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Brexit: entre la revuelta y la amargura

EL 51,9% de los británicos apoyaron salir de la UE, entre el euroescepticismo y la rebelión contra las élites, pero en el Puerto de la Cruz algunos lo viven como una pesadilla

“Puro punk”. Así definió el escritor irlandés Fintan O’Toole al brexit, el proceso político más desgarrador que ha sufrido el Reino Unido desde la II Guerra Mundial y la Unión Europea en toda su historia. Y no solo porque fuera súbito, simbólicamente violento, transgresor, sino porque estaba liderado por el voto de parte de la clase obrera, cuya energía desbordante fue la que protagonizó el punk, uno de los movimientos contraculturales más importantes del siglo XX británico. Con un añadido, la alianza inesperada con el conservadurismo y una élite pija, gamberra y canalla, simbolizada a la perfección por Boris Johnson y Nigel Farage, dos políticos que pueden llevar las cosas al límite porque, con el dinero que tienen, en realidad no se juegan nada.
“Estoy de acuerdo con que el brexit es un poco punk”, afirma el filósofo inglés Timothy Appleton, que hace un par de días estaba con Pepa Bueno en la SER comentando su libro Escupir en la iglesia: un sí de izquierdas al brexit, donde defiende que la UE es un club capitalista antidemocrático e irreformable del que es mejor salirse para construir políticas socialistas desde el estado-nación, aunque en ese proceso de emancipación hayan coincidido circunstancialmente con lo más retrógrado de la derecha británica. “Yo creo que, en sí mismo, el pueblo es punk, porque lo que quiere, en un sentido originario, es expresarse, romper con lo que hay, romper con su propio silencio. Y eso es el punk, que no tiene ninguna connotación inmediatamente ideológica y crítica”, explica.
Según Appleton, los estudios calculan que hubo entre tres y cuatro millones de votantes laboristas que apoyaron el brexit. “Pero han sido silenciados, que es lo que ha pasado con la izquierda radical británica durante una generación. No es sorprendente”. Appleton recuerda que, hasta la llegada de Tony Blair, el laborismo fue más bien euroescéptico, y que, en muchos momentos, apostó directamente por la salida de la UE, al contrario que los conservadores, que hicieron una campaña decidida por la permanencia en 1975. Por eso, rechaza la representación que ha hecho la prensa progresista británica de parte de los votantes del brexit, con una idea subyacente, cree él: “que la gente corriente no es lo suficientemente lista para entender ni pronunciarse sobre temas tan complejos y, por lo tanto, estos deben decidirlos profesionales”.
Pero ni rastro de punk en el paseo que se da este periodista por el Puerto de la Cruz, símbolo de la relación entre Canarias y Gran Bretaña desde el siglo XVI, cuando comenzaron a exportarse vinos isleños para las casas inglesas. “Es el peor desastre que nos podía haber ocurrido”, afirma Clarisse, que trabajó durante años en un ayuntamiento y antes en el teatro. Es laborista hasta la médula, cuenta sentada en la cafetería de Sitio Litre, un maravilloso jardín inglés con una casona del siglo XVIII, en manos anglosajonas desde entonces: “¿Club neoliberal? La UE nos ha dado posibilidades de viajar, los Erasmus, mejor sistema de salud, playas más limpias, derechos laborales, mayores estándares de seguridad alimentaria”, afirma. “Aquí se articuló un referéndum sobre dos ejes: que el dinero que iba a la UE sería para el Servicio Nacional de Salud, una gran mentira, y que se frenaría la inmigración, un discurso racista que ha generado inseguridad en gente que lleva en Reino Unido más de cuarenta años”, explica. Un argumento que Appleton cuestiona: “Se dijeron mentiras en la campaña de los dos lados, como cuando el Banco de Inglaterra afirmó que, de ganar el brexit, habría una recesión inmediata o que le costaría 4.000 euros a cada familia británica”. Y considera que el control de la soberanía británica, y no el tema migratorio, fue más importante para el brexit -aunque mayor soberanía también significa poder poner más controles migratorios-.
“El problema es que la UE siempre ha tenido mala prensa en el Reino Unido”, afirma John revolviendo un té con leche. “Los primeros ministros iban al Consejo, participaban en una decisión y luego volvían a Reino Unido y decían que Europa les obligaban a hacer tal cosa”, afirma este economista del desarrollo que trabajó durante muchos años en el ámbito municipal con fondos europeos. John no comparte esa visión grisácea de la Bruselas tiránica de decisiones antidemocráticas, como si los líderes no fueran elegidos en sus países: “Y luego, en el Consejo, va el primer ministro de cada país y hay un proceso de persuasión, de negociación, de intentar convencer al otro. Ahora, ¿qué influencia vamos a tener? Y otra cosa que me indigna: yo era una ciudadano europeo y he perdido esa condición”, afirma. “Los tiempos de la Gran Bretaña imperial ya pasaron”, dice su mujer, Pam, ama de casa. “Somos una isla pequeña”.
Pero la realidad es que, tres años después del referéndum del brexit, Boris Johson arrasó en las elecciones de diciembre. “La gente estaba agotada con el proceso y quería un mensaje sencillo”, afirma Clarisse.
“Mi hermano vive en Cornwall, que es una zona muy depauperada que se ha beneficiado bastante de los fondos europeos, y no creo que la gente se haya dado cuenta de que ese dinero que se iba a infraestructuras antes ya no va a llegar”, afirma Keith, profesor de historia londinense, que encadena un cigarrillo tras otro con el entrecejo fruncido por el sol de la tarde. “No se le han dado a la gente los hechos reales. Para mí, lo punk era una reacción contra el establishment. Esto es una reacción derechista Ahora se puede decir cualquier cosa machista o racista, Johnson lo ha hecho, y parace aceptable. Y esto es muy peligroso, tiene que ver con el auge del antisemitismo y la discriminación”.
Una de las ideas recurrentes entre los entrevistados es que el brexit es cosa de viejos. En la franja de 18 a 24 años, un 61% de los hombres y un 80% de las mujeres votaron a favor de quedarse en la UE. En la de 25 a 49 años, fueron el 53% y el 54%. “Sospecho que los jóvenes son más liberales, les gusta más la idea de la liquidez, la modernidad líquida. Pero no son suficientes”, dice Appleton con cierta ironía. “A los liberales les gusta esa idea fantasiosa de que los niños vienen a salvarlos”.
A partir de ahora, empieza la parte dura, determinar a lo largo de 2020 cómo quedarán las relaciones entre la UE y Reino Unido. Sobre todo para los residentes extranjeros. En Canarias hay 40.000 residentes británicos. “Espero que se haga un esfuerzo por mantener la relación lo más estrecha posible”, comenta John Lucas, el dueño del Sitio Litre, agente de viajes nacido en Tenerife, pero solo con pasaporte británico. “Para los residentes que pagamos impuestos y hemos cotizado aquí durante años, no creo que sea un problema”. Lucas piensa que más problemas tendrán los llamados swallows (golondrinas), quienes antes estaban aquí la mitad del año pero no eran residentes. Como Pam y John, que tienen un apartamento en el Puerto.

“Está claro que la gente votó con el corazón, no con la cabeza”, afirma Ken Fischer, de Nottingham, en Tenerife desde los años 70, inversor inmobiliario, con una muleta, un paquete de Marlboro Gold y tres colillas en un cenicero ámbar en el fantástico jardín de la Biblioteca Inglesa del Puerto de La Cruz, en pie desde 1903. Bien arraigado y con familia canaria, está tranquilo, pero relata la incertidumbre del momento: “Hemos tenido muchas visitas del cónsul, pero no nos dicen nada, porque no saben realmente lo que va a pasar. Parece que solo están izando la bandera”.
“Yo creo que el brexit será todavía más blando de lo que pensamos ahora”, afirma Keith. “Al final, la economía se impone”.

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