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Los pasos tras el primer paso del hombre en la Luna

Digerido el empacho del 50 aniversario de la llegada del ser humano a la Luna y los ríos de tinta que ha traído consigo la efeméride, cabe preguntarse por qué no hemos vuelto a pisar su superficie, por qué deberíamos hacerlo y, sobre todo, cuáles son los planes al respecto
Recreación del interior de algunos módulos de la estación espacial lunar Gateway. A la derecha, la nave Orión acoplada a la estación. Lockheed Martin
Recreación del interior de algunos módulos de la estación espacial lunar Gateway. A la derecha, la nave Orión acoplada a la estación. Lockheed Martin

Por Enrique E. Domínguez / Santa Cruz de Tenerife

Llegamos a la Luna en 1969 con una tecnología que resulta comparativamente tan obsoleta respecto a la actual que es imposible no asombrarse ante el logro. Baste señalar, a modo de botón de muestra, que el ordenador del Apolo 11, la nave que alunizara por primera vez, contaba con 2 kB de memoria RAM y un almacenamiento de 32 kB.

En muchos de los artículos publicados durante las últimas semanas con motivo del 50 aniversario del primer paso en la Luna se ha comparado la capacidad de aquel ordenador con la de un teléfono móvil actual, pero lo cierto es que el dispositivo que hoy llevamos en el bolsillo es millones de veces más potente.

La lógica, de mano de la evolución tecnológica de las últimas décadas, nos dice que a día de hoy sería más sencillo y seguro enviar personas a la Luna. Sin embargo, nunca se ha vuelto a hacer. ¿Por qué?

LAS RAZONES

La primera causa para no haber vuelto hay que buscarla en las razones que impulsaron el logro del alunizaje. Estas fueron esencialmente políticas, debidas al afán de Estados Unidos y la Unión Soviética de mostrar al adversario y al resto del mundo su superioridad tecnológica y, por ende, militar.

Pisar la Luna nunca fue una cuestión de carácter científico por aquel entonces. De hecho, solo un científico, el geólogo Harrison Schmitt, formó parte de la docena de personas que caminaron sobre su superficie, enviado en la última misión al satélite, el Apolo 17.

Conquistar nuestro satélite tenía como finalidad vencer al oponente en la carrera espacial y apuntarse el tanto en el contexto de la Guerra Fría. Alcanzada esta meta gracias al célebre primer paso de Armstrong, la Administración estadounidense perdió el interés. Y con la pérdida de interés llegó la de fondos asignados al programa espacial, que se vieron reducidos drásticamente, dando lugar a la cancelación del programa Apolo en 1972.

Las razones actuales para volver a la Luna tienen un mayor peso científico que antaño, lo cual no quiere decir que no sean también políticas. La Administración Trump se ha volcado, aparentemente al menos, en el apoyo a la NASA para la consecución del objetivo. Por el rabillo del ojo, Estados Unidos no puede dejar de observar los progresos de China y sus triunfos en la exploración lunar mediante misiones robóticas, paso previo a las misiones tripuladas. Para unos y otros, volver a la Luna significa una ineludible necesidad de acumular la experiencia y desarrollar las tecnologías necesarias para llevar astronautas a Marte, el próximo paso.

Con toda probabilidad, los recientes éxitos del gigante asiático y el rápido desarrollo de su programa espacial han espoleado a Estados Unidos, conscientes de que dormirse en los laureles podría llevarles a ver ondear la bandera de la República Popular en la tenue atmósfera del planeta rojo. La nueva carrera espacial es más sutil que la anterior y los competidores pueden ser otros, pero el pistoletazo de salida ya ha sonado y solo uno cruzará el primero la línea de meta.

La nave Orión es una colaboración entre la NASA y la ESA, con capacidad para cuatro astronautas. Lockheed Martin
La nave Orión es una colaboración entre la NASA y la ESA, con capacidad para cuatro astronautas. Lockheed Martin

LA FINANCIACIÓN

Aparte de la razón expuesta, está la causa económica, ambas estrechamente ligadas, ya que de la primera nace la segunda. El programa Apolo contó con una financiación prácticamente ilimitada, llegando a tener asignado hasta el 4% del presupuesto federal. No importaba cuánto costara llegar a la Luna, solo importaba llegar antes que el rival. En la actualidad las cosas son muy diferentes. El presupuesto de la NASA es de aproximadamente 20.000 millones de dólares anuales. En mayo se anunció un aumento de 1.600 millones adicionales para impulsar la vuelta a la Luna. “Por primera vez en más de 10 años, tenemos dinero en este presupuesto para un regreso a la Luna con humanos”, declaró Jim Bridenstine, administrador de la NASA. No obstante, no son minoría las voces que proclaman que la cantidad sigue siendo insuficiente.

Ahora, los programas espaciales y el desarrollo de las tecnologías y medios con los que llevarlos a cabo no son, afortunadamente, competencia exclusiva de las agencias espaciales. La industria privada ha entrado con fuerza en un panorama que se había vuelto desalentador en cuanto a misiones tripuladas se refiere. Recordemos que en medio siglo toda la aventura espacial humana se ha limitado a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), que orbita la Tierra a 400 km de altitud. No es lo que se dice haber llegado muy lejos.

A pesar de esta ausencia de misiones tripuladas, las robóticas mediante sondas y róvers, amén de los telescopios espaciales, se han incrementado, dándonos nuevos conocimientos del medio que nos rodea. Es comprensible el detrimento de las misiones tripuladas frente a las robóticas, habida cuenta de que el coste de estas es considerablemente menor. Básicamente, los robots no demandan un complejo soporte vital ni tienen inconveniente alguno, más allá de sus requerimientos energéticos y de funcionamiento, en pasar largos años en el espacio.

Para las personas, por el contrario, resulta imprescindible un suministro constante de oxígeno, alimentos y agua, además de un hábitat seguro y mínimamente confortable. Esto dispara los costes de las misiones tripuladas, y, unido a otros factores relacionados con la supervivencia de nuestros frágiles cuerpos en un medio tan hostil como es el interplanetario, limita el alcance de nuestras aventuras espaciales. Al menos por el momento.

LA NECESIDAD

La exploración espacial, además de conocimiento científico, aporta al conjunto de la sociedad innumerables beneficios. Encarar nuevos problemas conlleva buscar nuevas soluciones, y los desafíos que ha sido necesario enfrentar para superar los obstáculos en el estudio del medio más allá de nuestra atmósfera han dado lugar a innovaciones en muchos campos. Así, gracias a la exploración espacial, la sociedad ha podido beneficiarse de grandes avances en áreas como la medicina, las telecomunicaciones, la electrónica, la informática, las matemáticas, la meteorología e incluso la alimentación. Por citar algunos ejemplos, avances médicos como la resonancia magnética, el TAC (tomografía axial computerizada), las ecografías o las máquinas de diálisis han surgido del desarrollo de tecnologías espaciales.

La necesidad de comunicarse a largas distancias, junto a la de reducir peso y volumen de los equipos electrónicos instalados a bordo de las naves, supuso la revolución de las telecomunicaciones y la miniaturización de los componentes electrónicos. Ha habido, igualmente, enormes progresos en matemáticas para lograr resolver cálculos de gran complejidad. El estudio de la meteorología dio un salto de gigante gracias al uso de satélites, superordenadores y modelos numéricos. La liofilización y la deshidratación de los alimentos, heredados de los menús para astronautas, al igual que la depuración de aguas, son hoy algo habitual. Nuevos materiales más ligeros y resistentes y mejores aislamientos térmicos forman parte también de una lista que sería prácticamente interminable.
Por otra parte, existe, gracias a la exploración espacial, un efecto llamada al estudio de las ciencias que lleva décadas motivando a jóvenes de todo el planeta a decidir su formación. Esto tuvo su apogeo en plena carrera espacial: muchos de los niños que en su momento vieron en televisión a Armstrong dando saltos por la Luna, motivados por la conquista espacial, conformaron la siguiente generación de científicos, ingenieros, matemáticos, informáticos, etcétera, a los que hoy debemos gran parte de los avances que nos rodean.

Por encima incluso de todo lo anterior, está el hecho de que solo la exploración espacial nos brindará la posibilidad de habitar lugares fuera de nuestro planeta en el futuro, el único modo posible de garantizar la continuidad de nuestra especie a largo plazo. Una afirmación esta que podría llegar a parecer exagerada, pero que no lo es en absoluto si se tiene en cuenta que es una certeza que nuestro mundo dejará de ser habitable o desaparecerá para siempre antes o después. Y con la Tierra desaparecería la especie humana si antes no hemos sido capaces de hallar la solución a este problema en ciernes, que no es otra que colonizar otros mundos. Como dijera Konstantín Tsiolkovski: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos vivir para siempre en la cuna”.
La exploración espacial, como paso imprescindible para la futura colonización de otros mundos, es una necesidad real para la humanidad.

PRESENTE Y FUTURO

El nuevo programa lunar tripulado ya se ha puesto en marcha. Su nombre, Artemisa, hermana melliza de Apolo en la mitología griega, en un claro homenaje al programa que puso a pasear a personas sobre la Luna. Impulsado por la NASA, Artemisa cuenta como socios con las agencias espaciales europea (ESA), rusa (Roscosmos), japonesa (JAXA) y canadiense (CSA), además de participación de la industria privada.

Artemisa recupera elementos del cancelado programa Constellation y orienta sus esfuerzos a construir una estación espacial en órbita lunar, de nombre Gateway. Al igual que la ISS, estará compuesta por diferentes módulos, aunque será de menor tamaño.

Gateway no está pensada para ser habitada permanentemente, si bien las tripulaciones podrán permanecer en la estación plazos de hasta tres meses. Será, básicamente, una parada en el camino desde la que resultará mucho más sencillo realizar misiones a la superficie lunar y, posteriormente, a Marte.

En palabras de Bridenstine, “esta vez, cuando vayamos a la Luna, nos quedaremos. Usaremos lo que aprendamos a medida que avanzamos hacia la Luna para dar el siguiente gran salto: enviar astronautas a Marte”.

Según el calendario previsto, el primero de los módulos que compondrán Gateway será lanzado en 2022. En 2024 se espera que su construcción esté lo suficientemente avanzada como para que sea habitable y en ese mismo año se planea volver a la superficie lunar con “la primera mujer y el próximo hombre”, en una misión de exploración de la región del polo sur. En 2028, Gateway estaría finalizada por completo.

Todo ello, claro, si las fechas anunciadas se cumplen, algo no demasiado habitual en la industria espacial, que nos tiene acostumbrados a grandes retrasos en los plazos presentados que despiertan recelos e incredulidad, como prueba el telescopio espacial James Webb.

En cualquier caso, hay algo que ya es incuestionable: volvemos a la Luna.

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