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Sesenta y dos años de la tragedia de El Llanito [1957-2019] (V)

Sólo el recuerdo o alguna foto dan fe de tan triste desgracia del pueblo palmero Archivo: J.G.R.E.
Sólo el recuerdo o alguna foto dan fe de tan triste desgracia del pueblo palmero Archivo: J.G.R.E.
Sólo el recuerdo o alguna foto dan fe de tan triste desgracia del pueblo palmero Archivo: J.G.R.E.

Por José Guillermo Rodríguez Escudero / Santa Cruz de Tenerife

La poesía popular ha dejado un amplio relato de los trágicos sucesos que tanto marcaron a la vecindad palmera: “Muchos hoy sabrás lector/Viven llorando sus penas/Por dentro piedras y arenas/Cargan la cruz del dolor./Muchas lágrimas de amor/Hoy por los muertos de enero/Que en paz descanse se fueron/Dios les dé la salvación/Yo en sus tumbas mi oración/Pongo como buen palmero.” (Décimas del Temporal. Nicolás Gómez Lorenzo).

Más de una veintena de muertos, más de un centenar de personas sin hogar, e innumerables destrozos en las carreteras y campos de cultivo, fue el triste balance de un acontecimiento que, a pesar del tiempo transcurrido aún se mantiene en la memoria de muchos palmeros que, o bien lo vivieron directamente, o bien lo recuerdan a través de las historias contadas y décimas recitadas por sus antepasados o vecinos. “Qué tristeza y qué agonía/Qué desastre fue, por cierto,/Ver rodar los seres muertos/Por la superficie fría./Aquel miserable día/De lluvia sin resistencia/A los que hoy con paciencia/Sufren tan crudo dolor/Reciban de este cantor/Mi sentida condolencia” nos aporta Simón Marichal Negrín en sus versos.

Un sencillo monumento en El Llanito? el pago de las Breñas más castigado y donde vivían casi todas las víctimas mortales? recuerda a los fallecidos en dos lápidas de blanco mármol colocadas a ambos lados de una gran cruz de piedra que se alza en el puente sobre el barranco que mira al monte. Bajo ella, en una losa central hay una inscripción que reza: “A los que murieron en la trágica mañana del 16 de enero del año 1957”.

Del más pequeño ?de tan sólo tres años de edad? a la mayor ?de setenta y siete?, todos tienen cabida en el epitafio. No es extraño contemplar cómo vecinos y forasteros informados de la catástrofe se persignan y, en silencio, hacen un alto en el camino para recordarlos. He visto verter más de una lágrima. “… suspiros del alma arranco/En tan tristes desvaríos/Buscando los restos fríos/De una madre en el barranco…”

Monumento en recuerdo a la víctimas del aluvión de “Los Llanitos” de 1957 Archivo: J.G.R.E.
Monumento en recuerdo a la víctimas del aluvión de “Los Llanitos” de 1957 Archivo: J.G.R.E.

Después de que, prácticamente casi no se apreciaran bien los caracteres de los nombres de las lápidas conmemorativas por la erosión del viento y la lluvia, con motivo del cincuentenario se volvieron a pintar en enero de 2007.
En el cauce del Barranco de Aduares, el 16 de enero de 2007, un grupo de vecinos se congregaron en un solemne acto religioso para recordar aquella tragedia y a sus amigos y familiares fallecidos. Uno de los vecinos presentes fue Antonio Mendoza. La prensa local narraba cómo ese superviviente tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por relatar cómo aquel día perdió, en medio de la riada, a siete de sus familiares: “Primero agarré a mi hermano pequeño, que tenía 6 años. Corrí por la finca, lo puse en la carretera y grité para que lo auxiliaran. Después, volví para mi casa. Cogí a una hermana, que tenía nueve años, y le dije a mi madre que nos fuéramos, que aquello era el fin del mundo, salimos todos corriendo, pero después de 500 ó 600 metros nos cayó todo encima. La riada me partió la clavícula, el brazo me quedó sin fuerzas y perdí a mi hermana. Nunca más la pude ver. Después del golpe, me desperté en el hospital. Perdí a mi madre…”. El articulista Víctor Martín nos informaba de que Antonio, como otros muchos, lo había perdido casi todo… y cómo de aquella familia humilde, del pueblo, sólo lograron salvarse cuatro hermanos.

Muchos otros murieron más tarde a consecuencia de las heridas recibidas y sus nombres no se incluyen en las lápidas. La prensa de la época, por ejemplo, se hacía eco de la desaparición de Pedro Hernández Hernández.
En Villa de Mazo, el temporal causó las muertes de Nieves Paz Ríos (llamada Nieves Toledo) en Tirimaga , y de Cándida Rodríguez Alonso en Montes de Luna. En Breña Baja, las de Juana Pérez Crespo y Vicente Castillo González, madres respectivas del poeta y escritor Félix Duarte y el alcalde accidental de Breña Baja en aquel entonces, Antonio Lorenzo Cantillo. Es muy emotivo el poema que escribió Jesús Duarte, hermano de aquél, cuya madre doña Juana murió al día siguiente del temporal tras ser arrastrada por las aguas junto a su hijo Félix: “Madre”: Junto al hogar estoy, donde meciste/Mi cuna con cariño/Y lo encontré tan solo viejo y triste/Que lloré como un niño./En todo su contorno vi las huellas/Que el aluvión dejó./Bajo la clara luz de las estrellas/¡y todo se acabó!/Por el dolor terrible y sin consuelo/Que torturó tu ser/¡cómo rodó tu cuerpo por el suelo/Que no volviste a ver!…/Viejita ya, pensando que la muerte/No tardaría en llegar,/La corriente del gua, ¡ingrata/Suerte!/Te arrastraba hacia el mar…”

Sirva este humilde trabajo como un pequeño homenaje hacia ellos y ellas, que siempre estarán en nuestro recuerdo, en la memoria del pueblo que no olvida a los suyos jamás. “No lloramos los perdidos/Intereses devastados/Lloramos los desgraciados/Seres que aquí han fallecido./Este caso sucedido/Causa horror y causa asombro/Con triste dolor lo nombro/Causa que en el alma sello/Al saber que algunos de ellos/Duermen bajo los escombros…”. Simeón Marichal Negrín. Muchos de los nombres que aparecen como recuerdo, a las víctimas, en dos lápidas desgraciadamente nunca aparecieron.

*Investigador

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