poesía

José Carlos Cataño: poeta universal que respiraba poesía

El artista lagunero falleció ayer de un infarto en su casa de Barcelona, adonde ‘escapó’ con 20 años buscando atravesar fronteras, pero con Canarias en su corazón

José Carlos Cataño
José Carlos Cataño: poeta universal que respiraba poesía

José Carlos Cataño (San Cristóbal de La Laguna, 1954), poeta, ensayista, narrador y artista plástico, falleció en la madrugada de ayer de un infarto en Barcelona, adonde emigró con 20 años (septiembre de 1974) y donde construyó su vida literaria, aunque, como él mismo afirmó en una entrevista a DIARIO DE AVISOS el pasado junio, “casi toda mi poesía está escrita hacia las Islas (…) Mi poesía está embebida de insularidad”.

Convertido al judaísmo en los años 70 ante un tribunal rabínico en Marruecos, será enterrado por el rito hebreo mañana domingo en el Cementerio de Collserola.

José Carlos Cataño, con tan solo 15 años, compartió aula en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife (en la plaza Ireneo González) con Gonzalo González, Fernando Álamo y Juan José Gil, referentes del arte en Canarias. Y precisamente frente a sus lienzos resonaron sus poesías. “Tengo la escena de estar pintando y ver cómo entre el lienzo y el pintor, en esa distancia, irrumpía la palabra. Estaba pintando, pero luego me retiraba y surgía el pensamiento. Para mí es como una metáfora de la palabra poética. También me ha servido para invocar la distancia como un territorio muy propicio para la creación, es decir, entre las islas y yo ha surgido mi escritura poética. En mi estudio de pintura, entre el lienzo y yo surgió el primer poema”, contaba.
El pasado mes de junio visitó por última vez su tierra, Tenerife, para presentar en Blous & Music, El Cinematógrafo, en Santa Cruz, su último libro, Obra poética (1975-2007), una recopilación de sus poemas. Algunos estaban perdidos, ya no se encontraban, y Cataño sintió la necesidad de darle ese regalo a sus lectores, que las nuevas generaciones lo descubrieran y las viejas lo rememoraran. Quería ponerse otra vez en circulación. “Me sentía un poeta sin libros”, afirmaba.

“Él estaba muy bien y feliz con su último libro”, relataba ayer a este periódico su compañera, Carmina de Luna, que estaba junto a él en su último aliento la madrugada del viernes. Ambos tenían planes para instalarse en Punta del Hidalgo, donde había estado mirando el pasado junio apartamentos acompañado por el filósofo tinerfeño y también escritor Roberto Cabrera, que ayer mostraba su desconcierto y tristeza. “Quería vivir frente al mar”, dijo. Cataño, tras décadas residiendo en Cataluña, quería regresar, pero a veces los planes tienen esa manera de caerse por la mitad…

Cuenta De Luna que estaba preparando su último diario para publicarlo con la editorial Renacimiento, pero, como autor preciso, todavía estaba lijando y barnizando todos los rincones de su poesía. “La métrica interna, al igual que la externa, la trabajaba muchísimo, y no paraba hasta que no estaba satisfecho”, explica Carmina, cuyas palabras hacia José Carlos son puro cariño, puro amor, a él y a su poesía. “Se iba a la terraza, le surgía un poema, bajaba y trabajaba. Entraba en una burbuja y no paraba hasta que lo tenía, hasta que encontraba la forma de respirar el poema. José Carlos respiraba poesía”, relata. Se conocieron en el año 89, cuando él le obsequió El amor lejano y “me enamoraron sus poemas totalmente. Para mí es de los pocos poetas buenos que había ahora en España. Sé que dirán que es porque soy su pareja, pero creo que tengo criterio para considerarlo así”, afirma con convicción esta experta en letras con trayectoria en editoriales. “Estoy hablando de poesía de verdad, auténtica, y como siempre decimos, si poetas tan buenos como (Fernando) Pessoa o (Rainer Maria) Rilke estuvieran entre nosotros hoy en día, habría que ver si les publicaban”, apunta De Luna.

Muchas veces, quienes conocían la poesía de José Carlos Cataño se preguntaban por qué era un cuasi desconocido, “sobre todo en su tierra”, apunta Roberto Cabrera, “aunque aquí tendemos a vivir de espaldas los unos contra los otros”. Para Carmina la explicación es sencilla: “Tenía detractores y había caído en el olvido, pero fue porque nunca se casó con nadie. Él tenía un tipo de poesía totalmente propia y singular. Me da lo mismo lo que opinen algunos detractores de él”, prosigue, “y sé que no estoy siendo nada correcta políticamente, pero por eso creo que éramos pareja, porque éramos muy independientes. Él nunca se vendía a nadie”.

José Carlos Cataño

Respirar

“Yo escribo para conocerme y desconocerme, pero sobre todo por una necesidad vital”, afirmaba el pasado 25 de junio el poeta lagunero en DIARIO DE AVISOS. Su compañera va más allá: “El respiraba poesía. Cuando salía a la calle y hacía una foto, hacía poesía (Cataño era un gran aficionado a la fotografía), veía unos pájaros y hablaba con ellos. En el barrio lo llaman el señor de los pájaros. Le encantaba la naturaleza”, cuenta. A pesar de la distancia, en kilómetros y años, José Carlos se sentía un autor canario: “Aunque creo que no hace falta estar pregonando todo el día una identidad, yo me siento un autor canario que se siente más o menos a gusto en Barcelona, pero no me siento asimilado”, declaró en la entrevista con este periódico.

Presumía de ser un forastero. “Creo que la extranjería es una bendición, porque eres canario pero universal, y entonces no estás adscrito a un territorio en concreto y puedes ir por libre”. (Él nunca se casó con nadie. Él nunca se vendía a nadie). Pero en sus inicios sí sintió que de alguna manera traicionaba a su tierra al haberse marchado. “Pero ya se me pasó y creo que he contribuido de alguna manera a la cultura canaria en la distancia. No estando presente aquí, sino estando en las afueras”, reflexionaba como haciendo un recorrido interno.

“Se le llamó en los 80 poeta maldito y muy bueno, pero doliente; después hermético, pero dentro de un hermetismo donde vertía toda su sangre; y por último, que se lo escuché a un amigo de él, se decía que estaba escrito a hachazos. Él era muchos poetas”, sentencia Carmina de Luna.

En la muerte de José Carlos Cataño

Por Rafael-José Díaz

Es duro escribir en estos momentos, cuando todavía parece una pesadilla la noticia de que el amigo querido nos ha dejado. Pero un modo de combatir el dolor es recordar los momentos compartidos. José Carlos Cataño es uno de los escritores más apasionados que conozco. Su vida y su escritura fueron pura pasión. Pasión amorosa, pasión destructiva. Creo que se inventó numerosas veces para escapar de sí mismo y que con cada destrucción renació transformado. Su escritura acompañó su vida como el banco acompaña a un preso en galeras: fue un espacio de fricción permanente. Más que una liberación, era una cárcel: una cárcel que él supo transformar en un horizonte de desintegraciones.

Creo que si José Carlos Cataño es uno de nuestros mejores poetas -canarios, españoles-, lo es porque su obra fue capaz de liberarse de todas las ataduras de la tradición: aunque arrastrara consigo pecios de todos los naufragios, hay un espacio inviolable en el interior de su obra en el que Cataño guardaba el secreto de su supervivencia.

Los recuerdos compartidos fueron muchos, pero me quedaré con una noche en la plaza de La Remonta de Madrid. Fueron horas de conversación regadas por los generosos licores que nos iban sirviendo unos camareros atildados. En un momento determinado, José Carlos sacó su teléfono y empezó a llamar a poetas canarios con quienes o bien él o bien yo estábamos distanciados. Cuando alguno le respondía, Cataño le preguntaba cómo le iba la vida, si estaba escribiendo un nuevo libro de poemas, cuándo creía que le iban a dar el Premio Canarias de Literatura. Es fácil imaginar que esas llamadas no fueron bien recibidas. Pero su pasión lúdica lo llevaba a cometer tales locuras, por las que acabó distanciándose de mucha gente, entre la que me incluyo.

Sin embargo, creo que el humor, la ironía y el sarcasmo formaban parte de su necesidad de darle la vuelta a todo y de inventarse vidas que incorporar a la propia. Lo quise y lo admiré mucho y creo que como escritor no tiene parangón entre nosotros. Es nuestro Gombrowicz y nuestro Pessoa, quizá el mejor heredero de Alonso Quesada. Fue el que se fue (lejos, hasta el horizonte infinito) y el que, cada vez que regresó, desarmó con su subversión o con su llanto las mitologías de la isla. Esta isla que él convirtió en leyenda funesta.