conversaciones en los limoneros

Conversaciones en Los Limoneros: “Es jodido definir lo que es La Laguna sin que se ofendan los laguneros”

Julio Fajardo, escritor, músico y ex político
Andrés Chaves durante su charla con Julio Fajardo, escritor, músico y expolítico. | Foto: Fran Pallero
Andrés Chaves durante su charla con Julio Fajardo, escritor, músico y expolítico. | Foto: Fran Pallero
Andrés Chaves durante su charla con Julio Fajardo, escritor, músico y ex político. | Foto: Fran Pallero

Y cuando le pregunto por La Laguna, a él, que es un experto en la ciudad y ha escrito tanto sobre ella, Julio Fajardo Sánchez (Aguere, 1942) me responde con una frase lapidaria: “Es jodido definir lo que es La Laguna sin que se ofendan los laguneros”. Entonces me di cuenta de que ya tenía el titular.

Estudió a ratos Arquitectura y Ciencias Exactas, pero se graduó en la música y en la vida. Fundador de Los Sabandeños y de aquella banda celebérrima de los sesenta, Los Universitarios, con Paco Ucelay, Leoncio Bacallado, Juanito Oliva, Domingo Luis y Falo Perera, Julio ha escrito mucho y bien. Artículos (que sigue publicando) y libros como Arquitectura tradicional de Tenerife, Expropiación, blanca paloma y Diccionario enciclo-pédico (todo un tratado de ventosidades, narradas con detalle y en sus distintos formatos).

Ganó el premio Pérez Armas de Novela con El polvo debajo de la alfombra. También escribió la historia de La Laguna más graciosa y original jamás contada. Presentó durante una década el programa de televisión La bodega de Julián, con un estilo nuevo “y muy bien iluminado, lo que le hacía ser mejor que los demás espacios del género, porque el exceso de luz mata la intimidad”, me insiste Julio, sentados los dos en Los Limoneros, él ante un bacalao delicioso y yo ante mi plato de casi siempre. Tiene un recuerdo especial para mi viejo amigo Alfredo Ayala, que dirigía aquel programa y que, si no me equivoco, fue también el productor del famoso Tenderete, que presentaba Nanino Díaz-Cutillas.

“El Diccionario enciclo-pédico fue un cachondeo, Julio”, le apunto. Y recuerda: “En la librería Lemus lo colocaron junto a los diccionarios aquellos de Vox que utilizábamos los estudiantes. Qué disparate. Hoy, cuando se nombra a Vox, la gente entiende otra cosa, así que entiéndeme también tú”. “Pues no me extraña”, le apunto. “Un archivero de este periódico, en la noche de los tiempos, metió el primer riñón artificial que tuvo el Hospital Universitario en el cajón de Gastronomía. Parece que el aparato le sonaba a los riñones al jerez”.

Julio sabe de todo, incluso mucho de periodismo. Pero no se manifiesta. Hoy es columnista de este diario y escribe sólo cuando le apetece. “Pero te llevas bien con todo el mundo, a pesar de tu agitada vida”, le digo. “Mira, yo me peleé con Pedro González (el gran pintor y alcalde lagunero); estuvimos años sin hablarnos, pero coincidimos en una boda, se acercó, me tocó por la espalda y me dijo: “Julio, nosotros estamos peleados, pero yo no me acuerdo por qué motivo”. “Ni yo tampoco”, le contesté. “Pues entonces”, dijo, “vamos a echarnos un whisky”. Y así zanjamos la cuestión de golpe”.

“Y ahora que te has jubilado, que vives tranquilamente, incluso sin tocar el acordeón, como hacías en Los Universitarios, ¿cómo pasas el tiempo?”. “Mira, a mi abuelo lo fusiló el Frente Popular en Paracuellos del Jarama. Y él escribió unas cartas a su familia, después de ponerlos a todos a salvo en Tenerife, para que no les hicieran daño. Esas cartas me vienen rondando desde mi juventud, desde los 17 años o por ahí. Mi abuelo paterno lo contó todo en ellas. Narró con detalles el horror de los asesinatos de la República, que pararon, eso es verdad, al menos en Madrid, en el año 37. Esas cartas cuentan la verdad y la cuentan, incluso, mucho mejor que Ian Gibson y otros historiadores”. “Qué interesante, háblame de tu abuelo, sin destripar la trama de tu nuevo libro, claro”.

“Él era marino. Había luchado en Cuba contra la Armada americana, en el destructor Vizcaya, al mando del almirante Eulate. Perdió un brazo y luego, tras sufrir prisión en los Estados Unidos, donde por cierto lo trataron muy bien, fue repatriado y lo contrató Tabacalera para controlar el contrabando de tabaco, que como todo el mundo sabe estaba liderado por don Juan March. Pero todo se fue a la mierda en Tabacalera cuando tomaron posesión de ella los piquetes del Frente Popular. Mi abuelo veía venir el drama y mandó a su familia a la isla. Salvó la vida a su mujer y a sus hijos, pero a él lo fusilaron en Paracuellos”.

“Y tú vas a contar su historia”. “La cuento desde el lado de los otros. Porque ahora lo políticamente correcto es hacerlo desde las cunetas de las carreteras donde están enterrados los muertos de Franco. Pero, ¿qué pasa con los otros muertos? Estoy escribiendo un relato novelado, basado en aquellas cartas en las que mi abuelo narra lo que estaba pasando en Madrid, su propia experiencia. Cuando regresó de Estados Unidos, tras la guerra de Cuba, y los prisioneros liberados llegaron a Santander, la gente los abucheó. Le echaban la culpa de la derrota a la Armada española cuando la guerra de Cuba la perdieron los políticos, no los que tripulaban unos barcos viejos que luchaban contra una flota moderna, que liquidó a nuestros buques de guerra en un día. Eulate embarrancó el Vizcaya, antes de entregarlo a los americanos”.

“Es que los políticos de la época le tenían que cargar el muerto a alguien; y les tocó a los marinos de guerra”. “Mira, esa historia se cuenta mucho mejor desde el lado americano, como hace William Faulkner, que desde el lado español. Nunca se ha dicho la verdad”.

“Volviendo a la guerra civil, Julio, tú dices que los crímenes se detienen en el 37”. Responde: “Al menos eso parece y fue gracias al embajador de Noruega, que se dedicó a informar a la prensa extranjera sobre lo que realmente estaba pasando y también al resto de los embajadores. Por eso la República no recibió la ayuda oficial de ningún país, excepto de Rusia. Hubo crímenes horribles, como el del general López Ochoa, pariente nuestro y de la famosa doctora Ochoa (casada con el arquitecto Norman Foster), que había sido capitán general de Cataluña. Lo fusilaron en Paracuellos, le cortaron la cabeza y las orejas y llevaron esos restos en procesión hasta la Plaza Mayor de Madrid; una barbarie”.

“Vamos a volver a tus años como cantante. Tenías fama de izquierdoso”. “Mira, yo cantaba canciones de Atahualpa Yupanqui, al que conocí aquí, en Tenerife, una vez que lo trajo a cantar Felipe Coello. Y que no cantó porque cogió un pedo conmigo en el Mencey, un pedo de coñac, y al día siguiente no estaba en condiciones de salir al escenario. Y una de sus canciones, que todo el mundo llamaba El abuelo, pues hablaba de que el obrero no se sienta en la mesa del patrón y de todas esas cosas. Imagínate entonces. La canté en un recital en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias y Analola Borges, su responsable, ni me pagó a mí la actuación, ni le pagó a Padrón, el del sonido. Yo tuve que hacer frente a la deuda. Y eso me cabreó mucho. Y también tuve la desgracia de que se me pegaban los del Partido Comunista, que eran unos pesados, insistentes, machacones. Por eso cogí fama de izquierdoso; una estupidez”. Pues en ese recital conocí yo a Julio, como miembro de la Sección de Estudiantes del Instituto que era.

“¿Sabes que una de las mujeres más inteligentes -y más guapas- de aquella época, la profesora Margarita Rodríguez Espinosa, que tú conociste, acaba de escribir, con su pariente el médico Luis Espinosa, un libro sobre el portuense Colegio de Segunda Enseñanza? Un relato muy evocador y una historia muy bien contada”. “Yo conocí mucho a su padre, don Pepe Rodríguez Barreto, porque Los Universitarios actuábamos en el Escandinavia, que era suyo. Un local de moda, muy bonito y muy concurrido. Actuaba también un roquero filipino llamado Rubén Ilois, que imitaba a Elvis y vestía como él. Parece que lo estoy viendo. Nuestras actuaciones despertaban mucho interés entre la gente joven. Y yo, claro, tocaba el acordeón”.

“¿Volverías a la televisión?”. “Sí, pero, ¿sabes cómo? Pues aprovecharía los momentos mejores de La bodega de Julián y completaría esos programas montados con entrevistas nuevas, a lo mejor con aquellos protagonistas tal y como son hoy; y con otras personas”.

“Volvamos a La Laguna; ahora, más en serio, completa tu definición”. “Bueno, yo creo que La Laguna es una ciudad aburrida, en la que no hay nada que hacer. Entonces abundan las reuniones de holgazanes. Rodríguez Moure cuenta cómo se fundó el Casino. Unos cuantos ricos iban a comer buñuelos a casa de doña Felipa Lainera. Cuando doña Felipa se muere, se quedan sin un lugar en donde reunirse. Y deciden fundar el actual Casino. Lo mismo ocurrió con Casa Pepe el Gago. Aquella era una venta y hoy es un club, al que voy de vez en vez. Pero perdió gran parte de su gracia cuando se murió Pepe, porque la gente iba allí a vacilar; y, sin él, el vacilón es menos gracioso”.

“¿Quién ha sido el mejor cronista de La Laguna, Julio?”. “Pues, sin lugar a dudas, el fotógrafo Zenón, que retrato a todos los personajes con nombrete, a la gente popular. Sin un apodo, en La Laguna no eres nadie. Pero se muere Zenón y La Laguna se queda sin cronista”. “Háblame de alguno de ellos, es que yo me muero de la risa con tus historias”. “Pues te hablaré del general Fagón, que limpiaba los pozos negros de Aguere, aunque él sofisticaba su cometido diciendo que era espeleólogo. Una vez, con ese afán de cotillear que tienen los laguneros, la marquesa de Celada se asomó a una ventana interior de su casa y vio a Fagón sacando mierda del pozo. Y le preguntó: “Oiga, don Antonio, dígame, ¿por qué lo llaman a usted general?”. A lo que Fagón respondió, con toda naturalidad: “Pues, señora, por lo mismo que a usted la llaman marquesa”. Y se quedó tan fresco”.

Monologuista de éxito, Julio contaba una conversación de una señora de Benijos hablando ficticiamente con Antonio Cubillo, que yo emití en Radio Burgado y recibí –no exagero- miles de llamadas de oyentes pidiendo que la repitiéramos. Como así hice. Al final del monólogo, la señora termina confundiendo a Cubillo con Pedro Luis Cobiella; un disparate. “Pero Cubillo”, le digo, “no tenía sentido del humor, o tenía poco y lo digo desde el cariño que yo le tenía, que sabes que era mucho”. “Es verdad, sentido del humor tenía poco. Yo creo que aquel monólogo no le hizo mucha gracia. Yo estaba con él la noche en que lo llevaron al muelle para que saliera pitando. Le habíamos dado una cena en una famosa pensión de Bajamar; estábamos Rosa Domínguez Salavarría, Maribel Jharber, Pepe Alonso, Candelaria Alonso, la mujer del Micro Gorostiza, y yo. Celia Molowny lo llevó al muelle y lo metió en un barco rumbo a Argel. Si no, lo matan”. “Tú sabes, Julio, que Cubillo jamás pagó un cortado a sus compañeros de El Perenquén (Canal 7). Lo digo para tu información. Siempre iba a la gorra el tío. Ni siquiera cuando Eligio le consiguió los 25 kilos del Estado se dignó a invitar a café. Era un marrón”.

“¿Y lo de Rubén el Mono?; tú me parece que lo contaste en alguno de tus libros”. “Bueno, Rubén fue citado a declarar en un juzgado lagunero, a cuenta de una trifulca que se armó en la ciudad; una gamberrada. Hubo una denuncia de los guardias, el caso llegó al juzgado y entonces pronunció allí su frase legendaria e imposible, la que lo metió en la historia. Preguntado por el juez por lo que él había visto aquella noche, Rubén dijo: “Señoría, yo vi un murmullo”. Imagínate el cuadro. El juzgado se vino abajo y el caso se archivó”.

Julio perteneció a la UCD, al CDS cuando la UCD desapareció y, como miembro del viejo CCN, al PMI lagunero. Con 13 concejales (a uno de la mayoría absoluta) le cedió la alcaldía a Pedro González, en una etapa brillante, imaginativa y conflictiva en el municipio lagunero. “Pero no había insultos”, me dice. “Los proyectos buenos para la ciudad se estudiaban y se aprobaban. No como ahora, en que algunos se dedican a crispar y a joder. Esto no es hacer política municipal, es otra cosa” (y no señala a nadie).

Me recuerda los tiempos en que la gente sensata de izquierdas de Las Palmas (don Juan Rodríguez Doreste, Pedro Lezcano, los Bosch Millares) hacían política de izquierdas de verdad y en Tenerife una serie de canchanchanes y vividores chanchulleaban y hacían el ridículo. Y luego hablamos del gofio para el Polisario: “Sí, eso era de Telde para allá, con Paco Santiago y Carmelillo el Chico. Este último llegaba en el avión a El Aaiún (se escribe así en español) y lo devolvían sin dejarlo bajar, compuesto y cargado con el gofio. Pero salía la foto en el periódico”. “Coño, le dije una vez a Carmelillo el Chico, vístete de turista, ponte unas cholas y métete en una de esas avionetas que llevan a los turistas desde Gando a El Aaiún, a esos que trasladan al desierto a beber leche de camella y a comer dátiles, y así dejas el gofio allí. No me hizo caso”.

No paran los recuerdos. Una vez, a Tomás Morales, que estaba con Julio en la UCD, lo reclutó la UPC “porque tenía un coche grande donde cabían todos. Y lo llevaron a un acto en Sardina y le hicieron una foto. Le llamé la atención y él desvió la conversación, diciendo: “Muy bonito estuvo ese acto, Julio”. Aquello era todo un cachondeo”. “Pero viviste intensamente la bendita Transición”. “Sí, incluso las reuniones, pedos incluidos, con Javier Rebollo, Pepe Sáenz de Oíza, Carlos Martínez de la Escalera y otros, hasta las tantas de la madrugada, en el restaurante La Oca (calle Numancia de Santa Cruz). “Julio, cuando no se metían en mi casa, entonces en la plaza de Ireneo González”, le recuerdo. No me dejaban dormir.

“Una vez”, me dice, “cogieron todos los citados un pedal en La Oca y en la reunión estaba también Ramón Álvarez Colomer, funcionario de Obras Públicas y subordinado, por tanto, de Sáenz de Oíza, que era un hombre muy puntual y un celoso cumplidor de su deber. Ramón creyó que, con la borrachera, Pepe iba a llegar tarde a trabajar y se quedó en la cama un par de horas. No sospechaba que lo primero que hizo Sáenz de Oíza al recalar en la Delegación, a las ocho en punto, fue preguntar si Álvarez Colomer había llegado”.

Esto se tiene que terminar, por desgracia. A mí lo único que me impide contar todo lo que quiero contar es el puto espacio. Y no sé por qué volvemos a hablar de Atahualpa Yupanqui, el grandísimo cantautor argentino. “Atahualpa”, me contó Julio, “me decía: “Nadie sabe lo difícil que es componer. Tú no puedes añadir adjetivos a una canción, ni palabras bonitas a tus frases. Si le cantas a un algodonero no puedes decir que le duele el alma, ni el corazón. Tienes que decir que le duelen los riñones de estarse agachando todo el día recogiendo el puto algodón. Y tenía razón”.

Julio hace tiempo que no fuma y que no bebe ni una gota de alcohol, después de un vértigo que le dio y que lo dejó tumbado siete días en Hospiten. Terminamos de comer y también terminamos la sobremesa. Yo había llegado tarde, tras sufrir una cola de una hora en la autopista del Norte. Un accidente, que ya ni existía, pues se habían llevado al herido, al coche y habían barrido los cristales. En fin. Julio es un estuche de sabiduría. Y un viejo amigo. Y a los amigos no hay que olvidarlos jamás.

Julio Fajardo, escritor, músico y ex político. | Foto: Fran Pallero
Julio Fajardo, escritor, músico y ex político. | Foto: Fran Pallero

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