Política

Manuela Carmena: “La calidad moral de la sociedad civil es infinitamente mayor que la de la clase política”

La exalcaldesa de Madrid publica un libro dirigido a los jóvenes

Entrevista a Manuela Carmena. Sergio Méndez
Entrevista a Manuela Carmena. Sergio Méndez

Viéndola sentada plácidamente en una silla sobre el césped del mítico Hotel Mencey de Santa Cruz de Tenerife, no parece que Manuela Carmena fuera hace pocos meses la alcaldesa de Madrid. O quizá sí, quizá esa serenidad sin aspavientos que ha cautivado a tanta gente sea una evidencia de que la buena política debería hacerle una grieta a las agendas construidas por asesores sin tiempo para nada, un espacio donde los presupuestos se mezclen con las lecturas absorbidas y las historias personales. Carmena, que estuvo por Tenerife para participar en un encuentro de la Fundación Cajacanarias, publica el 5 de diciembre su libro A los que vienen, una reflexión para los jóvenes donde cuenta su experiencia como ciudadana, jueza, mujer y exalcaldesa de Madrid. Pero no tiene ningunas ganas de acaparar titulares.

-¿Le disgusta el ruido mediático en el que andamos metidos?
“Sí, me sobra. No tengo ningún interés. Pero bueno, es una cosa que está ahí. Igual que aquí hace sol…”

-¿Distorsiona ese barullo el mensaje que quiere dar?
“A veces sí. Pero, por alguna razón que no sé muy bien, algo hace que, a pesar del ruido, tu mensaje, tu estilo de vida, se superponga. Yo lo noto. Hay mucha gente que se me ha acercado para decirme: “Gracias, Manuela”, o: “Fue una época estupenda”.

-¿Y qué es lo que le gusta a la gente de usted?
“Pues que soy una persona normal, mayor, corriente, simpática, creo que buena gente, que te la encuentras en el comercio, en el metro..”.

-¿Manuela Carmena es igual a la imagen que se ha proyectado de Manuela Carmena?
“Yo creo que sí. Un día, un chico joven me preguntó: “¿Qué es lo más importante para ser político?” “Pues que te guste mucho la gente”, le dije. A mí, me pasa, la gente me inspira curiosidad. Me cuentan sus historias en el metro, y le aseguro que no los escucho por compromiso”.

-¿Y siempre fue así?
“Yo siempre fui de hablar. Era una niña charlatana. También era como muy religiosa. Estaba en un colegio de monjas, aunque mis padres pasaban bastante de la religión. Y yo pensaba: ‘Madre mía, se van a ir al infierno de cabeza’. Así que me puse una misión: salvar a mis padres. Yo creo que me he ido poniendo misiones en la vida. En general, muy exitosas. Cuando tenía 14 años, las monjas me llevaron a las chabolas de Madrid. Para mí fue un choque brutal ver que había niños sin zapatos, que no sabían leer. Me determinó para siempre. Por eso, me preocupa, e insisto mucho en el libro que acabo de escribir, que los niños tengan contacto con la realidad de la vida. O luego, en la universidad. Yo estuve trabajando en una fábrica. Esa sensación es muy buena”.

-¿No había una filósofa que se fue a trabajar a la fábrica?
“Sí, Simone Weil. Yo la adoro. Era una mujer amargada, estremecida, pero con una gran lucidez. Su libro Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, de 1940, hace un análisis sobre los partidos que es maravilloso. Dice que quitan libertad, que, por definición, impiden el desarrollo de la personalidad de sus miembros. Hay muchas voces muy interesantes en el mundo a las que los grandes emisores de opinión callan, los sepultan”.

-¿Cree que los medios tienen a veces vocación totalizadora?
“Absolutamente. Ayer hablaba con alguien que me decía: ‘Es que la gente es terrible’. Y yo le respondía: ‘Te equivocas, la calidad moral de la sociedad civil es infinitamente mayor que la de la clase política’. La gente normal es buena gente, feliz, discreta, no molesta. A mí, en cuatro años, nadie en el metro me ha insultado, nadie. Hay personas que me dicen: ‘Mire, yo soy de derechas, pero quiero agradecerle su educación’. La gente sabe que, en política, uno no puede ser un grosero, un descalificador, quieren que seamos normales”.

-¿Y por qué tanto enfrentamiento permanente?
“Yo creo que se ha convertido en la esencia de la política. Siempre he sido muy defensora de la Transición. En mis primeras elecciones, cuando formamos Ahora Madrid, había mucha gente de Podemos que era muy crítica con la Transición, como Juan Carlos Monedero. Yo siempre les decía: ‘Estáis equivocados’. La Transición española fue absolutamente ejemplar, yo estuve allí. Lo que no fue ejemplar fue la democracia”.

-¿Y qué fue lo que pasó?
“La Transición española fue un proceso sui géneris muy creativo. Un ejemplo es CCOO. Fue un proyecto de una gran lucidez de gente del PCE, como Marcelino Camacho o Julián Ariza, que pensaron: ‘Vamos a dejarnos de sindicatos históricos y vamos a preocuparnos de los problemas que tiene la gente’. Era un asociacionismo enormemente vivo, fresco, y eso nos llevó a acabar con una dictadura viviendo el dictador. Aunque el final fue con la muerte de Franco, el régimen estaba absolutamente acabado antes de morir el dictador. Pero llegó la democracia y empezamos a imitar a otros países, como Alemania o Francia. Gente como Willy Brandt o François Miterrand tenían mucha influencia, y nosotros les intentábamos copiar. Y dejamos de hacer una democracia distinta, fuimos aceptando la corrupción… Ahora tenemos una clase política con un nivel de deterioro similar a las de otros países, en lugar de ser innovadores”.

-Los políticos se pelean mucho en público y calientan el ambiente, pero luego hablan cordialmente en privado. ¿No hay algo de irresponsabilidad en ese teatro?
“Mucha. Es terrible. Primero, porque es un gran fraude para todos los ciudadanos. Un ejemplo es esa cosa absolutamente vergonzosa que hemos vivido ahora con Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Primero están insultándose y luego, al día siguiente de las elecciones, se dan un abrazo ridículo que era casi bochornoso. En vez de decir: ‘Qué mal hicimos. Perdonad, ciudadanos’. Hubiéramos respondido: ‘Olé’. En lugar de eso, nos tomaron el pelo. Entonces, ¿para qué hemos hecho las elecciones?”

-¿No será que al final son una especie de élite que no se juega realmente nada?
“Hay un artículo muy interesante de un canadiense que se titula ¿Quién es el político ideal? Y dice que el político ideal no puede ser de carrera. La política debe ser un compromiso durante un tiempo. Pero, hoy en día, solo hay posibilidad de acceso para quien tiene más sutileza para ganarse el apoyo del que manda. ¿Qué ha hecho Casado si no? Ahora ha tenido que recoger a Ana Pastor en la segunda vuelta, pero lo primero que hizo fue poner a los suyos. Y en el PSOE, no le cuento lo que ha pasado con los susanistas. Algunos de los mejores concejales socialistas del Ayuntamiento de Madrid de mi época se quedaron fuera por no ser de Pedro Sánchez”.

-Muchas veces, la gente es reacia a meterse en política por lo que les cuesta reengancharse luego a su carrera profesional …
“Habría que buscar fórmulas que lo hicieran posible, como una indemnización hasta que pudieran retomar su vida laboral. La situación ahora es mucho peor. ¿Por qué se hace uno político? Pues porque entra en las juventudes, que es algo, desde mi punto de vista, aterrador. Y de ahí para adelante. Tenemos políticos jóvenes que no han hecho nada en su vida. Yo creo que, si todos tenemos, en general, capacidad de responsabilizarnos de nosotros mismos, también podríamos hacerlo de los demás. Es algo parecido a lo que ocurrió cuando se constituyó el jurado en España. Se consideró que ese acto de juzgar, de poder etiquetar a lo que está bien y lo que está mal, era algo común. Porque el sentimiento de la justicia va unido a la estructura de la humanidad. Ya hay politólogos muy buenos que están hablando de la representación política por sorteo. Se está haciendo en algunos países y está dando buenos resultados”.

-Volviendo a la Transición, ¿cree que los políticos eran mejores?
“Es que, como era un tarea creativa, tenían que estar los más imaginativos, los que más movilizaban a los individuos, los que eran capaces de buscar alternativas cuando no las había, porque todo era una página en blanco”.

-¿Cómo es posible que gente que se hizo en la guerra o la posguerra tuviera más capacidad de acordar que esta generación criada en democracia?
“Hay muchas razones. Pero cuando hay un mal común, hay mayor capacidad de coincidencia. Había mucha gente contra la dictadura, ese era el elemento aglutinante. ¿Por qué Suárez y esa Falange se dieron cuenta de que había que cambiar? Porque la mayoría no quería el franquismo. El otro día, una periodista me decía: ‘¿De verdad cree que se puede dialogar en Cataluña sin líneas rojas?’ Yo creo que ese planteamiento está desenfocado”.

-¿Por qué?
“¿Por qué se negocia y cómo hay que negociar? En la jurisdicción civil, hay un procedimiento que consiste en una negociación antes de entrar en el juicio. Cuando yo era magistrada, los conciliaba a casi todos, porque siempre buscaba algo que ninguno de los dos quería. En Cataluña, yo creo que los independentistas no pueden querer lo que está pasando, el destrozo. Y nosotros, los no independentistas, tampoco. A partir de eso que ninguno quiere, vamos a ver si encontramos algo que queramos un poco todos. En Sudáfrica, Mandela y De Clerk llegaron a un acuerdo porque se dieron cuenta de que era una situación insoportable para los dos. De Clerk no podía estar constantemente combatiendo al Congreso Nacional Africano. Y Mandela sabía que ellos tampoco iban a ganar ”.

(Para Carmena, donde los políticos a veces se emperran en enquistar los conflictos, los ciudadanos encuentran vías de solución. Y pone como ejemplo el caso de Irlanda, cuyos partidos no llegaban a un acuerdo para despenalizar el aborto y tuvo que ser la sociedad civil, a través de una asamblea ciudadana elegida por sorteo y presidida por una magistrada, la que encontró la solución que luego se llevó a votación popular. “En Cataluña, tiene que hablar la gente. Se está produciendo una explosión de ira urbana que indica lo grave que es que la democracia no tenga capacidad de solucionar los grandes desafíos, las reivindicaciones, los disgustos, de una manera institucional. La ira urbana es absolutamente peligrosa para la ciudad, porque destroza todo y afecta, fundamentalmente, a los más vulnerables. ¿Cómo va a querer la gente los enfrentamientos, las calles rotas. Los políticos, a lo mejor sí, pero no la gente”.)

-¿Por qué este libro ahora?
“Me lo pidió la editorial cuando era alcaldesa, porque decían que estaban muy sorprendidos de que a una señora mayor como yo le gustara trabajar con los jóvenes. Firmé el contrato en 2017, y lo incumplí. Pero cuando el pacto de la derecha deja a nuestra candidatura, ganadora, fuera del poder, me dijeron:‘Nos lo debes’. Creo que puedo explicarles algunas cosas a los jóvenes que pueden ser importantes, porque las vivencias de otros a veces pueden ayudarte a orientar cosas de tu vida”.

-Y en esos jóvenes con los que ha trabajado estos años de alcaldesa seguro que habrá detectado fallas…
“Me consideraba mucho más innovadora que ellos, a pesar de ser mayor. Les decía: “No parece que tengáis 25 o 30 años…¡ Qué conservadores sois!”.

-¿Conservadores por qué?
“Porque se metieron en política a hacer lo que hacía la política. Cuando se forma la candidatura de Ahora Madrid, querían que hiciera mítines Y yo les dije: ‘Yo no hago mítines’. Porque son una bobada, son discursos como los del púlpito de una iglesia. Y entonces fue cuando empezamos a hacer reuniones en los barrios. Luego me venían con unos papelitos. Y yo les decía: “A mí, no me preparéis nada”. Los argumentarios son de las cosas que más han debilitado el discurso político. Nadie se atreve a tener criterio”.

-Que el espacio de Ahora Madrid se fracturara, ¿no le lleva a hacer alguna autocrítica?
“Sí, yo creo que me dejé llevar por un exceso de innovación. Estaba convencida de que, a todos los grupos que habían participado en Ahora Madrid, incluido Podemos, les iba a resultar absolutamente atractivo reproducir una plataforma que no estuviera vinculada a ningún partido político en concreto, con candidatos que fueran profesionales no vinculados a las maquinarias de los partidos. Pensé que les iba a entusiasmar. Y no solo no lo hizo, sino que generó una polémica muy lamentable. Fui demasiado lejos”.

-En Podemos e IU se percibió como un desplante…
“Cuando era joven, me sorprendía que la gente no viera cosas que yo consideraba muy claras. Luego, con el tiempo, sí las veían. Unos amigos que trabajaban en esto de la gestión del cambio me dijeron: ‘Eso es normal, todos los innovadores viven un momento en el que te ponen verde. Eso es que las cosas van bien, pero hay momentos muy amargos’. Yo creo que fui mucho más innovadora que esas estructuras que podían haber determinado una conformación nueva, y quizá me equivoqué”.

-El otro día estuvo también en La Palma, donde fue jueza en 1981. ¿Qué queda de aquella Manuela Carmena?
“No lo sé, pero la verdad es que yo lo disfruté muchísimo. Fui allí aposta, porque tenía buena nota en las oposiciones y podía elegir. La Palma es una isla singular, divertida, llena de misterios, esa mezcla que yo llamo de gallegos tropicales. Desde el primer día me enamoré. Además, fue mi primera experiencia como jueza. Y, desde el principio, intenté hacer las cosas distintas. Yo tenía el despacho abierto y la gente venía de la calle a preguntarme: “¿Usted es la jueza? Pues mire, yo estoy dispuesto a pagar más si ustedes quieren, pero necesito que salga mi asunto”. Hasta entonces, todo el mundo, para que le hicieran algo en el juzgado, tenía que pagar. Y aquello se acabó, y creo que tuve mucho que ver. En aquel momento, había en la justicia una enorme corrupción. No solo en Canarias, en toda España. Me decían: “Esto es porque está empezando, ya verá cómo luego se cansa”. Y les respondía: “Pues yo creo que no”.

Entrevista a Manuela Carmena. Sergio Méndez
Entrevista a Manuela Carmena. Sergio Méndez

La jueza que revolucionó a la izquierda madrileña

La jueza Manuela Carmena se convirtió en 2015 en la candidata de Ahora Madrid, una plataforma formada por candidatos de Podemos, IU, EQUO, personas sin partido y movimientos de base que consiguieron llegar, con el apoyo del PSOE, a la alcaldía de Madrid, en manos de la derecha desde 1989. Carmena, militante del PCE en la Transición, abogada laboralista antes que jueza en el despacho de la Calle Atocha donde murieron cinco personas asesinados por la ultraderecha en 1977, conectó con el espíritu de radicalidad democrática que emergió del 15-M y que refrescó a una izquierda madrileña -y española-, apagada por las burocracias partidistas. Su estilo de gobernar, espontáneo y nada bronco, la enorme reducción de la deuda o el aumento de políticas sociales y culturales le dieron la victoria el pasado mayo, pese a la fractura que se produjo en Ahora Madrid. Pero el pacto entre PP, Cs y Vox la dejó fuera de la alcaldía.