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3, 2, 1… ¡Ignición!

Hoy se cumplen 50 años del despegue de la misión Apolo 11, destinada a llevar por vez primera al ser humano a la superficie de la Luna; la hazaña constituyó el mayor logro tecnológico alcanzado por la Humanidad y medio siglo después sigue sin ser superado
De izquierda a derecha, Armstrong, Collins y Aldrin. Nasa
De izquierda a derecha, Armstrong, Collins y Aldrin. Nasa
De izquierda a derecha, Armstrong, Collins y Aldrin. Nasa

Por Enrique E. Domínguez

Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida. Rampa A del complejo de lanzamiento 39. El reloj marca las 10.32, hora local. El calor y la humedad empiezan a resultar sofocantes en esta despejada mañana del miércoles 16 de julio de 1969. El silencio de los pantanos que circundan las instalaciones solo se ve interrumpido por los graznidos de las bandadas de gaviotas que sobrevuelan la zona, tan ajenas como indiferentes a todo lo que sucede bajo ellas.

Miles de personas se han congregado en los alrededores, más allá del perímetro de seguridad, para ser testigos del lanzamiento, colapsando autopistas, carreteras y caminos. Nadie quiere perderse el despegue de la misión Apolo 11, destinada a llevar por vez primera a una persona a la superficie lunar. Todos sienten que están, en cierta manera, a bordo de ese cohete, pero solo tres elegidos están a bordo de ese cohete de manera cierta.

Neil Armstrong, comandante de misión, 38 años; Edwin ‘Buzz’ Aldrin, piloto del módulo lunar, 39 años y Michael Collins, piloto del módulo de mando, 38 años. Sus cuerpos, embutidos en la complejidad de los trajes de vuelo, ocupan el reducido espacio vital en la pequeña lata cónica que es el interior de su cápsula espacial.
Se encuentran en el pináculo del descomunal cohete Saturno V, sentados de espaldas al suelo y de cara al cielo, pero sin cielo al que mirar; en su lugar, un mar de conmutadores, palancas, diales, interruptores, indicadores… Atados a sus asientos anatómicos mediante firmes correajes y sin apenas posibilidad de movimiento, sus ojos recorren una y otra vez el panel de instrumentos.

La cuenta atrás reverbera con sonido metálico en el interior de sus escafandras de plexiglás, ligeramente empañadas por la condensación producto de su agitada respiración. Diez, nueve, ocho…

Una extraña mezcla de nerviosismo e impaciencia atenaza tres corazones que amenazan con saltar fuera de sus pechos. Cada latido es monitorizado y registrado en la sala de control de misión. No puede ser tarea fácil mantener la calma mientras se está sentado sobre una gigantesca montaña de explosivos esperando al momento en que alguien apriete el botón que la hará detonar. Siete, seis, cinco…

Los tres hombres han sido entrenados para este momento durante años y, aun así, nunca han estado preparados para lo que está por venir. Ni por un segundo. Son conscientes de que ha sido un camino muy largo hasta llegar a este punto, aun sin haber avanzado un solo centímetro hacia su destino. Cuatro, tres, dos…
La tensión aumenta a cada segundo, tanto a bordo de la nave como en el centro de control y los alrededores, donde el silencio resulta ensordecedor. El tiempo parece detenerse. Pero es solo una ilusión, el tiempo nunca se detiene. La cuenta atrás, tampoco. Uno… ¡Ignición!

El despegue

El retumbar de mil truenos en uno. La tierra se estremece bajo los pies y la onda expansiva es sentida por las miles de personas congregadas en las cercanías, sacudiendo sus pechos como un invisible mazazo y golpeando con fuerza en sus tímpanos. Las vibraciones causadas por el despegue del Saturno V pueden ser sentidas a varios kilómetros de distancia.

Las antes indiferentes gaviotas se dispersan a los cuatro vientos enloquecidas por el terror, incapaces de comprender la aventura que acaba de comenzar para esas tres extrañas criaturas sin alas y totalmente imposibilitadas para volar sin la ayuda de sus ruidosas máquinas.

El cronómetro de misión se pone en marcha: uno, dos, tres… Y es que el tiempo, como ya se dijo, nunca se detiene.

Dentro de la cápsula, tres cuerpos súbitamente convertidos en plomo se aplastan contra sus asientos, multiplicando su peso por cuatro. La aceleración es brutal. Los órganos se comprimen, se desplazan en sentido contrario al movimiento en un desesperado e inútil intento por permanecer a salvo en la Tierra.

En solo unos segundos la nave alcanza una velocidad de 1.800 km/h y continúa acelerando rápidamente. Al sobrepasar los 60 kilómetros de altitud, la primera etapa del Saturno V apaga sus motores y se separa del resto de la nave para precipitarse en una larga caída hacia el mar, desapareciendo para siempre en sus oscuras profundidades.
Los motores de la segunda etapa se encienden de inmediato para continuar con la aceleración. Los tres astronautas vuelven a experimentar una súbita aceleración y nuevas sacudidas. Esta segunda fase elevará la nave hasta una altura de 185 kilómetros antes de separarse a su vez para ser igualmente engullida por el océano.

Apolo 11 ha entrado en órbita y los astronautas comienzan a sentir los efectos de la microgravedad. Permanecerán tres horas en una órbita denominada de estacionamiento a 215 km de altura, completando dos vueltas a la Tierra. Este tiempo se emplea en configurar la nave, establecer la orientación precisa y, finalmente, tras recibir la orden de control de misión en Houston, ejecutar una nueva ignición con el único motor de la tercera etapa para iniciar la maniobra de inyección translunar, una aceleración gradual hasta alcanzar una velocidad de 45.000 km/h en el rumbo a su encuentro con la Luna.

La misión antes de la misión

Ocho años antes, el 25 de mayo de 1961, en una sesión conjunta del Congreso y el Senado, el presidente John F. Kennedy se mostró tajante: “Esta nación debe asumir como meta el lograr que un hombre vaya a la Luna y regrese a salvo a la Tierra antes del fin de esta década. Ningún otro proyecto será tan impresionante para la humanidad ni más importante que los viajes de largo alcance al espacio; y ninguno será tan difícil y costoso de conseguir”.

Hasta ese momento la Unión Soviética se había adelantado en todos los hitos logrados en la lucha por la conquista del espacio. Así, los soviéticos anotaron en su haber el primer satélite puesto en órbita, el Sputnik 1, en octubre de 1957. Apenas un mes después, la perrita Laika se convertía en el primer ser vivo en alcanzar el espacio, allanando el camino para los primeros vuelos espaciales tripulados. En abril de 1961, Yuri Gagarin, a bordo de la cápsula Vostok 1, pasaría a la historia como el primer hombre en viajar al espacio. Del mismo modo, Valentina Thereskova, al mando de la Vostok 6, sería la primera mujer en hacer lo propio dos años después. Por su parte, Alexei Leonov, uno de los dos tripulantes de la Voskhod 2, asombraría al mundo al permanecer 12 minutos flotando en el espacio alrededor de su cápsula con la única protección de su traje, protagonizando el primer paseo espacial de la historia en 1965.

Hasta entonces, Estados Unidos había fracasado en sus intentos de llevar la delantera en la carrera espacial frente a su adversario del Este. Sin embargo, el discurso de Kennedy, respaldado por la ingente cantidad de recursos económicos y humanos puestos a disposición de la Nasa, cambiaría para siempre este orden. Las estimaciones cifran la inversión en el programa Apolo en 25.000 millones de dolares, cantidad que, ajustada a la inflación, equivaldría a casi 330.000 millones en la actualidad. Entre 1965 y 1968 el programa llegó a consumir el 4% del PIB de Estados Unidos. Por otra parte, se calcula que más de 400.000 personas trabajaron en el desarrollo del proyecto. Todo ello marcó el pistoletazo de salida a un esprint que, pese a haber empezado con un rosario de tropiezos que mantuvieron a Estados Unidos a la zaga de la Unión Soviética, acabaría con Armstrong cruzando victorioso y armado con la bandera de las barras y estrellas la línea de meta, al lograr estampar su huella en el fino polvo de la superficie lunar.

Kennedy nunca llegaría a ver la culminación de su empeño, al morir asesinado en 1963, casi seis años antes de que Armstrong se tambaleara torpemente sobre la Luna.

De la tierra a la luna

Apolo se dirige a su encuentro con Selene. Durante los próximos tres días la nave irá disminuyendo progresivamente su velocidad hasta ingresar en la órbita lunar.
Mientras tanto, televisiones, radios y prensa escrita de todo el planeta informan sin tregua de cada detalle de la misión. Los ocurridos, los venideros y cualquier otro hipotéticamente plausible. La mayor aventura debe ser contada para satisfacer la curiosidad de un público global ávido de novedades espaciales.

El joven periodista Jesús Hermida, corresponsal en Estados Unidos de TVE en 1969, es el encargado de saciar a los espectadores españoles desde Houston.

El día 20 de julio de 1969 el módulo de descenso Eagle se posaría suavemente sobre la superficie lunar con Armstrong y Aldrin a bordo. El día 20 de julio de 2019, en el 50 aniversario, lo contaremos con detalle en la segunda parte de este reportaje.

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