En tal enclave geográfico llegó a disponer de la colaboración de los siguientes corresponsales: en La Orotava, Tomás Zerolo, Alonso Perdigón y Bernardo Benítez; en el Puerto de la Cruz, José y Luis Chávez, Benjamín Baeza y Miguel Díaz Fernández; mientras que en Los Realejos tendría a Antonio Ramírez, Fulgencio y José Melo, Manuel Picar y Juan Padrón.
En cuanto al nacimiento, se identifica una creencia consistente en el mal que se asociaba a la madre atendiendo al denominado “mal de madre”, por el que “creen que la matriz tienen rejos como los pulpos que llegan a distintos puntos del cuerpo”. Una circunstancia para la que se disponía de un remedio que se aplicaba en Los Realejos y el Puerto de la Cruz. La fórmula exigía restregar en el vientre tocino sin salar, colocándose a continuación una ventosa, para luego retirarla y en su lugar situar un cazo lleno de agua caliente, con la debida protección para evitar dejar heridas en el cuerpo de la mujer. A continuación, se procedía a rezar el credo. Se quitaba entonces el cazo y se acompañaba de polvo de tabaco y dos bizcochos mojados en aguardiente de caña en forma de cruz. El acto llegaría entonces a su fin aunque su práctica se debía repetir durante tres días más. También en el Puerto de la Cruz era costumbre frecuente utilizar el apodo para designar a una persona, siendo una característica que incluso recoge con gran atención el polígrafo José Agustín Álvarez Rixo (1796-1883) en diversos momentos de su producción bibliográfica. Nombretes que suelen designar a una familia y representan una herencia que se transmite de generación en generación. Destaca el núcleo de La Ranilla como lugar de marcado carácter tradicional, resaltando la pesca como principal actividad económica. En ese sentido, y sobre tal aspecto, es posible observar un ejemplo en la siguiente escena que anota el doctor Bethencourt Alfonso: “Fue un marinero de la Ranilla a bautizar a un hijo suyo recién nacido -¿Cómo te llamas?, le preguntó el cura: -Juracás- ¡Pero ese no es tu nombre! -No conozco otro. -¿Y tú mujer? -La Ratona-. -Si no me das otras señas no te bautizo el chico-.-Bueno, pues lo dejo inglés-”.
Asimismo, respecto al día de San Juan, son muchas los aspectos que se recopilan y anotan en el imaginario colectivo atendiendo a la fuerza que transmite ese día. En el caso de La Orotava señala el valor que se otorga al agua que se recoge durante ese día. Sin lugar a dudas, “el fuego y el agua son los elementos simbólicos centrales en la fiesta de San Juan. Esa noche coincide con el solsticio de verano. La secuencia ritual de esos elementos simbólicos es primero el fuego, después el agua”, tal y como advierte el profesor José Alberto Galván Tudela en su obra Las fiestas populares canarias: símbolos, ritos y creencias.
En ese sentido, junto a la consideración del carácter bendito del agua, los jóvenes procedían a colocar por la noche «ramos, dulces, etc., ocultamente, en las puertas, ventanas, etc., de las muchachas», siendo una costumbre que anota Bethencourt Alfonso y que continuó en algunos núcleos canarios hasta una época relativamente reciente.
*HISTORIADOR





