cultura

Manrique despertó el amor propio de Canarias

Manrique lo tenía todo: un virtuosismo que corría por sus venas, capacidad visionaria, compromiso ético, espíritu combativo y un carisma arrollador. Fue un líder aclamado en todas las Islas
El genial artista lanzaroteño César Manrique. DA
El genial artista lanzaroteño César Manrique. DA
El genial artista lanzaroteño César Manrique. DA

El implacable paso del tiempo abraza la tumba de César Manrique, donde la vida exhibe con descarada crudeza su fugacidad, pero también el contrapunto que le da todo su encanto. Han pasado más de 26 años desde que los restos del artista reposan bajo el picón del cementerio de Haría y aquella minúscula palmera y aquel diminuto cactus plantados entonces junto al féretro del creador son hoy dos especies rebosantes de vida que trepan por el alisio en busca del cielo, el mismo en el que César clavaba su mirada por las noches para hablar con las estrellas.

La noche antes de morir, el genio conejero confesó a José Juan Ramírez, presidente de la Fundación, que hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz y tranquilo. Apoyado sobre el capó de su Jaguar, que horas después se estrellaría contra un jeep a escasos metros de donde transcurría la conversación, el artista se sinceraba con su gran amigo, con el que había trabajado codo con codo para, seis meses antes, hacer realidad su sueño: reconvertir su casa de Taro de Tahíche, construida sobre cinco burbujas volcánicas, en un gran espacio público de arte que divulgara el significado de su obra y su mensaje.

A Juan Alfredo Amigó, uno de los más estrechos colaboradores de Manrique, aún le resuenan las palabras pronunciadas por César cuando le transportaba en su vehículo hasta la Fundación, justo en el punto donde unos meses después se topó con la muerte: “Este cruce es peligrosísimo, hay que tener mucho cuidado”.

No se recuerda en Canarias una muestra de dolor tan generalizada como el día de su funeral. El traslado de sus restos mortales desde su Fundación hasta el cementerio de Haría estremeció Lanzarote. En todos los pueblos los vecinos aguardaron en la carretera el paso del cortejo fúnebre para llorar, aplaudir y lanzar flores al hijo más querido y al maestro que les quitó la venda de los ojos para apreciar las bellezas naturales de la isla y combatir las tropelías urbanísticas.

A sus 73 años, César Manrique disfrutaba de un estado de plenitud. Le llovían las ofertas dentro y fuera de las Islas (en aquel momento le daba vueltas a un gran auditorio en una cantera en Marbella por encargo del alcalde, Jesús Gil) y su cabeza no paraba de fabricar ideas. Su lenguaje artístico y su extensa producción de obras públicas, especialmente en Lanzarote y Tenerife, basadas en un concepto en el que afloraba la poderosa influencia de los elementos naturales, lo proyectaron al exterior como un artista total que despertó la admiración de referentes creativos de fama internacional. Fue capaz de reinventar su isla sin alterar su pureza, de educar la mirada de sus habitantes para descubrir un paraíso, de buscar la belleza desde un compromiso ético con el medio natural y de plantarle cara al ejército de excavadoras y hormigoneras en pleno proceso de expansión turística. De esas cuatro claves, unidas a su arrollador carisma y a su gran capacidad de comunicación, surgió uno de los grandes líderes sociales en la historia de Canarias.

“Nosotros no diríamos que fuera un gran activista, sino un gran conservacionista. Desde que levantaba la voz lo seguían miles de personas, sobre todo cuando se empezaron a construir complejos en pleno auge turístico. Igual lo veías a pie de playa con un altavoz en la mano para protestar contra una edificación, que sacando a la gente a la calle para expresar su desaprobación ante la colocación de vallas publicitarias en Lanzarote”, explican Juan Alfredo Amigo y José Luis Olcina, los brazos ejecutores de su talento en Tenerife. A lo largo de 25 años en que trabajaron con el artista comprobaron que no dejaba indiferente a los cargos públicos. “Los políticos se repartían entre quienes le respetaban, le temían y le odiaban”.

El icono del arte contemporáneo más aclamado en las Islas demostró ser un visionario frente a la amenaza de un desarrollismo voraz que se cernía sobre el espacio más apreciado de las Islas, sus costas. La nueva industria del turismo y su dimensión como fenómeno de masas irrumpía con fuerza en todo el mundo a finales de los años 60 y César le vio las orejas al lobo antes que nadie. Enarboló la bandera del sentido común y se desgañitó en la defensa de un crecimiento inteligente, sin importarle enfrentarse a un Goliat de cemento y hormigón que atacaba en una inercia imparable. Pero su grito de guerra nunca se apagó.

Paisaje con firma

El mensaje de César iluminó conciencias y prendió un sentimiento de amor propio a unas islas que aún hoy no se han repuesto del vacío que ha dejado su pérdida. La aportación de su obra pública al medio ambiente y a la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos ha sido reconocida dentro y fuera del Archipiélago. “Hay que ser capaces de entender que hay paisajes con firma”, resumía el naturalista Joaquín Araújo en el documental Taro, el eco de Manrique.

Casi tres decenios después de su desaparición, el discurso del artista sigue más vigente que nunca. El Premio Nobel de Literatura José Saramago, que fijó su residencia en Lanzarote en 1993, apenas seis meses después de la muerte de Manrique, denunciaría públicamente años después la profanación del espíritu conservacionista del poeta de la arquitectura en su propia isla: “No creo en los fantasmas, porque si existieran, el fantasma de César estaría ahora por Lanzarote dando tirones de orejas a los políticos, a los empresarios y a los ciudadanos que están dejando que la isla se pierda”.

Quizá no en forma de fantasma, pero la presencia de César flota en el ambiente y se siente en cada recodo de Lanzarote. El portavoz de la Fundación, Alfredo Díaz, confesó a este periódico que hay turistas que cuando visitan las instalaciones parecen “idos” entre las burbujas volcánicas de la antigua vivienda del artista. Allí parecen entablar un diálogo en silencio con César. “Es casi un ejercicio de meditación, como si buscaran una conexión con él”, describió.

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