cultura

‘El lenguaje de la vida’ repasa la trayectoria de Manuel Bethencourt

La muestra se podrá ver hasta el 5 de enero en el Espacio Cultural CajaCanarias de la capital tinerfeña y está compuesta por 60 esculturas, 24 grabados y seis dibujos

Uno de los momentos de la presentación de la muestra. DA
Uno de los momentos de la presentación de la muestra. DA

Más de 50 años de la trayectoria artística de Manuel Bethencourt se exponen en la retrospectiva El lenguaje de la vida, en la que las piezas que se contemplan ahondan en su inquietud por el amor, la maternidad y la muerte, en una obra que invita a constantes relecturas. De esta manera se expresó ayer la comisaria de la muestra, Marisa Bajo, durante la presentación de la retrospectiva, que se expondrá en el espacio de arte de la Fundación CajaCanarias en Santa Cruz de Tenerife hasta el 5 de enero de 2019. El director general de la Fundación, Alfredo Luaces, indicó en el acto que con esta retrospectiva se reclama el lugar que merece Manuel Bethencourt como uno de los grandes escultores figurativos del siglo XX y al mismo tiempo se recuerda la primera muestra que de su obra se organizó en Tenerife. Al respecto, detalló que hace 33 años CajaCanarias organizó la primera exposición de su obra tras llegar el artista a Tenerife para ejercer la docencia.

Bethencourt, nacido en 1931 en La Habana de padres emigrantes canarios, fue escasamente conocido pese a haber obtenido en vida importantes galardones en el ámbito de la escultura, dijo Luaces, quien atribuyó este hecho a haber preferido que su mérito fuese el trabajo y no las reclamaciones en despachos públicos. El creador canario legó una obra exigente de impronta clasicista que le llevó de Guinea a Roma, donde rompió con todo y partió de cero, libre de ataduras y con una rebeldía ante el destino -la muerte- que marcará su trayectoria.

Una de las piezas expuestas en CajaCanarias. DA
Una de las piezas expuestas en CajaCanarias. DA

Marisa Bajo, comisaria de la muestra y compañera del artista, aludió a la coherencia estética “implacable” de Bethencourt, que se refleja en piezas como Milagro, una escultura que representa un parto en el espacio -fue realizada en 1968, un año antes de la llegada del hombre a la Luna- y que fue galardonada con el Premio Nacional de Escultura. El creador, fallecido en 2012 en la capital tinerfeña, realizó la que se considera su primer gran obra, Ansias de maternidad, en mármol negro de Bélgica, cuando tenía 25 años, una pieza incluida en la sección Dibujar en el espacio de la retrospectiva. Otro apartado, Espíritu de África, recopila los cuatro años que vivió en Guinea Ecuatorial, donde descubrió los delicados trabajos del arte Fang y los relicarios Byeri, con voluminosas cabezas de rostros redondeados y simétricos que influyeron en una de sus obras más ambiciosas, Tam tam. Al apartado Ruptura y Búsqueda pertenecen las obras creadas en su estancia en la Academia Española de Bellas Artes de Roma a partir de 1965, donde conoció al escultor Marino Marini, que llevaba más de dos décadas tratando de recuperar la raíz etrusca, la sencillez arcaica de las piezas. En La vida se recoge la pasión del creador canario por la maternidad, el amor, la familia y el deseo, por la capacidad femenina de acoger la vida. Como contraposición, La protesta aborda la madurez del artista y su interés por el hombre expulsado y expuesto a la intemperie, su obra más social y reivindicativa. A mediados de la década de los 80 del siglo XX, tras superar una enfermedad, Manuel Bethencourt se adentra en la materia volcánica de las costas de Anaga, una etapa en la que el creador aborda el dolor y el pulso con el tiempo.

En Materia intransigente se recoge una serie de 21 piezas “sobrias e inquietantes”, continuó Marisa Bajo, en la que a partir de bombas volcánicas recogidas en Las Cañadas del Teide el escultor crea rostros que emergen de la lava como seres exhaustos, y que en El lenguaje de la vida se muestran en forma de círculos inmersos en la sombra, en un montaje “especialmente impactante”.

El hijo del creador, también llamado Manuel Bethencourt, glosó la figura de su padre como un artista que vivió de una forma tan espléndida que sigue vivo, pues no se hace una escultura “de este nivel” si no se ama el arte “y a la gente, compartiéndola con los demás, algo que ha hecho genialmente”.