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El cielo que viene…

La bóveda celeste, tal como la vemos hoy y como la conocieron nuestros antepasados, está a punto de sufrir una transformación que cambiará su aspecto
Recreación artística que representa algunos de los satélites que compondrán la megaconstelación en órbita baja terrestre denominada Starlink, pertenecientes a la empresa privada Space X. DA

El pasado día 11 las redes sociales viralizaban los vídeos y fotos de usuarios de diferentes lugares del mundo que mostraban extrañas hileras luces volando a gran velocidad a través del cielo nocturno. Tenerife no fue una excepción al suceso y muchos vecinos compartieron grabaciones e imágenes del mismo, dando lugar a multitud de comentarios, especulaciones y fantasías variopintas. No faltaron casos en los que, ante el desconocimiento de su origen, la formación luminosa causó cierto revuelo, e incluso alarma.

Afortunadamente, la información se impuso a las suposiciones. Los medios de comunicación se hicieron eco del hecho, y algunos de ellos, que no todos, dieron la explicación pertinente para aclarar qué era esa larga fila de luces que cruzaba los cielos.

Las informaciones dejaban claro que no se trataba de malintencionados hombrecillos verdes tratando de invadir nuestro querido planeta azul y que las misteriosas luces, ni eran luces, ni eran misteriosas. Se trataba de algo bastante más terrenal: satélites de comunicaciones reflejando la luz solar en los materiales brillantes de sus superficies.

Unas palabras nunca escuchadas antes por la mayoría se abrieron paso desde la oscuridad: constelación de satélites…

Constelaciones

En realidad, aunque el término se esté popularizando ahora, las constelaciones de satélites no son algo nuevo. Por ejemplo, la constelación Iridium, formada por 95 satélites de comunicaciones que fueron lanzados entre los años 1997 y 2002, llevan más de dos décadas volando a 750 kilómetros sobre nuestras cabezas. La segunda generación de esta red de comunicaciones, llamada Iridium Next, está compuesta por otros 75 aparatos que han sido puestos en órbita entre 2017 y 2019.

Igualmente, el GPS o Sistema de Posicionamiento Global, algo sin lo que muchos de nosotros ya no seríamos capaces de llegar a la vuelta de la esquina, se nutre de la información proporcionada por 24 satélites.

Los que fueron avistados con tanto alboroto pertenecen a la constelación Starlink, de la empresa Space X. Pero, ¿cuál es la diferencia entre esta nueva constelación y las ya existentes? Pues, aunque son varias, la que más destaca es el número de objetos que la componen. Starlink está formada por pequeños satélites de comunicaciones diseñados para llevar Internet a lugares que carecen de acceso a la red, cubriendo prácticamente la totalidad del planeta. Para lograr esta enorme cobertura, el proyecto de Space X necesita desplegar muchos satélites. Muchísmos en realidad, nada menos que 12.000 en su primera fase. Starlink es una megaconstelación.

Los 120 aparatos lanzados hasta ahora tan solo suponen el 1% del total previsto en esta etapa inicial, pero habrá más en el futuro para completar la red. Se ha llegado a hablar de hasta 40.000 satélites.

suma y sigue

Para hacernos una idea de lo que esas cifras suponen, hay que tener en cuenta que, según datos de la Agencia Espacial Europea (ESA, por su siglas en inglés), existen en órbita más de 5.000 satélites artificiales, aunque apenas 2.000 permanecen operativos, y el resto es, actualmente, chatarra espacial. Aproximadamente 500 de estos aparatos se encuentran ubicados en la órbita baja, el mismo espacio donde se ubicará Starlink y que se va a ver realmente congestionado, con el consecuente riesgo de colisiones. El 2 de septiembre, la ESA tuvo que manionbrar su satélite de observación meteorológica Aeolus para evitar a uno de los aparatos de Starlink, siendo la primera vez que la agencia realiza una maniobra de protección de este tipo.

La red de Space X, en su primera fase, va a multiplicar casi por dos veces y media el número total de satélites que han sido lanzados desde que en 1957 el Sputnik 1 se dedicara a emitir pitidos como mera prueba de su existencia orbital. Lo dicho: son muchísimos satélites.

Si la cosa quedara ahí, quizás no sería un problema muy serio, pero la realidad es otra. Por una parte, las telecomunicaciones suponen un mercado en constante auge y, por otra, el abaratamiento de costes en los lanzamientos espaciales y en el propio desarrollo de los satélites ha propiciado que todo el mundo quiera dar un bocado a ese suculento pastel.

Space X no son los únicos que han puesto en marcha su propia megaconstelación, tan solo son los primeros que han empezado a situarla en órbita. Por ejemplo, Samsung planea lanzar más de 4.500 satélites; Amazon, casi 3.300; Boeing V-Band, suma 3.000 a la lista; OneWeb, otros 900; Commsat añade 800 más; Astrome Technologies, 600… y suma y sigue. Son muchas más las compañías que planean subirse al carro, gigantes como Google y Facebook también han anunciado la creación de sus propias constelaciones. Y esto no ha hecho más que empezar.

Solo con las empresas que se han mencionado a modo de ejemplo estaríamos hablando de más de 25.000 objetos nuevos en la órbita baja terrestre en los próximos años, un tráfico que hasta ahora era absolutamente impensable.

consecuencias

En la actualidad, los satélites constituyen ocasionalmente un quebradero de cabeza para las observaciones astronómicas profesionales. Para conseguir captar la luz de fuentes muy distantes del universo, los astrónomos realizan exposiciones largas, de muchos minutos o incluso varias horas, con las que suman toda la luz que llega a los instrumentos y cámaras de los telescopios para poder así obtener mejores imágenes y la mayor cantidad de datos posibles de los objetos observados.

No es extraño que haya ocasiones en las que durante esos largos tiempos de exposición algún satélite atraviesa el campo de visión de un telescopio, pudiendo interferir en las observaciones o incluso arruinarlas por completo, dando al traste con investigaciones en curso, ya que el tiempo de uso de las instalaciones es limitado.

Si esto ocurre hoy, con 5.000 objetos en órbita, ¿qué pasará cuando sean varias decenas de miles? No resulta complicado imaginarlo. La comunidad científica ya ha alertado del problema que estas megaconstelaciones podrían llegar a suponer para la astronomía.

Si las observaciones ópticas, especialmente las de gran campo, van a sufrir estas consecuencias, peor aun lo va a pasar la radioastronomía, ya que las bandas de frecuencias operadas por los satélites y el aumento de emisiones pondrán en apuros a instrumentos como radiotelescopios e interferómetros, herramientas vitales en el estudio del Universo.

Los astrónomos profesionales, y por ende las observaciones y estudios científicos, no serán los únicos perjudicados. Colectivos como los astrónomos aficionados y los astrofotógrafos van a sufrir una importante pérdida de calidad en el firmamento que podemos observar.

patrimonio cultural

Más allá incluso de todo lo anterior, debemos pensar que esta degradación del cielo nocturno es algo que nos afecta a todos. La bóveda celeste es un patrimonio cultural de la totalidad de pueblos y culturas del mundo, no solo en la actualidad sino desde los principios mismos de nuestra especie.

En tiempos, los astros nos señalaban el momento adecuado para sembrar o cosechar, los periodos de abundancia de caza, los cambios de estación o nos guiaban en viajes y travesías. También fueron cuna de mitologías y creencias que jugaron importantes papeles en nuestras sociedades. De igual modo, el estudio del firmamento ha estado desde antiguo estrechamente ligado al progreso de las ciencias y tecnologías que han permitido nuestros mayores avances.

Ahora, nos encontramos ante la posibilidad de ser las últimas generaciones que podrán disfrutar del cielo tal como la naturaleza lo creó y del mismo modo que nuestros antepasados lo conocieron.

En la actualidad, cualquier noche despejada, con buena visibilidad y desde un lugar relativamente oscuro, es posible observar ocasionalmente y a ojo desnudo satélites que se desplazan de un lado a otro de la bóveda celeste, siendo más frecuente verlos en las horas posteriores a la puesta de sol y anteriores a su salida. Su aspecto es el de puntos luminosos, tal que si fueran estrellas, con la salvedad de que se desplazan con rapidez y que son visibles solo durante algunos minutos a los largo de su recorrido.

A partir de ahora, según apuntan cálculos recientes, solo con la megaconstelación Starlink y sus 12.000 objetos, hasta un centenar de satélites serán visibles en el mismo momento sobre nuestras cabezas, prácticamente desde cualquier punto, excepto los polos. Desde luego, no es poca cosa.

falta de regulación

Sorprende la ausencia de estudios acerca del impacto de las megaconstelaciones de satélites, pese a ser algo que lleva años gestándose y que era evidente que sería una realidad más pronto que tarde. Sorprende mucho más aun que no exista ninguna normativa específica sobre esta materia ni órgano regulador alguno. La tecnología ha logrado adelantarse a la previsión en materia legislativa y ahora tocará lidiar con el problema como buenamente se pueda una vez que ya se haya producido.

Los tratados internacionales del espacio regulan cuestiones relacionadas con el armamento más allá de nuestra atmósfera, pero no recogen ni una palabra específica sobre el uso de la órbita terrestre para comunicaciones. Básicamente, cualquiera que tenga los medios para poner aquello que desee en la órbita de nuestro planeta, puede hacerlo. Las únicas restricciones existentes se basan en la regulación de las bandas de frecuencia de emisión y recepción que un satélite puede usar y en ciertas normas de seguridad respecto al tráfico aéreo en los lanzamientos.

Astrónomos, agencias espaciales, empresas privadas y gobiernos harían bien en reunirse para comenzar a hablar de la protección del cielo y para sentar las bases de una normativa que regule la situación, antes de que quede absolutamente fuera de control.

De momento, y a la espera de que eso ocurra, disfrutemos del maravilloso regalo que la naturaleza nos ofrece cada noche y del espectáculo inagotable del Universo. Tal vez mañana sea tarde.

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