LA PALMA

El castigo a un cura de pueblo poco amigo del boato

El párroco leonés Rubén Gallego será trasladado de La Palma por orden del obispo nivariense, contra el que se ha rebelado la Isla

RUBÉN GALLEGO PÁRROCO LA PALMA DESTERRADO
El cura divertido y amistoso, aficionado a los coches de carreras y a las redes sociales, será ‘desterrado’ por el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez. DA

Rubén Gallego, el sacerdote leonés afincado en La Palma desde hace 5 años, se ha convertido en el símbolo de la mayor revolución que la isla de La Palma haya vivido jamás contra la Iglesia católica. Cristiano y laicos, en un movimiento desorganizado pero armonioso, se han puesto de acuerdo a la hora de intentar frenar el destierro al que el Obispo de la Diócesis Nivariense de Santa Cruz de Tenerife, el también palmero Bernardo Álvarez, someterá sin remedio a Rubén Gallego tras las confirmaciones que se celebran este mismo domingo en la parroquia de Barlovento.

Hasta tres ayuntamientos se han puesto del lado de sus comunidades religiosas, en los municipios de Tijarafe, Barlovento y Garafía, para pedir al obispo una rectificación que no llega y que, quienes conocen de cerca al máximo representante de la Iglesia en la provincia, aseguran, no llegará.

Gallego llegó a la isla con 35 años desde un pequeño pueblo de León y comenzó a sorprender por su alegría contagiosa, por sus eucaristías plagadas de referencias a los parroquianos y a sus quehaceres y preocupaciones, por la celebración de comuniones en las que introducía ingredientes divertidos y singulares, pero sobre todo por “excederse” en su actividad pastoral de sus obligaciones, yendo y viniendo con su coche deportivo en visitas a personas mayores de barrios alejados de los núcleos de los pueblos y deshabitados, y por sus aficiones, especialmente aquellas que tenían que ver con sumarse, como uno más, a las fiestas más tradicionales de la Isla Bonita, tales como la multitudinaria celebración de Los Indianos, referente del Carnaval palmero, pero también a otras como El Borrachito Fogatero, la Fiesta de la Peluca o la Polvacera de Los Llanos de Aridane. Conservador en algunos asuntos cruciales para la Iglesia, en otros asuntos se ha manifestado abiertamente progresista, con una visión renovadora de la vida en la fe desde una evolución de los tiempos y la sociedad. Crítico con los suyos por asuntos tan turbios como la pederastia dentro de la Iglesia, por el daño moral y psicológico que han causado a miles de familias en todo el mundo, pero también por la grieta que ha abierto en la estructura eclesiástica, una estructura de la que se siente parte y que defiende con vehemencia.

Rubén ya fue “desplazado”, pese a la oposición de todo el pueblo de Garafía, con la tasa de población más envejecida de Canarias y donde logró llenar las iglesias de los barrios donde daba misa, invitando a los jóvenes a participar, participando en excursiones y fiestas locales de la mano de los pocos jóvenes de la zona, luego desde dentro de la iglesia, a donde consiguió llevarlos contagiados por un mensaje alegre y alejados de prohibiciones y tabús.

El obispo Bernardo Álvarez no le perdonó esta adaptación. Las prohibiciones para que fuera a correr, al gimnasio, para que llevara pantalón corto cuando hacía deporte y para que no sociabilizara con los parroquianos más allá de los muros de las iglesias donde predicaba la palabra de Dios, no surtieron efecto. El miedo no hizo acto de presencia en el comportamiento de Rubén, que intentó que el Obispo entendiera que “se puede vivir la fe con alegría y diversión”.

El obispo de la Diócesis, Bernardo Álvarez. | SERGIO MÉNDEZ

En 2016 Rubén fue retirado desde Garafía al pueblo de Barlovento, también en el norte de la Isla, mientras el Obispo hacía oídos sordos a las numerosas cartas, llamadas y visitas sin atender que llegó a recibir en la sede del Obispado Nivariense, en la vecina isla de Tenerife, dejando en la sala de espera durante horas a los modestos alcalde y teniente alcalde de la villa norteña, a quienes nunca atendió.

Rubén asumió la penitencia y comenzó su trabajo pastoral en Barlovento del mismo modo que lo había hecho en el vecino pueblo de Garafía, y no solo eso. Persistió en sus visitas a los enfermos y personas mayores que había dejado en la villa garafiana, a quienes se comprometió a dar auxilio espiritual y a cuidar haciendo un verdadero esfuerzo con idas y venidas, cruzando los barrancos y las sinuosas carreteras del norte para cumplir la palabra dada. La alegría inherente al párroco, del que el mismo dice que “el señor no me dio mucho sentido común pero me dio fe y amor para entregar a los demás”, siguió estando presente en la actividad y en la vida social de Barlovento. Pronto fue invitado a cada casa, a cada celebración, a cada evento social del pueblo y sus barrios, y que se convertía en el alma de cada fiesta por “el optimismo que irradia”. Muchas fueron las advertencias de algún fiel devoto conservador, que llegó a enviar al Obispo vídeos de actos religiosos en los que Rubén era él mismo, incapaz de fingir una solemnidad que no le era propia.

“Este es el cura que queremos”, es el lema de los cientos de personas que le han venido defendiendo cada día en redes sociales desde que esta cruzada contra la estructura jerárquica y encorsetada de la Iglesia se inició y que se ha extendido como la pólvora, llegando incluso a manifestaciones, cartas y opiniones en periódicos y portales digitales, de representantes del mundo de la cultura y de la política. Los vecinos han terminado conociendo bien a Rubén Gallego, hermano mellizo del secretario del Ayuntamiento de Adeje, en la vecina isla de Tenerife, e hijo de unos padres mayores que le esperan con los brazos abiertos en el pueblo de León en el que viven, con apenas 30 habitantes. Quieren al cura fiestero, al cura que atiende seis pequeñas parroquias y que va con su coche deportivo de aquí para allá sin faltar a sus obligaciones pastorales, pero que al mismo tiempo es activo en redes sociales, seguidor del youtuber Luisito Comunica, y aficionado a las carreras de Fórmula 1. Rubén no se justifica. No quiere hablar porque ese es un protagonismo que dice “no me corresponde”.

Ha perdido peso, y la tristeza que le embarga, no se sabe bien si por las duras recriminaciones que ha recibido del Obispo, que le acusa de exponerlo y victimizarse en detrimento del prestigio de la Iglesia, mostrándose alejado de solemnidades y boatos. Los más enfadados con el obispo son los padres de los adolescentes. Le afean en varias misivas al Obispo que aleje de sus vida a Rubén, que ha conseguido, cuentan, enderezar aficiones e intereses de los jóvenes que ahora lloran el seguro destierro de Rubén jurando que no quieren volver a la Iglesia.

Rubén sigue oficiando misas, juega al fútbol, va al gimnasio, y sale de marcha. Quien sabe si después de este castigo, que le ha hecho perder varios kilos y entristecer su mirada curiosa, continuará siendo el cura desenfadado y cercano. Lo que más le preocupa a Rubén es dejar atrás a los feligreses que por su edad y mal estado de salud no pueden acercarse a la iglesia y de quienes tiene que despedirse. El resto del prelado en La Palma mantiene silencio. Dice alguno de ellos en privado que “quien contradice al Obispo debe saber a qué atenerse”. Rubén ha querido demostrar que predicar no es solo cosa de altar. El párroco sabe que es castigado y vive este destierro, que ha sido recogido por varios periódicos de la región leonesa, como una penitencia mientras muchos se preguntan si Rubén no estará pagando por el orgullo y la vanidad del líder provincial de una jerarquía eclesiástica que no sabe leer en los renglones torcidos de Dios.